03 Mayo 2007 Seguir en 
"Son perro y gato, en la casa; pero carne y uña en la calle", cuenta Ricardo en relación con sus dos hijos varones. Los hermanos se pelean y al rato vuelven a amigarse. Eso es más que frecuente; "es natural dentro de la estructuración psíquica del niño", explica Silvina Cohen Imach, especialista en violencia familiar. Pero puede convertirse en una relación "enferma" si los padres no actúan con justicia y equidad.
En casi todas las familias hay un Abel y un Caín
"Hay dos televisores en la casa, pero ellos se empeñan en ver en el mismo aparato programas distintos. Por la mañana, a los dos se les ocurre ir al baño a la misma hora, justo antes de ir a la escuela; y si uno ya está adentro, el otro patea la puerta como si quisiera tirarla abajo ...". Las quejas de Sonia -la mamá de estas dos monadas de varones, de 10 y 11 años- son escuchadas una y otra vez por amigas, parientes y vecinos. Y la respuesta es siempre la misma: "no te aflijás, es normal. Todos los hermanos se pelean".
Si bien "mal de muchos, consuelo de tontos", la verdad es que los psicólogos coinciden en que los conflictos entre hermanos son comunes. Cuando hay chicos más o menos de la misma edad, son frecuentes las disputas, las rivalidades, las competencias. A veces, diferencias milimétricas entre la cantidad de gaseosa que se sirve en el vaso de uno y otro puede desatar feroces rabietas.
"Las peleas entre hermanos constituyen un momento normal dentro de la estructuración psíquica de un niño. Es un fenómeno complejo, dado tanto por la multiplicidad de factores que intervienen, como por los efectos que genera (momentos de angustia, de vulnerabilidad y de rebeldía), al tratar de atraer la atención de los padres", explica la psicóloga Silvina Cohen Imach, especialista en violencia familiar.
"La rivalidad y la competencia se dirige entre hermanos porque son semejantes. El enfrentamiento con este otro, visto como el ?intruso?, ?el doble?, comporta compromisos narcisistas considerables y reactiva, al mismo tiempo, conflictos edípicos (deseo de ocupar un lugar de privilegio en el deseo de los padres)", afirma la experta.
Dicho de otra manera, por el psicoanalista Manuel Andújar: "los hermanos se pelean porque están luchando por el amor de los padres". "Y es todavía más complicada la lucha que tiene que hacer el hijo único, porque al no tener hermanos tiene que enfrentarse con una imagen excesivamente poderosa y cara a sus sentimientos, que es el padre. Mientras que con el hermano, la situación se balancea entre el dar y el recibir, que después se proyectará en el lazo social (en su vida de relación); de modo que esta dinámica le sirve casi como un ensayo para la vida".
Ahora ¿cómo deben actuar los padres para evitar una lucha sin cuartel? Andújar señala que es necesario advertir cuándo estas peleas son "un síntoma de un malestar familiar" y actuar en consecuencia. Propone crear un espacio de diálogo, dando lugar a lo participativo, pero cuidando de no ponerse en un lugar de "padres culposos", advierte el psicoanalista.
Hay que tener en cuenta que muchas veces estas peleas se hacen más críticas en etapas difíciles como el nacimiento de un hermano y la adolescencia. Con el tiempo, los hermanos se "reconcilian". En término psicoanalíticos: "esa rivalidad, centrada en los celos y envidia, deviene en un incipiente espíritu comunitario en virtud de conservar el amor de los padres. Según Freud, aquel sentimiento comunitario deriva de un cambio de signo de un sentimiento inicialmente hostil en un sentimiento tierno", señala Cohen Imach.
Sin embargo, esto no siempre ocurre. Las peleas pueden persistir en la vida futura cuando no hay un adulto capaz de generar entre los chicos "una legalidad y el sentido de justicia", advierte Cohen Imach. "Cuando en la familia se forman dos equipos contrincantes", añade Andújar.
Historias cotidianas
"EN CASA se pelean como perro y gato, pero salen a la calle y son carne y uña. Si este se entera de que alguien le quiere pegar a su hermano, se viene al humo y lo enfrenta al otro. ?No te vayas a querer acercar a mi hermano porque te hago papilla?, le dice", cuenta Ricardo, padre de dos hijos, Ricardo -el mayor, de 10 años- y Gonzalo, de 9.
"MI HERMANO es la persona que más quiero en mi vida. Me lleva cuatro años. Me cuida y me aconseja, y además me lleva a bailar y me pasa a buscar. Pero es re- re celoso. No sé qué voy a hacer el día que me ponga de novia. Le tengo más miedo a él que a mi papá". (Roxana, 14 años).
