La medida de la torpeza humana
El ser humano puede tornarse sumamente peligroso cuando siente que el poder de que dispone puede ser ejercido sin limitaciones. Por Juan Carlos Di Lullo - Redacción LA GACETA.
22 Abril 2007 Seguir en 
En la última edición del Festival de Cine de Mar del Plata se vio la película holandesa “Black book” (El libro negro), dirigida por Paul Verhoeven. Cuenta la historia de una joven judía que sobrevive la masacre de su familia a manos de los nazis y, con nombre falso, se une a la resistencia holandesa; infiltrada en el servicio secreto alemán, protagoniza un riesgoso doble juego a raíz del cual queda injustamente identificada como colaboracionista, hecho que le cuesta caro cuando Alemania capitula y los aliados se hacen cargo del manejo del país. Es el momento de la venganza de quienes sufrieron el régimen nazi contra los que -real o aparentemente- se beneficiaron con él. Y las actitudes de revancha irracional adquieren casi el mismo nivel aberrante que las tropelías perpetradas por los seguidores de Hitler. Verhoeven no hace otra cosa que pintar descarnadamente la asombrosa magnitud de la torpeza humana. Quienes hasta pocos días antes han padecido los atropellos de los invasores reaccionan destempladamente y se convierten en ejecutores de vejaciones infamantes, en una clara demostración de cuán peligroso puede tornarse un ser humano cuando siente que puede ejercer el poder sin limitaciones. Y esto ocurre con independencia de su ideología, de sus convicciones religiosas, de su nacionalidad, de su raza o de su sexo. A lo largo de milenios, los líderes de los pueblos que habitan este maltratado planeta no han hecho otra cosa que tratar de dirimir diferencias a través de las guerras. Y el género humano no ha sido capaz aún de asimilar las tremendas lecciones que le va dejando cada una de estas contiendas, desde las peleas a garrotazos por la posesión de los pozos de agua o los campos más fértiles hasta las guerras santas o las invasiones transmitidas vía satélite “para asegurar la paz mundial”. Casi no existe diferendo entre personas o grupos humanos que no entre en una escalada con final imprevisible. El riesgo de una confrontación violenta está latente en una simple disputa entre escolares, en las discusiones deportivas, en las negociaciones económicas o en las contiendas políticas; y, con lamentable frecuencia, desemboca en un choque entre posiciones irreductibles que genera tensiones de tal magnitud que sólo pueden liberarse a través de una explosión. Hace 25 años, un general obnubilado lanzó una frase que hoy suena patética. “Si quieren venir, que vengan; les presentaremos batalla”, exclamó. Y mandó a chicos mal preparados y pésimamente equipados a enfrentar a un ejército profesional. Aquellos muchachos, derrotados a pesar de su coraje en el campo de batalla, sufrieron además el rechazo o la indiferencia de sus compatriotas que se resistían a reconocer que habíamos vivido -y perdido- una guerra. En el filme de Verhoeven puede verse claramente que los jerarcas, o los que pertenecen a la clase dirigente, no siempre llevan la peor parte cuando llega la hora de sufrir las consecuencias de las decisiones que ellos tomaron. Siempre es el ciudadano común, el anónimo integrante de las capas sociales más desprotegidas el que tiene que llorar a los muertos o sufrir las privaciones que imponen la devastación y el campo arrasado que dejan las contiendas como saldo inevitable. En los sistemas democráticos, aun en los más imperfectos o deformados, ese anónimo ciudadano tiene a su disposición el voto y la participación, dos armas de formidable eficacia que no necesitan munición ni siembran la muerte en las filas del adversario. Es su obligación y su derecho usarlas con responsabilidad y no degradarlas con la resignación o la indiferencia.







