El corralito no es un invento argentino

El gobierno de Roosevelt efectuó una suerte de confiscación del oro acumulado por los norteamericanos. Un cambio de política.

06 Octubre 2002
El corralito no es un invento argentino. En 1933, en medio de la crisis iniciada con el crack bursátil de 1929, Estados Unidos tomó una medida sin precedentes. Para eludir las rigideces del patrón oro (un sistema de convertibilidad entre el papel moneda y el oro) se prohibió la acumulación del oro (pasó a ser considerado un delito) y se fijó un plazo de tres semanas para devolver los lingotes acumulados. En una suerte de corralito forzado, los ciudadanos sólo podían retener U$S 100, en monedas, incluidas las alhajas. El canje se hizo a U$S 20,67 por cada onza declarada. Pero en enero de 1934 se dispuso una devaluación por la que el cambio quedó a U$S 35 por cada onza. Se calcula que cada ahorrista perdió hasta un 41% de lo que tenía acumulado en oro. Sin embargo, esto le permitió al gobierno de Franklin D. Roosevelt realizar una emisión extra de U$S 3.000 millones, aumentar la capacidad fiscal y desplegar una política social activa conocida como "New Deal" (nuevo trato).
En 1936 se construyó un edificio, el Fort Knox, en el que depositaron los lingotes de oro acorralados. La decisión política de Roosevelt aún hoy es discutida por los economistas (ver notas aparte). Pero, más todavía, sirve para tomar apuntes del corralito argentino, que aún hoy no se lo puede desactivar. Aquí quedaron atrapados unos 60.000 millones de pesos/dólares. En la mayoría de los casos se trataba de depósitos menores a los 50.000 pesos/dólares. "Lo de EE.UU. sirve para analizar cómo se pueden cometer graves errores de política monetaria, cómo se reacciona institucionalmente ante una crisis y cómo se pueden desprender semejanzas con el caso argentina, aunque sin sacar conclusiones ligeras", dijo Víctor Elías.

Un pasado que sigue enseñando

Por Víctor J. Elías, doctor en Economía -UNT- Fundación Banco Empresario
La gran depresión de 1929-1933, ¿fue un hecho inevitable en una economía de mercado o fue el resultado de errores? Los efectos de ella enseñan sobre cómo puede bajar el empleo y la actividad económica, las medidas de emergencia, el costo para los ahorristas, etcétera. Milton Friedman y Anna Jacobson Schwartz publicaron en 1963 la monumental "Historia Monetaria de los Estados Unidos: 1867-1960". Ahí analizan con un detalle sorprendente las causales de la gran depresión. Esta comienza a mostrarse con la caída de la Bolsa de New York en 1929. Luego le siguen tres crisis bancarias en 1930, 1931 y el pánico de 1933. Gran Bretaña se sale del patrón oro en setiembre del 31. EE.UU. decreta feriado bancario del 6 al 9 de Marzo del 33, suspende los pagos en oro, y se nacionaliza la tenencia de oro y luego se lo intercambia por otras monedas o depósitos a U$S 20,67 por onza fina. Después se decreta que todas las monedas, lingotes y certificados de oro se pasen al Tesoro. En enero del 34 expira la fecha para traspasar el oro al gobierno cuando el precio de este estaba en U$S 33 por onza fina.
También se suspende la conversión de depósitos a efectivo y se hace más complicada la transferencia entre regiones. Estas medidas las toma Franklin Roosevelt cuando es presidente. Su antecesor, Herbert Hoover, le había pedido antes esto, pero Roosevelt se negó. Adujo que la gente sacaba la plata de los bancos no por falta de confianza en él sino en los bancos, y que lo que se necesitaba era una reforma financiera profunda y no un discurso optimista acerca de él.
Los efectos fueron profundos. Del total de 17.800 bancos, 5.000 de ellos no reabrieron después del feriado del 33 y, de aquellos, 2.000 no lo hicieron después. Friedman concluye que quizás las medidas tomadas para frenar la corrida causaron males peores. Las pérdidas de accionistas y depositantes fueron de U$S 2.500 millones en esa época (un 5% del PBI) y por la caída en la Bolsa las acciones perdieron U$S 85.000 millones (50% del valor del capital total). Del total de depósitos, los ahorristas perdieron el 15% en los bancos con problemas y solo el 2% con respecto a todos los bancos. Esto luce pequeño ante el retroceso del 30% en el PBI. Entre 1929 y 1933, la cantidad de dinero cayó un tercio y, según Friedman, ello fue el principal causante de la depresión. La Reserva Federal no tomó medidas para evitar esto. Si bien la pérdida de los bancos y de los depositantes no fue tan grande, la crisis bancaria tuvo un efecto mayor debido que condujo a la caída del stock de dinero y, por ende, de la actividad económica. Lo curioso es que en Canadá no hubo prácticamente quiebras ni corridas bancarias.
Durante la crisis fueron creados un sistema de seguros de depósitos, una Corporación de Reconstrucción Financiera, un Banco Federal de préstamos para Viviendas, y se cambió sustancialmente el poder del sistema de la Reserva Federal. También se desarrolló la economía de trueque pero sin el uso de dinero. Lo sucedido nos sigue enseñando.

