Pedían al PJ que hiciera la tarea de la oposición

Por Alvaro José Aurane - Redacción LA GACETA.

05 Abril 2007
Reza un viejo apotegma que en política no hay sorpresas: sólo hay sorprendidos. El resultado de las internas peronistas encontró a muchos actores de la política provincial en ese papel. Sin embargo, hasta puede afirmarse que el PJ se portó de modo predecible: ganó otra vez, como ocurre desde que ese partido es tal, la línea que auspicia quien gobierna.
Pese a la estadística histórica, había en numerosos sectores -opositores, independientes y peronistas- expectativas ciertas de que el resultado fuera el inverso. Ante la realidad adversa, la respuesta común es que ganó el clientelismo. Es una lectura, digamos, despechada. Una que ni siquiera ensayó Fernando Juri: como peronista, preservó de esa lectura al movimiento en el que acababa de perder: dijo que no justificaría el resultado en la desigualdad de recursos.
En rigor, exigían del PJ un resultado improbable. Se pedía al justicialismo, el partido oficialista, que hiciera lo que no hace la oposición: derrotar a José Alperovich. Cuando, en realidad, a buena parte del peronismo (la mayoría, a juzgar por las cifras de los comicios del domingo) le ha ido bien con él. A la dirigencia le ha ido bien electoralmente. Ganó holgadamente la gobernación en 2003. Y se impuso devastadoramente en la elección de diputados de 2005 y en la de constituyentes de 2006. Fue reformada la Carta Magna y, nada menos, habilitada la reelección.
A las bases tampoco les fue mal. Claro que los indicadores sociales siguen alarmando, pero a diferencia de otras gestiones, esta acerca soluciones. Van desde el pavimento hasta los módulos alimentarios, pasando por los planes sociales. Son, por supuesto, coyunturales. Y son, sobre todo, las más onerosas y sospechosas que se consigan: sus procedimientos ameritan el procesamiento judicial de no pocos funcionarios. Pero para los sectores históricamente marginados siguen siendo soluciones.

Infantilismo opositor
A aquel contexto lo enmarcan tres variables favorables al alperovichismo. La primera es interna: el mandatario saltó el cerco de la dirigencia: practica a diario, desde que asumió, un contacto directo con las bases. Ello redundó en un contrato electoral eficaz. La segunda cuestión es, más bien, mixta. Entre la coparticipación federal abultada y la recaudación provincial récord, abundan los fondos para que Alperovich tenga posibilidad de acción frente a las demandas sociales.
La tercera es externa: la ausencia de un PJ nacional que presionara porque el armado en Tucumán tuviera dirigentes históricos. Esto le permitió a la Casa de Gobierno forzar la intervención del distrito y poner al frente a un diputado cuya actuación, el domingo, se asemejó a la de apoderado alperovichista antes que a la de autoridad imparcial. Ocurre que el verdadero apoderado estaba ocupado como jefe de campaña: el ministro de Gobierno, Edmundo Jiménez, es uno de los grandes ganadores de la partida.
Frente a este cuadro, es llamativo el infantilismo de numerosos opositores que se solazan en la convicción de que el triunfo del matrimonio gobernante con pasado radical pone en crisis al PJ. Parecen incapacitados para leer el mensaje que arrojaron las urnas oficialistas: el justicialismo entrará a la pelea del 26 de agosto con 100.000 votos como base. Y pensar que hay partidos que quieren ir en absoluta soledad a esa elección general...
Como complemento, habría que aprender ya que el peronismo no pide ADN. Está visto que es peronista quien quiere serlo. Y si trae resultados exitosos, bienvenido es. La primera dama, para el caso, ya se siente tan peronista que comenzará a decretar destierros.

Sin romanticismos
Reducir el resultado de las internas a la gestión del Gobierno sería tan ingenuo como considerar al PJ un partido romántico. Esos comicios distaron de ser "la fiesta de la democracia" pregonada: en todo caso, fue una fiesta pagada, por uno y otro sector, con recursos del pueblo. Cuando dirimió internas, el peronismo nunca reconoció la divisoria entre partido y Estado.
Pero la situación es mucho más grave que unos cuantos pecados de vieja política. La interna expuso lo peor respecto de la mismísima forma de Gobierno. Ahí lo pavoroso.
Las municipalidades devinieron estructuras para convertir fondos públicos en recursos para campaña. La plata que les manda la Nación (incluso, la destinada a las comunas) fue girada a esas administraciones sin pasar por la Tesorería de la Provincia. Luego, salen del control del Tribunal de Cuentas.
Cada vez parece más inútilmente trágica la reforma de la Carta Magna. Esa que, a cambio de minar a la Justicia y robustecer al poder político, fijó (casi con descaro) la autonomía municipal. Contra este postulado constitucional, la Casa de Gobierno se perfila como un casco de estancia. Y los intendentes y delegados comunales, como capataces del patrón.
Tal vez, la expectativa de una derrota alperovichista se fundaba en el anhelo de que la degradación institucional tuviera freno. Porque una conocida pesadilla institucional es aquella en que la república parece una república pero no lo es.
Pero la realidad es mucho más concreta que un mal sueño: el domingo se extinguió la oposición interna al gobernador.