El siglo de las mujeres
El bello sexo podrá caminar por la banquina sin culpas. Humillaciones y vejaciones a través de la historia. Por Luis Sueldo - Redacción de LA GACETA.
15 Abril 2007 Seguir en 
No son pocos los intelectuales que aseguran que este será el siglo de las mujeres. Tal vez las descendencias féminas en las monarquías europeas ya estén sugiriendo algo. El chascarrillo del inefable Petinatto acerca de que un travesti es una mujer con cerebro quedará descolgado. El bello sexo podrá caminar la banquina sin culpas. Durante milenios las mujeres fueron consideradas inferiores a los hombres, excepto en el dominio familiar. Un lugar clave por su condición de transmisora de vida, pero -por ser el único- frágil, porque las anuló para la exploración de nuevos horizontes. La vida en la Atenas clásica transcurría alrededor del ágora, la plaza donde se intercambiaban ideas, productos y servicios. Pero los maestros griegos, en sus conciliábulos filosóficos, ignoraban a las mujeres. Las apartaban, lejos. Demasiada agua pasó debajo del puente desde aquellas aguerridas anarquistas que escribían en las paredes: “ni amo, ni marido”. Descreían de los roles que les imponía la sociedad machista. Los hombres que pasaron largamente los 50, podrían imaginar a la mujer ideal con los ojos de Liz Taylor, la dulzura de Audrey Herpburn, la sonrisa de Kim Novak, la elegancia de Catherine Deneuve, las piernas de Brigitte Bardot, el rostro y los contoneos de Marilyn Monroe y paremos ahí. Para que no se nos caiga el documento, que los jóvenes las suplanten con una Scarlett Johannson, con una Jennifer Lopez, con una Julia Roberts, con una Penélope Cruz... ¿Qué tiene que ver esto con el preludio de la nota? Pues que la tendencia natural es observarlas, primero, como objetos sexuales, pero -por caso- si se trata de ingresar en el terreno de las desigualdades de oportunidades que soportan respecto del hombre, la sintonía aparece con un registro deliberadamente distorsionado. No son las cosas las que trastornan a las personas, sino los puntos de vista que estas adoptan respecto de las cosas. “La felicidad y la tolerancia dependen de la calidad de los pensamientos” (Marco Aurelio).
Las mujeres han aprendido a salir del placard. Están llevando a cabo una revolución silenciosa. Millones de ellas han entendido que hay libertades fundamentales para la igualdad. Noam Chomsky dice: “una de las lecciones más claras de la historia, incluida la historia reciente, es que los derechos no son graciosamente conseguidos sino conquistados”. En este sentido, la reivindicación de las culturas regionales de latinoamérica puede parangonarse con el tema que tratamos: los que pelean por sus tierras no quieren el poder, sino ser parte del Estado. Las mujeres, en tanto, quieren ser parte de los espacios vedados siempre por inhibiciones culturales e ideológicas. Es cierto, también, que la historia recuerda mujeres que rompieron los esquemas y se rebelaron contra el statu quo y los corsés puritanos, pero la inmensa mayoría debió soportar vejaciones y humillaciones a través de los tiempos. Extrañamente la crueldad no figura entre los siete pecados capitales.
La escritora catalana Rosa Regas da una síntesis de la imagen que generalmente exhibió la mujer: “siempre intentamos solucionar los problemas sin sangre, con la palabra, con el trato, con la compresión. Son muy pocas las Thatcher o las Condoleezza Rice”. En el clásico filme “Casablanca”, Ingrid Bergman se abraza llorando a Humphrey Bogart y le dice: “el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”. Ahí está la mujer en su mayor dimensión. Y bajemos el telón con aquel chiste de cuando Adán conoce a Eva: “la verdad es que es fea, pero...”







