Nada más que eso
Los agentes de Patrulla Urbana son los principales responsables de evitar con su presencia el ataque de delincuentes. Pero están perdiendo la batalla. Replanteos. Por Juan Manuel Montero, Redacción LA GACETA.
07 Abril 2007 Seguir en 
Por Juan Manuel Montero, Redacción LA GACETA.No están encargados de hacer investigaciones ni descubren estafas ni conducen vehículos. No son especialistas en drogas ni en robo de automóviles ni apagan incendios. No persiguen a pescadores furtivos ni a cuatreros. No hacen tareas de rescate en el cerro ni entregan certificados de buena conducta ni inspeccionan fábricas de artículos pirotécnicos. No enfrentan turbas masivas en protestas sindicales ni están encargados de hacer seguimientos políticos. No están encargados de vadear el fondo de El Cadillal ni de ningún otro espejo de agua. No adiestran caballos ni perros. No trasladan cadáveres ni se encargan de las tareas administrativas de la fuerza; tampoco, de buscar huellas en los lugares en los que se cometen crímenes. No. Nada de esto es parte de su trabajo. Por eso es que no se entiende cómo los miembros de la Patrulla Urbana de la Policía, cuya única misión es prevenir delitos, son dejados en ridículo por delincuentes que, a plena luz del día y a una cuadra de la Casa de Gobierno, atacan un comercio.
La Patrulla Urbana se creó en 2003 tras los experimentos realizados a partir de una dependencia denominada Policía Comunitaria. Tuvieron su primera sede en Marco Avellaneda y Mendoza y luego pasaron a Maipú al 400. Hoy son más de 3.000 los que recorren la provincia. Pero la cantidad no hace a la calidad. Se preveía que su presencia iba a evitar atracos; pero lo sucedido el miércoles pone en claro que los delincuentes saben perfectamente cómo burlarlos.
Los vecinos se quejan de que no están nunca (a pesar de que su obligación es caminar la zona que les toca), o que permanecen largo tiempo charlando entre ellos o fumando en las esquinas. Y que cuando son testigos de un arrebato miran para otro lado. Sus propios jefes aceptan que no tienen experiencia. Entraron a la Policía en llamados masivos, en los que cientos se inscribieron más por necesidad económica que por vocación, y salieron a la calle sin tener en claro qué debían hacer, ni cómo. Los resultados están a la vista.
La inseguridad se mide sobre todo por los hurtos, robos y arrebatos, los delitos más comunes. Cualquiera de estos ataques deja a las víctimas con una indeleble sensación de temor. No poder caminar ni trabajar tranquilos por el microcentro, la zona más custodiada de la provincia, es un claro indicio de la debilidad de un cuerpo que cumple una sola función.







