Los crímenes de una sociedad sin normas

Por Nora Lía Jabif - Redacción LA GACETA.

10 Febrero 2007
Hay momentos en los que el estupor se adueña de una comunidad, cuando esta ve que en su seno pasan -o estallan- hechos que escapan de la razón común.
Eso es lo que están sintiendo los tucumanos desde que apareció el jueves el cuerpo descuartizado de la contadora Liliana Cruz. Desde entonces, nadie pudo sustraerse a la tentación de relacionar esa tragedia con las ocurridas a Paulina Lebbos, a Beatriz Argañaraz, a María Fernanda Chaila, a Víctor Hugo Sánchez Hoyos, entre los crímenes recientes más resonantes ocurridos en Tucumán.
Al margen de las particularidades de cada uno de esos casos, cuesta dejar de pensar en cada una de esas tragedias individuales como parte de un único drama social en entregas, que refleja lo que, parafraseando a Sigmund Freud, podríamos rotular como “el malestar de la cultura”. Es que un crimen, lejos de ser sólo un hecho de materia penal (la Justicia) o moral (la religión o la ética) es, más que todo, un hecho social. Como dice Foucault, en ese clásico que es “La verdad y las formas jurídicas”, el crimen no es algo emparentado con el pecado y con la falta, sino un daño social, una incomodidad para el conjunto de la sociedad. En la época moderna, añade, el criminal ha roto el pacto social. El jueves, apenas conocido el desenlace del crimen de Liliana Cruz, una psicoanalista dijo: “en una sociedad, cuanto más anomia hay (falta de normas), más se posibilita un acto homicida. En Tucumán, lo que llama la atención es esto de tratar de que desaparezcan los cuerpos...”.
Si de síntomas se trata, no sólo los ya mencionados crímenes hablan del “malestar de la cultura”. El miércoles, mientras en Honduras y avenida Avellaneda se revelaban escenas de una tragedia que dejará marcada para siempre a mucha gente, en el centro de la ciudad se desarrollaba la audiencia pública en la que debía discutirse el aumento de un 7% en la tarifa de la luz.
Sin analizar la justicia del reclamo (no se analiza aquí el fondo, sino la forma), allí también estalló la anomia. Esta vez, no vino vestida de tragedia, sino bajo el disfraz farsesco del “Chapulín colorado”, o del actor que se bajó los pantalones ante el imperturbable rostro del fiscal de Estado, Antonio Estofán, para protestar por el incremento en el servicio público, y de los gritos xenófobos de algunos usuarios (“que se vayan los chilenos”, en alusión a Edet). El resultado: mucha puesta en escena, nada de debate y de argumentos, y la sensación de que en Tucumán se agudizan la intolerancia y la búsqueda de diálogos, tanto en el terreno de la política como en el social.
Pero hay de todo. También el miércoles, en el otro extremo de la provincia, en Ranchillos, la comunidad dio muestras de adultez. Desde Pergamino, argentinos solidarios habían recolectado alimentos y ropa para los inundados, y habían elegido a la Escuela de Psicología Social para canalizar los envíos. Las psicólogas de la escuela quisieron ayudar a los ranchilleños a decidir cómo repartirían lo donado. Ranchillos se convirtió en un “laboratorio social”: había que ver si una comunidad poco acostumbrada a tomar decisiones era capaz de organizarse. La experiencia fue feliz: no sólo sesionaron en asamblea para distribuirse el producto de las donaciones, sino que definieron las necesidades de la zona y le elevaron su reclamo al Gobierno. Ahora esperan que esos reclamos tengan eco. Así podrán seguir creyendo que una sociedad con normas y con instituciones es más sana que una sociedad que ha resignado esos valores.













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