"NOS LLEVAMOS pesimo. No lo soporto, quizás porque es varón y tiene 8 años. Grita, lleva a casa a sus amigos, revuelven el cajón de los juguetes y dejan todo hecho un verdadero desastre. Mi mamá no le dice nada, y yo me muero de odio. No puedo escuchar música en paz. Cuando estoy en mi cuarto con mis amigas, entra sin pedir permiso. Y si le tranco la puerta, grita como un chancho, hasta que mi mamá me reta a mí por culpa de él" (Romina, 13 años).
"NO LA SOPORTO. Cuando era chico la odiaba, no la podía ni ver porque era gritona y demandona. Ahora está más calmada, pero quedó esa enemistad, que nunca supimos superar. (Alvaro, 28 años).
No hay que crear diferencias
Punto de vista por Yolanda Teresa Campi, psicóloga
Los lazos de sangre no garantizan que las relaciones entre hermanos sean buenas. En algunas ocasiones, los padres u otros familiares contribuyen al desencuentro de las relaciones. Cada hijo interioriza el papel que su familia le asigna: "el responsable", "el tímido", "el vago", "el simpático"? Estas asignaciones provocan diferencias de trato y hacen que los hermanos se conviertan en rivales.
En la adolescencia, el deseo de emancipación puede enfriar aún más las relaciones. Se recomienda no rehuir ningún suceso del pasado. Todo puede hablarse. Las relaciones no son difíciles, las hacemos complicadas, pues tenemos una forma particular y única de afrontar lo que nos ocurre. Lo que complica es que queremos imponernos frente a los demás y peleamos por tener "la razón", pretendiendo que los otros estén de acuerdo y nos entiendan y comprendan.
Al hablar de los hijos no se puede dejar de lado las posturas e ideas o fantasías de los padres. Cada ser humano es diferente y el proceso de autonomía es el resultado de una tensión entre aspectos inmaduros, por un lado, y fuerzas positivas, por otro. Cada hijo recibe y se apropia de aspectos de sus progenitores, y desecha aquellos que no están en armonía consigo mismo, la síntesis la realiza cada uno, y crea su identidad. Existe una tendencia en ciertas familias de hoy a negar sus conflictos, a través de la distracción, de la minimización, la búsqueda de autocuraciones mágicas, decir que con el tiempo pasará. La familia conforma una estructura, de modo tal que la acción de uno de sus miembros compromete e implica a los demás.
Comprender el conflicto significa descubrir su significado. En ocasiones se puede conseguir esto con diálogo y para ello es necesario buscar el espacio y el momento emocional adecuado, y que el otro esté dispuesto a escuchar, evitando las recriminaciones y la victimización que pueden generar culpa y rechazo.
En casi todas las familias hay un Abel y un Caín
"Hay dos televisores en la casa, pero ellos se empeñan en ver en el mismo aparato programas distintos. Por la mañana, a los dos se les ocurre ir al baño a la misma hora, justo antes de ir a la escuela; y si uno ya está adentro, el otro patea la puerta como si quisiera tirarla abajo ...". Las quejas de Sonia -la mamá de estas dos monadas de varones, de 10 y 11 años- son escuchadas una y otra vez por amigas, parientes y vecinos. Y la respuesta es siempre la misma: "no te aflijás, es normal. Todos los hermanos se pelean".
Si bien "mal de muchos, consuelo de tontos", la verdad es que los psicólogos coinciden en que los conflictos entre hermanos son comunes. Cuando hay chicos más o menos de la misma edad, son frecuentes las disputas, las rivalidades, las competencias. A veces, diferencias milimétricas entre la cantidad de gaseosa que se sirve en el vaso de uno y otro puede desatar feroces rabietas.
"Las peleas entre hermanos constituyen un momento normal dentro de la estructuración psíquica de un niño. Es un fenómeno complejo, dado tanto por la multiplicidad de factores que intervienen, como por los efectos que genera (momentos de angustia, de vulnerabilidad y de rebeldía), al tratar de atraer la atención de los padres", explica la psicóloga Silvina Cohen Imach, especialista en violencia familiar.
"La rivalidad y la competencia se dirige entre hermanos porque son semejantes. El enfrentamiento con este otro, visto como el ?intruso?, ?el doble?, comporta compromisos narcisistas considerables y reactiva, al mismo tiempo, conflictos edípicos (deseo de ocupar un lugar de privilegio en el deseo de los padres)", afirma la experta.
Dicho de otra manera, por el psicoanalista Manuel Andújar: "los hermanos se pelean porque están luchando por el amor de los padres". "Y es todavía más complicada la lucha que tiene que hacer el hijo único, porque al no tener hermanos tiene que enfrentarse con una imagen excesivamente poderosa y cara a sus sentimientos, que es el padre. Mientras que con el hermano, la situación se balancea entre el dar y el recibir, que después se proyectará en el lazo social (en su vida de relación); de modo que esta dinámica le sirve casi como un ensayo para la vida".
