Macabros ataques desde la época de Rosas

Desde 1845 hasta la fecha, los asesinatos seguidos por descuartizamiento de la víctima han poblado las crónicas rojas de los diarios argentinos. Pasiones desencadenadas, celos, dinero y excesos del poder fueron los móviles de estas tragedias.

EN 1973. Emilia Basil, una libanesa de 64 años, estranguló a un hombre, le cortó la cabeza y la hirvió en una olla de su restaurante.
EN 1973. Emilia Basil, una libanesa de 64 años, estranguló a un hombre, le cortó la cabeza y la hirvió en una olla de su restaurante.
10 Febrero 2007
Un oscuro corredor de seguros, un pai umbanda, un policía torturador... ¿qué relación une a estas personas tan disímiles? Todos ellos alimentaron las crónicas rojas de los diarios por haber rematado su homicidio con horrible frialdad. Como Osiris, desmembrado para cumplir con un rito de fertilidad; como Rómulo, desparramado por los cuatro puntos cardinales de Roma; como Túpac Amaru, ejecutado en el siglo XVIII por rebelarse contra los españoles, las víctimas de estos descuartizadores sufrieron, además de la muerte, la mutilación.
El descuartizador más famoso de la Argentina fue Eduardo Jorge Burgos. A mediados de 1955, este pequeño -y en apariencia inofensivo- hombrecito de 30 años, se convirtió en “el descuartizador de Barracas”, después de que confesó a la Policía su crimen: en un ataque de celos, mató de un golpe a su novia, Alcira Methyger; cortó el cuerpo en la bañera de su casa y repartió los pedazos por distintos puntos de Buenos Aires. El torso mutilado y sin cabeza de Alcira había sido encontrado tiempo antes de la confesión del novio despechado, y durante varios días, los policías no pudieron identificar de quién se trataba.
No era la primera vez que ocurría. El primer descuartizamiento registrado en la historia criminal argentina data de 1845, época en que Juan Manuel de Rosas dirigía el país con mano de hierro. Antonio Posse, colaborador del “Restaurador de las Leyes”, fue asesinado y desmembrado por su amante, Tomasa Sampayo, y por su esposo.
En 1894, el ciudadano francés Raoul Tramblié había disputado por dinero con su socio y compatriota François Farbos, a quien mató y descuartizó. Los restos empaquetados de Farbos fueron abandonados en una esquina donde funcionaba un mercado y en diversos baldíos del sur porteño. El asesino huyó a Francia y allí fue atrapado por la Policía francesa.
En Buenos Aires, en 1915, el comerciante alemán Miguel Ernst asesinó y descuartizó a su socio, Augusto Conrado Schneider, y luego tiró al lago de Palermo los restos. Ernst fue recluido en el penal de Ushuaia, donde los demás presos lo apodaron “Serrucho”.
En agosto de 1929, en las aguas del lago de Palermo aparecieron los restos de Virginia Donatelli. Un guardián municipal que rastrillaba la orilla para recuperar la pelota que había perdido un niño enganchó una bolsa de arpillera atada con alambre. Adentro, estaba el torso de Virginia. La joven, de 23 años, había sido asesinada por su amante, el chofer Julio Bonini.

Ellas también matan
No sólo los hombres son capaces de perpetrar crímenes tan horrendos. El 24 de marzo de 1973, Emilia Basil, una libanesa de 64 años, estranguló a José Petriella; seccionó su cuerpo y luego hirvió la cabeza en una olla.
También a manos de una mujer tuvo un horrible fin Osvaldo Alfredo Godoy. El 3 de agosto de 2003, en medio de una discusión, su pareja, María del Carmen Rómbola, lo asesinó a tiros, en su casa de Rosario. Luego, con la ayuda de un hombre, cortó el cuerpo en 25 pedazos y los enterró en la huerta de un barrio humilde. A los vecinos les dijo que iban a construir un horno comunitario.
Entre los casos más recientes, se encuentra el de la geóloga Susana Tramacera. En diciembre de 2002, sus restos fueron encontrados, dentro de varias bolsas de consorcio, en su departamento del barrio porteño de Colegiales. Según las pericias, su asesino, el pai umbanda Héctor Garro, la seccionó mientras aún estaba viva.
A pocos kilómetros de Tucumán, el horror también conmocionó a la opinión pública. El doble crimen de Santiago del Estero, ocurrido en febrero de 2003, fue rematado con un descuartizamiento. Los restos de Leyla Bshier Nazar, una de las jóvenes asesinadas, aparecieron esparcidos en un descampado de La Dársena.