13 Abril 2007 Seguir en 
Tras su retorno a la sede del Gobierno después de una semana de ausencia en la que se produjeron circunstancias excepcionales, el Presidente puso fin a su silencio con un tono moderado que, sin dejar de ser severo, condenó la inicua muerte del maestro Carlos Fuentealba en una represión desmedida, e invocó la libertad de pensar y actuar en consecuencia. El tono discursivo de Kirchner pudo permitir imaginar que la conmoción nacional por ese y por otros hechos, como el 25° aniversario de la breve y dolorosa recuperación de Malvinas, habían cambiado su estilo polémico en beneficio de una comunicación más constructiva con todos los sectores sociales y políticos. Sin embargo, poco habría de durar esa esperanza, pues un día después, en ocasión de inaugurar una planta para el tratamiento de líquidos cloacales, dedicó el mayor tiempo de su discurso para descalificar al periodismo con una serie de imputaciones.“¿Qué problemas tienen los comunicadores?”, se preguntó después de asegurar que escriben lo que les mandan y carecen de información, por lo que “permanentemente” le provocan risas cuando lee los diarios que especulan sobre candidaturas. Pocas cosas tan paradójicas, ciertamente, en quien desde que asumió el gobierno no mantuvo una sola conferencia de prensa, ni respondió a las múltiples solicitudes de entrevistas, registrando un récord de incomunicación sobre todos los que le precedieron, constitucionales y de facto.
El secretario de Medios de la Presidencia, Enrique Albistur, trató de explicar esa pertinaz costumbre cuando sostuvo que el periodismo “ha dejado de ser el intermediario necesario en la comunicación ciudadana”, justificando así la afirmación presidencial de que los discursos son su medio para comunicarse, por más que no acepten preguntas.
Auditorios acotados o transmisiones audiovisuales son los únicos recursos que Kirchner y su portavoz oficial practican, ignorando que la libertad de prensa, tan importante como el derecho al sufragio, es inseparable del acceso a las fuentes de información de interés público. Resultó temerario en consecuencia el tono del Presidente durante esa improvisación, cuando, con gesto amenazador, aludió a presuntos archivos agitando una carpeta, sin reflexionar sobre los valores constitucionales que aseguran la genuina comunicación entre la ciudadanía y sus representantes.
La historia de la libertad de información comienza con los primeros actos de rebelión del hombre y tiene testimonios tan fundamentales como las conferencias de prensa de Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt en plena guerra mundial para tratar delicados asuntos sin afectar por ello la seguridad de sus países, lo que no ocurría en los regímenes totalitarios que terminaron en extinción. En nuestro país, las relaciones de Julio Argentino Roca con el periodismo son conocidas, y lo mismo ocurrió con Raúl Alfonsín, Carlos Menem y Eduardo Duhalde en medio de dificultades públicas, por citar tan sólo antecedentes desde la restauración constitucional. No proceder así provoca un vacío informativo entre la sociedad, además de alentar al periodismo amarillo, alimentado por versiones y especulaciones y atributo indeseable de la libertad de prensa.
El Presidente debería comprender que el silencio en la crisis y la reticencia al diálogo sobre asuntos en los que tiene máxima responsabilidad, son impropios de quienes gestionan temporalmente al Estado por voluntad ciudadana. Los periodistas no son sus amigos o enemigos, sino los comunicadores indispensables de sus actos y decisiones, cuya transparencia es condición de la sociedad libre.
El secretario de Medios de la Presidencia, Enrique Albistur, trató de explicar esa pertinaz costumbre cuando sostuvo que el periodismo “ha dejado de ser el intermediario necesario en la comunicación ciudadana”, justificando así la afirmación presidencial de que los discursos son su medio para comunicarse, por más que no acepten preguntas.
Auditorios acotados o transmisiones audiovisuales son los únicos recursos que Kirchner y su portavoz oficial practican, ignorando que la libertad de prensa, tan importante como el derecho al sufragio, es inseparable del acceso a las fuentes de información de interés público. Resultó temerario en consecuencia el tono del Presidente durante esa improvisación, cuando, con gesto amenazador, aludió a presuntos archivos agitando una carpeta, sin reflexionar sobre los valores constitucionales que aseguran la genuina comunicación entre la ciudadanía y sus representantes.
La historia de la libertad de información comienza con los primeros actos de rebelión del hombre y tiene testimonios tan fundamentales como las conferencias de prensa de Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt en plena guerra mundial para tratar delicados asuntos sin afectar por ello la seguridad de sus países, lo que no ocurría en los regímenes totalitarios que terminaron en extinción. En nuestro país, las relaciones de Julio Argentino Roca con el periodismo son conocidas, y lo mismo ocurrió con Raúl Alfonsín, Carlos Menem y Eduardo Duhalde en medio de dificultades públicas, por citar tan sólo antecedentes desde la restauración constitucional. No proceder así provoca un vacío informativo entre la sociedad, además de alentar al periodismo amarillo, alimentado por versiones y especulaciones y atributo indeseable de la libertad de prensa.
El Presidente debería comprender que el silencio en la crisis y la reticencia al diálogo sobre asuntos en los que tiene máxima responsabilidad, son impropios de quienes gestionan temporalmente al Estado por voluntad ciudadana. Los periodistas no son sus amigos o enemigos, sino los comunicadores indispensables de sus actos y decisiones, cuya transparencia es condición de la sociedad libre.