Ahora ¿cómo deben actuar los padres para evitar una lucha sin cuartel? Andújar señala que es necesario advertir cuándo estas peleas son "un síntoma de un malestar familiar" y actuar en consecuencia. Propone crear un espacio de diálogo, dando lugar a lo participativo, pero cuidando de no ponerse en un lugar de "padres culposos", advierte el psicoanalista.
Hay que tener en cuenta que muchas veces estas peleas se hacen más críticas en etapas difíciles como el nacimiento de un hermano y la adolescencia. Con el tiempo, los hermanos se "reconcilian". En término psicoanalíticos: "esa rivalidad, centrada en los celos y envidia, deviene en un incipiente espíritu comunitario en virtud de conservar el amor de los padres. Según Freud, aquel sentimiento comunitario deriva de un cambio de signo de un sentimiento inicialmente hostil en un sentimiento tierno", señala Cohen Imach.
Sin embargo, esto no siempre ocurre. Las peleas pueden persistir en la vida futura cuando no hay un adulto capaz de generar entre los chicos "una legalidad y el sentido de justicia", advierte Cohen Imach. "Cuando en la familia se forman dos equipos contrincantes", añade Andújar.
Historias cotidianas
"EN CASA se pelean como perro y gato, pero salen a la calle y son carne y uña. Si este se entera de que alguien le quiere pegar a su hermano, se viene al humo y lo enfrenta al otro. ?No te vayas a querer acercar a mi hermano porque te hago papilla?, le dice", cuenta Ricardo, padre de dos hijos, Ricardo -el mayor, de 10 años- y Gonzalo, de 9.
"MI HERMANO es la persona que más quiero en mi vida. Me lleva cuatro años. Me cuida y me aconseja, y además me lleva a bailar y me pasa a buscar. Pero es re- re celoso. No sé qué voy a hacer el día que me ponga de novia. Le tengo más miedo a él que a mi papá". (Roxana, 14 años).
"NOS LLEVAMOS pesimo. No lo soporto, quizás porque es varón y tiene 8 años. Grita, lleva a casa a sus amigos, revuelven el cajón de los juguetes y dejan todo hecho un verdadero desastre. Mi mamá no le dice nada, y yo me muero de odio. No puedo escuchar música en paz. Cuando estoy en mi cuarto con mis amigas, entra sin pedir permiso. Y si le tranco la puerta, grita como un chancho, hasta que mi mamá me reta a mí por culpa de él" (Romina, 13 años).
"NO LA SOPORTO. Cuando era chico la odiaba, no la podía ni ver porque era gritona y demandona. Ahora está más calmada, pero quedó esa enemistad, que nunca supimos superar. (Alvaro, 28 años).
No hay que crear diferencias
Punto de vista por Yolanda Teresa Campi, psicóloga
Los lazos de sangre no garantizan que las relaciones entre hermanos sean buenas. En algunas ocasiones, los padres u otros familiares contribuyen al desencuentro de las relaciones. Cada hijo interioriza el papel que su familia le asigna: "el responsable", "el tímido", "el vago", "el simpático"? Estas asignaciones provocan diferencias de trato y hacen que los hermanos se conviertan en rivales.
En la adolescencia, el deseo de emancipación puede enfriar aún más las relaciones. Se recomienda no rehuir ningún suceso del pasado. Todo puede hablarse. Las relaciones no son difíciles, las hacemos complicadas, pues tenemos una forma particular y única de afrontar lo que nos ocurre. Lo que complica es que queremos imponernos frente a los demás y peleamos por tener "la razón", pretendiendo que los otros estén de acuerdo y nos entiendan y comprendan.
Al hablar de los hijos no se puede dejar de lado las posturas e ideas o fantasías de los padres. Cada ser humano es diferente y el proceso de autonomía es el resultado de una tensión entre aspectos inmaduros, por un lado, y fuerzas positivas, por otro. Cada hijo recibe y se apropia de aspectos de sus progenitores, y desecha aquellos que no están en armonía consigo mismo, la síntesis la realiza cada uno, y crea su identidad. Existe una tendencia en ciertas familias de hoy a negar sus conflictos, a través de la distracción, de la minimización, la búsqueda de autocuraciones mágicas, decir que con el tiempo pasará. La familia conforma una estructura, de modo tal que la acción de uno de sus miembros compromete e implica a los demás.
Comprender el conflicto significa descubrir su significado. En ocasiones se puede conseguir esto con diálogo y para ello es necesario buscar el espacio y el momento emocional adecuado, y que el otro esté dispuesto a escuchar, evitando las recriminaciones y la victimización que pueden generar culpa y rechazo.
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