Gran golpe a la especulación

Por Daniel Kostzer, economista
No se pueden trazar paralelismos mecánicos entre las situaciones del principal emisor de del mundo, en una crisis de contexto generalizado, y la Argentina de hoy. En la década de 1930, EE.UU. recuperó una política monetaria activa que, por los problema del patrón oro y de las reservas de oro, había perdido, porque se había jugado por un sistema financiero desregulado. No hay que olvidar que antes de la depresión se vivió un boom de negocios financieros. Estos generaron una sobrevaloración de ciertos activos financieros por encima de lo que era la estructura productiva en términos reales. Esto es lo que sucede ahora con muchas empresas que dibujaron números irreales.
La crisis del 30 se dio en un contexto de pérdida de la confianza en la capacidad del sistema productivo para generar los bienes y servicios que justifiquen la riqueza financiera o declarada de una sociedad. Carl Marx decía que la única forma de salir de una crisis de súper acumulación es a partir de la destrucción del capital financiero, para generar una recomposición en la tasa de ganancia del capital productivo. Lo que se hace de algún modo en EE.UU. es redistribuir en toda la sociedad los costos de esa destrucción del capital financiero, para poder recomponer el aparato productivo. Este no se reconstituye por sí solo o con una baja de las tasas de interés o de las deudas, que es lo que pasa en la Argentina con la pesificación. Lo que se necesita -y en eso radica la revolución que John M. Keynes significó en el pensamiento económico- es incentivar la demanda agregada: que la gente salga a requerir bienes y servicios.
¿Cómo se hace esto en un contexto recesivo? Hay que darle ingresos a la población. El aparato productivo se pone en marcha y la gente que tiene recursos los invierte para incrementar esa producción (nadie lo hace si no tiene la garantía de que podrá vender lo producido por más barato que sea). La única garantía de que la gente compre es que tenga dinero. He ahí el multiplicador keynesiano.
Fue así como en EE.UU. comenzaron con un bono para obra pública. El objetivo era darle empleo a la gente, para que pueda demandar. Pero, previamente, destruyeron las herramientas especulativas del capital financiero. Suprimieron la posibilidad de atesorar oro. Al eliminar la alternativa de hacer reservas de valor futuro -es lo que pasa con el dólar en la Argentina- se indujo a la población a que consuma. Se apropiaron de parte del dinero especulativo excedente, lo que se había acumulado en oro, y lo transformaron en una moneda, a la que devaluaron. Luego, pusieron a la gente en un esquema de obra pública para poner en marcha el aparato productivo. Esto se hizo en la convicción keynesiana de que de una gran depresión se sale con una política monetaria expansiva. Esta fue la respuesta al pensamiento ortodoxo, para el cual del desempleo se sale bajando salarios. Pero así sólo se agudiza la espiral recesiva, como le pasa a la Argentina desde 1998.

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