Entre sapos y pócimas, la gente trata de solucionar sus penas

"Las locuras de pareja lideran los pedidos", aseguró un cultor del vudú afrohaitiano, que aprendió su "arte" en Brasil.

01 Agosto 2004
El ritmo de los tambores hipnotiza. El hombre toca y aturde a los demás. La habitación es pequeña y parece un panteón: hay cuatro ataúdes. También caben cientos de muñecos de trapo repletos de alfileres, calaveras y huesos. El "santuario" de Fernando Paz da miedo.
Este poligámico señor (jura que tiene siete esposas) es un cultor del vudú afrohaitiano de la línea Petro, el dios de los cementerios. Y se nota. Las paredes están pintadas con símbolos y alabanzas diabólicas. A los grafittis sólo los iluminan velas rojas y negras que representan la oscuridad. Cuando los tambores hacen silencio, se oyen los ruiditos de un sapo bien gordo que espera encerrado en una caja de zapatos el momento de su sacrificio.
"Aquí se hace algo así como espiritismo, porque atraigo almas", explicó. El cuerpo de Paz también está pintado. En sus brazos, en la espalda y en el pecho exhibe tatuajes de imágenes católicas y satánicas.

Lazos de familia
Atesora nueve cuchillos. Aunque sólo uno representa el mando. Así como los hechiceros de la Edad Media usaban báculos con incrustraciones de piedras preciosas, él se vale de una inmensa daga con una calavera de madera tallada.
Paz heredó de su abuela la fascinación por la magia. "Ella era bruja y me hablaba con naturalidad sobre el diablo", confesó.
Pero el tiempo pasó y aquel niño que creció mamando secretos místicos decidió mudarse a Brasil. Allí, a los 23 años, aprendió a realizar hechizos. "Una noche de luna llena, mi maestro decidió que yo estaba listo y recibí el bautizo. Me metió en un cajón de cementerio y, segundos después, desperté como un bokor (título de grado en el culto vudú)". A Paz se le ilumina la mirada cuando recuerda sus comienzos. Dos décadas más tarde, aplica sus aprendizajes en la capital tucumana. Se autodenomina poderoso rey del hipnotismo. Se vanagloria de que todo lo puede y de que no le teme a nadie ni nada. Salvo -admite- a la policía.

Día de brujas
"Las locuras de las parejas lideran los pedidos". Según el hechicero, la mayoría de las consultas (que cuestan $10) se debe a conflictos amorosos. "Las mujeres me piden que les regrese a su enamorado", detalló.
Aunque durante mucho tiempo la totalidad de sus pacientes perteneció al género femenino, Paz advirtió que ahora los caballeros también empezaron a desfilar por su consultorio. Además, tiene una legión de clientes que sólo concurren a la cita los martes y los viernes, que son los días de las brujas.
La entrevista termina. Antes de despedir a LA GACETA, el hechicero aparta el trapo negro que envuelve el picaporte de la puerta. Deja que la brisa de la mañana y los rayos del sol se cuelen entre los cuatro féretros. Después, vuelve a cerrarse la puerta blanca. El "santuario" y su dueño se pierden, de nuevo, en la oscuridad.

"Los estados de depresión se masificaron"

La imagen habla por sí sola. De la pared que está a su espalda cuelga un inmenso autorretrato, rodeado de los doce signos del zodíaco. Sucede que, en la vida de Lucero, la astrología es casi todo. Desde hace más de 35 años, esta parapsicóloga trata de espiar el futuro de sus pacientes. "Los astros inclinan, pero no obligan", asegura. Sin embargo, a ella le basta con husmear los movimientos de los planetas para aconsejarles a los piscianos que cuiden sus pies, o a los leoninos que se fijen en su columna.
Felicidad. Dinero. Salud. Trabajo. Poder. Esas son las cinco excusas de quienes invaden, diariamente, la salita de espera de "la mensajera del buen destino", como se la conoce. Pero las consultas amorosas son las que arrasan con la lista de solicitudes. "La gente está muy sola, no tiene con quién compartir sus problemas, por eso los estados de depresión se masificaron. Casi nadie ríe", explica.
Así las cosas, al consultorio de Lucero sólo le falta un diván. Según el diccionario de la Real Academia Española, la parapsicología es una rama del conocimiento que investiga las relaciones entre el hombre y el medio. Pero esta mujer, además de investigar, también se dedica a escuchar. "Cuando los conflictos se comparten, las penas se descargan", justifica.
El escritorio está repleto. Un paquete de 20 cigarrillos mentolados descansa bien cerca de su mano. Al costado, se levanta la pirámide de los deseos (colocando un dedo en la cima se piden tres anhelos). Siempre tiene un sahumerio encendido y la acompañan las imágenes de porcelana sus angelitos preferidos. Sentada de un lado de la mesa, ella conversa. "Hablo con la gente, le doy fuerza y buenas ondas, que es lo que necesitan para enfrentar la vida. Sólo brindo ayuda espiritual. No realizo unión de parejas porque la magia blanca es puro amor", dice mientras suena la música de fondo.

ANCESTRALES HECHICEROS, DRUIDAS Y CHAMANES



Desde los orígenes, los magos causaron fascinación. Siempre existió la presencia de un hombre mágico en cada una de las culturas del planeta.



El hechicero es, quizás, la clase de mago más difundida del mundo. Estos brujos usaban su poder y la idea del miedo que producían para controlar a los demás, y lograr sus propios fines. No seguían ninguna creencia, así que por lo general eran seres solitarios y misteriosos. Se dejaban llevar por sus pasiones e ideales. Los elementos mágicos de estos brujos eran muy variados: báculos, varas, bastones, cetros, piedras preciosas, papiros, cinturones, pócimas preparadas, esencias, hierbas y cuernos de animales.



Los druidas eran los sacerdotes, médicos y jueces de los antiguos pueblos celtas, ubicados al noroeste de Europa. Eran considerados las personas más sabias del clan. Vestían túnicas blancas y poseían una autoridad comparable a la del rey.



Chamán es la palabra que denomina al primer mago de la humanidad. Era el hechicero que mantenía el contacto con los dioses y realizaba actos que no comprendía el resto de los habitantes de las sociedades tribales. Se remonta al origen mismo del hombre, cuando aún vivía en cavernas. La macchi era la versión femenina del shamán.

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