03 Abril 2007 Seguir en 
En un clima encrespado por el endurecimiento de la oposición, tanto política como sindical, que reclamaba la vigencia de la Constitución y la rectificación de la política económica, en diciembre de 1981 Fortunato Galtieri reemplazaba a Roberto Viola en la Presidencia de la Nación. Este contexto se modificó sustancialmente con la expedición militar a Malvinas, que concitó la aprobación pública y masiva de la sociedad argentina. La reivindicación histórica dio cauce a una reacción patriótica generalizada, expresada en clave nacionalista, que fue hábilmente estimulada por el gobierno militar a través de los medios de comunicación y del sistema educativo.
Por otra parte, el conflicto austral desnudaba varias aristas: ponía al descubierto el problema del colonialismo y la ubicación de la Argentina en el orden internacional. La dictadura militar descontaba el apoyo de los EEUU debido al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR).
Sin embargo, este país y la Comunidad Europea tomaron partido por Inglaterra. Argentina logró el respaldo de la mayoría de los países latinoamericanos, especialmente de Cuba, de la Unión Soviética, de los países del este europeo y del movimiento de los No-Alineados. Este error de cálculo revelaba la verdadera inserción internacional de nuestro país.
En el ámbito interno, la guerra de Malvinas reflejó también la incongruencia de este nacionalismo discursivo con las decisiones en materia económica. La vigencia de recetas de corte liberal y ortodoxo sostenidas a rajatabla por el ministro de Economía, Roberto Alemann, propugnaban la reducción del aparato del Estado, el recorte del gasto, la privatización de las empresas públicas -entre ellas, las que pertenecían a Fabricaciones Militares-, con el consiguiente debilitamiento de la capacidad de defensa nacional. En consecuencia, el nacionalismo oficial se condensaba en enunciaciones vagas, emotivas, de carácter escolar, que entraban en colisión con una política de desindustrialización y desnacionalización del aparato productivo.
Por otra parte, el conflicto austral desnudaba varias aristas: ponía al descubierto el problema del colonialismo y la ubicación de la Argentina en el orden internacional. La dictadura militar descontaba el apoyo de los EEUU debido al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR).
Sin embargo, este país y la Comunidad Europea tomaron partido por Inglaterra. Argentina logró el respaldo de la mayoría de los países latinoamericanos, especialmente de Cuba, de la Unión Soviética, de los países del este europeo y del movimiento de los No-Alineados. Este error de cálculo revelaba la verdadera inserción internacional de nuestro país.
En el ámbito interno, la guerra de Malvinas reflejó también la incongruencia de este nacionalismo discursivo con las decisiones en materia económica. La vigencia de recetas de corte liberal y ortodoxo sostenidas a rajatabla por el ministro de Economía, Roberto Alemann, propugnaban la reducción del aparato del Estado, el recorte del gasto, la privatización de las empresas públicas -entre ellas, las que pertenecían a Fabricaciones Militares-, con el consiguiente debilitamiento de la capacidad de defensa nacional. En consecuencia, el nacionalismo oficial se condensaba en enunciaciones vagas, emotivas, de carácter escolar, que entraban en colisión con una política de desindustrialización y desnacionalización del aparato productivo.







