06 Octubre 2002 Seguir en 
Por Sofía Aguirre Tuero. Máster en Recursos Humanos-Universidad Pontificia Comilllas de Madrid (España), de la orden de los jesuitas
La Argentina, y con ellas las instituciones, vive una profunda crisis. Ante ello, hay dos opciones: continuar sufriendo y quejándose de todos los males o bien comenzar a construir y a generar una realidad diferente. Las empresas no están ajenas a esta situación, que las obligan a cambios significativos en su estructura, en su planificación estratégica y en algunos contenidos de la cultura de la organización que puede haber funcionado antes. No se resuelven pensando y haciendo lo que en el pasado. Hay que inventar nuevas posibilidades, crear un futuro. Por ello se debe concebir las crisis como una estimulante oportunidad, ya que estas actúan como aceleradoras de los cambios.
Ya no se trata sólo de diseñar los procedimientos laborales más eficaces. No basta con buscar la estandarización de las prácticas que demostraron ser las mejores. La mirada debe estar puesta en lo que todavía no se dispone, aquello que no se conoce. El compromiso debe estar en la capacidad de descubrir las insuficiencias de las prácticas estándar y en superarlas. Uno mismo debe volver obsoleta la propia forma de operar, antes que la competencia. La propia empresa debe estar en permanente competencia consigo misma, con su presente.
Hay que erradicar la complacencia, el sentido de satisfacción por como se hacen las cosas. Esto lleva a la inmovilidad. El presente siempre puede ser mejorado. El futuro debe determinar lo que hoy se hace. Ello convierte a la innovación y al aprendizaje en los grandes motores del desarrollo empresarial.
El aprendizaje debe ser cotidiano. En el pasado se hablaba de él cuando se detectaba algo que requería ser aprendido. Hoy debe concebirse como una disposición básica, que debe estar presente incluso antes de que asome lo que se aprenderá. Esto supone nuevos desafíos.
Hoy se sabe que los conceptos de mando y control son nocivos porque establecen un techo y congelan el desempeño del empleado en ciertos niveles. No impulsa a nuevos aprendizajes o a innovar. El mando y control desaprovecha las competencias del trabajador. Se trata de un mecanismo de regulación basado en el temor a las consecuencias del incumplimiento o del error. El miedo lleva a evitar el peligro y a eludir el riesgo. Como tal, es una emoción contraindicada para el aprendizaje.
También se aprende del error
Para innovar se necesitan de la experimentación y de los fracasos iniciales. No es posible llegar a desempeños superiores sin cometer errores. No es posible inventar nuevos productos o procesos sin probar alternativas que, posiblemente, no funcionarán.
Los nuevos mecanismos de regulación requieren de confianza. Con ella, el trabajador se abre al aprendizaje, se atreve a innovar, acepta cometer errores y confrontar su incompetencia. Esto conduce a acciones transformadoras, capaces de generar y conquistar nuevas posibilidades. La confianza despierta la creatividad; es el elemento básico que alimenta el espíritu emprendedor y va en contra del desánimo y la resignación. No hubo gesta en la historia que no haya requerido una gran dosis de confianza. La empresa debe modificar sus modalidades de gestión. Debe definir desafíos y objetivos, en diálogo permanente con quienes disponen de las competencias para la generación de posibilidades y oportunidades de negocio. Para ello, debe conceder espacios significativos de autonomía responsable a sus empleados. Su énfasis deberá desplazarse de un control de acciones a una gestión de resultados a través de una gestión de procesos. Las organizaciones necesitan gente que piense por sí y que esté dispuesta a dar un gran salto hacia un futuro diferente.
La Argentina, y con ellas las instituciones, vive una profunda crisis. Ante ello, hay dos opciones: continuar sufriendo y quejándose de todos los males o bien comenzar a construir y a generar una realidad diferente. Las empresas no están ajenas a esta situación, que las obligan a cambios significativos en su estructura, en su planificación estratégica y en algunos contenidos de la cultura de la organización que puede haber funcionado antes. No se resuelven pensando y haciendo lo que en el pasado. Hay que inventar nuevas posibilidades, crear un futuro. Por ello se debe concebir las crisis como una estimulante oportunidad, ya que estas actúan como aceleradoras de los cambios.
Ya no se trata sólo de diseñar los procedimientos laborales más eficaces. No basta con buscar la estandarización de las prácticas que demostraron ser las mejores. La mirada debe estar puesta en lo que todavía no se dispone, aquello que no se conoce. El compromiso debe estar en la capacidad de descubrir las insuficiencias de las prácticas estándar y en superarlas. Uno mismo debe volver obsoleta la propia forma de operar, antes que la competencia. La propia empresa debe estar en permanente competencia consigo misma, con su presente.
Hay que erradicar la complacencia, el sentido de satisfacción por como se hacen las cosas. Esto lleva a la inmovilidad. El presente siempre puede ser mejorado. El futuro debe determinar lo que hoy se hace. Ello convierte a la innovación y al aprendizaje en los grandes motores del desarrollo empresarial.
El aprendizaje debe ser cotidiano. En el pasado se hablaba de él cuando se detectaba algo que requería ser aprendido. Hoy debe concebirse como una disposición básica, que debe estar presente incluso antes de que asome lo que se aprenderá. Esto supone nuevos desafíos.
Hoy se sabe que los conceptos de mando y control son nocivos porque establecen un techo y congelan el desempeño del empleado en ciertos niveles. No impulsa a nuevos aprendizajes o a innovar. El mando y control desaprovecha las competencias del trabajador. Se trata de un mecanismo de regulación basado en el temor a las consecuencias del incumplimiento o del error. El miedo lleva a evitar el peligro y a eludir el riesgo. Como tal, es una emoción contraindicada para el aprendizaje.
También se aprende del error
Para innovar se necesitan de la experimentación y de los fracasos iniciales. No es posible llegar a desempeños superiores sin cometer errores. No es posible inventar nuevos productos o procesos sin probar alternativas que, posiblemente, no funcionarán.
Los nuevos mecanismos de regulación requieren de confianza. Con ella, el trabajador se abre al aprendizaje, se atreve a innovar, acepta cometer errores y confrontar su incompetencia. Esto conduce a acciones transformadoras, capaces de generar y conquistar nuevas posibilidades. La confianza despierta la creatividad; es el elemento básico que alimenta el espíritu emprendedor y va en contra del desánimo y la resignación. No hubo gesta en la historia que no haya requerido una gran dosis de confianza. La empresa debe modificar sus modalidades de gestión. Debe definir desafíos y objetivos, en diálogo permanente con quienes disponen de las competencias para la generación de posibilidades y oportunidades de negocio. Para ello, debe conceder espacios significativos de autonomía responsable a sus empleados. Su énfasis deberá desplazarse de un control de acciones a una gestión de resultados a través de una gestión de procesos. Las organizaciones necesitan gente que piense por sí y que esté dispuesta a dar un gran salto hacia un futuro diferente.







