24 Febrero 2007 Seguir en 
La política exterior de un país soberano debe dar, en primer término, previsibilidad al cumplimiento de sus compromisos, más allá de los gobiernos sucesivos, por lo que ha de ser concebida como una política de Estado; es decir, mantenida en lo esencial y en el tiempo por el común acuerdo de los factores de poder que se conjugan en el sistema institucional. En nuestro caso, desde la década de los 90 la política exterior fue definida desde un solo partido, el justicialista, pero los fuertes personalismos que hubo desde entonces en el peronismo gobernante, la identificaron sucesivamente con los presidentes Menem, Duhalde y actualmente Kirchner.
Los personalismos fueron los datos referenciales y, por añadidura, las disputas internas del partido oficialista se fueron agravando hasta el punto de reprocharse recíprocamente esas autonomías, provocando sensación de imprevisibilidad en la comunidad internacional. Fue el mismo partido el que apoyó en el Congreso las diferentes orientaciones.
En los últimos tiempos se han agravado esas contradicciones y se hace muy difícil definir una política exterior, pues los hechos relacionados con ella suelen ser tratados con criterios oportunistas, y las circunstancias de la política interna son dominantes. A ello se agrega, cuando se considera necesario, un discurso destemplado que afecta otros ámbitos de la relación internacional.
Testimonio reciente de la situación ha sido la reunión del presidente argentino con su colega de Venezuela, Hugo Chávez, para suscribir acuerdos comerciales, oportunidad en que con improvisado discurso el doctor Kirchner virtió severas condenas a gobiernos -evidentemente el de Estados Unidos- que procuran que tanto el suyo como el de Brasil moderen la política del venezolano. “Error absoluto -enfatizó el visitante- pues nosotros construimos con el hermano presidente Chávez el espacio de América del Sur para la felicidad de nuestros pueblos”.
Seguramente, no es esa la mejor forma de crear un espacio con un marco adecuado de relaciones, no ya internacionales sino al menos regionales, como demuestran las precariedades del Mercosur, a consecuencia de haber delegado virtualmente en comunidades vecinales el control del conflicto sobre el Uruguay.
Días antes del encuentro de Venezuela, el presidente Kirchner y la ministra de Economía, Felisa Miceli, respondieron a observaciones de la Organización Mundial de Comercio sobre nuestra economía que tuvieron un temario y un tono opinable y mesurado sobre la situación en el país; entre ellas, “la gran satisfacción por el éxito en cuanto a reducir el desempleo y la pobreza, y las inequívocas mejoras internas registradas en sus balances interno y externo”. El organismo observó, sin embargo, riesgos futuros y perjuicio para las inversiones, lo que le valió severas réplicas descalificantes. Entre otras, se lo hizo responsable de la crisis.
El persistente criterio oficial acerca de que las desgracias del país tienen su causa mayor en los organismos internacionales y el llamado primer mundo, antes que en desaciertos propios, puede ser a veces el eslogan de tribunas proselitistas, pero una ligera revisión de la historia, especialmente la del último lustro, desautoriza semejante despropósito. Sin embargo, el tema es sustantivo en los discursos oficiales y, lo que es peor, contamina nuestras relaciones internacionales, carentes de una imprescindible política exterior, sin que el poder de control constitucional de gobierno, el del Congreso, se haga presente para asegurar una integración respetable de la Nación en la comunidad internacional.
Los personalismos fueron los datos referenciales y, por añadidura, las disputas internas del partido oficialista se fueron agravando hasta el punto de reprocharse recíprocamente esas autonomías, provocando sensación de imprevisibilidad en la comunidad internacional. Fue el mismo partido el que apoyó en el Congreso las diferentes orientaciones.
En los últimos tiempos se han agravado esas contradicciones y se hace muy difícil definir una política exterior, pues los hechos relacionados con ella suelen ser tratados con criterios oportunistas, y las circunstancias de la política interna son dominantes. A ello se agrega, cuando se considera necesario, un discurso destemplado que afecta otros ámbitos de la relación internacional.
Testimonio reciente de la situación ha sido la reunión del presidente argentino con su colega de Venezuela, Hugo Chávez, para suscribir acuerdos comerciales, oportunidad en que con improvisado discurso el doctor Kirchner virtió severas condenas a gobiernos -evidentemente el de Estados Unidos- que procuran que tanto el suyo como el de Brasil moderen la política del venezolano. “Error absoluto -enfatizó el visitante- pues nosotros construimos con el hermano presidente Chávez el espacio de América del Sur para la felicidad de nuestros pueblos”.
Seguramente, no es esa la mejor forma de crear un espacio con un marco adecuado de relaciones, no ya internacionales sino al menos regionales, como demuestran las precariedades del Mercosur, a consecuencia de haber delegado virtualmente en comunidades vecinales el control del conflicto sobre el Uruguay.
Días antes del encuentro de Venezuela, el presidente Kirchner y la ministra de Economía, Felisa Miceli, respondieron a observaciones de la Organización Mundial de Comercio sobre nuestra economía que tuvieron un temario y un tono opinable y mesurado sobre la situación en el país; entre ellas, “la gran satisfacción por el éxito en cuanto a reducir el desempleo y la pobreza, y las inequívocas mejoras internas registradas en sus balances interno y externo”. El organismo observó, sin embargo, riesgos futuros y perjuicio para las inversiones, lo que le valió severas réplicas descalificantes. Entre otras, se lo hizo responsable de la crisis.
El persistente criterio oficial acerca de que las desgracias del país tienen su causa mayor en los organismos internacionales y el llamado primer mundo, antes que en desaciertos propios, puede ser a veces el eslogan de tribunas proselitistas, pero una ligera revisión de la historia, especialmente la del último lustro, desautoriza semejante despropósito. Sin embargo, el tema es sustantivo en los discursos oficiales y, lo que es peor, contamina nuestras relaciones internacionales, carentes de una imprescindible política exterior, sin que el poder de control constitucional de gobierno, el del Congreso, se haga presente para asegurar una integración respetable de la Nación en la comunidad internacional.







