10 Febrero 2007 Seguir en 
Hace pocos días se señalaba desde este mismo espacio el preocupante incremento en la cantidad de accidentes viales, que ha elevado el número de víctimas mortales a cifras antes nunca alcanzadas. Es importante tener en cuenta que muchos de estos desgraciados incidentes son provocados por menores de edad que utilizan -con permiso paterno o no- vehículos que no están legalmente habilitados a conducir.
No hace falta una búsqueda minuciosa para encontrar ejemplos de estos casos: dentro de las dos últimas semanas, nuestro diario informó acerca del incidente en el que un menor le robó el auto a su padre y arrolló a un policía; pocos días antes, un chico de 14 años, que vive en Tafí Viejo, estrelló el auto de su madre contra un árbol, cuando viajaba acompañado por tres amigos que, afortunadamente, salieron ilesos de la colisión. A este rápido recuento puede sumarse el vuelco del vehículo que transportaba a cuatro adolescentes mientras circulaba por la ruta que une San Pedro de Colalao con Hualinchay.
Otro aspecto que debe ser señalado por el potencial peligro que entraña es la libertad con la que circulan por Tafí del Valle y por otras villas veraniegas los cuatriciclos comandados por menores, que en muchos casos son niños de apenas 10 años. Debe tenerse en cuenta que estos vehículos, sumamente atractivos para los jóvenes, por sus características estéticas y técnicas, son verdaderos vehículos y no sofisticados juguetes que pueden dejarse en manos poco experimentadas. Desde el momento en que circulan por los mismos caminos y calles por los que se desplazan automóviles, camionetas y camiones, están expuestos a graves peligros, potenciados por la inexistente protección que ofrecen los móviles -puesto que carecen de una carrocería techada- y por la lamentable costumbre de tripularlos sin apelar a la protección que ofrecen los cascos, obligatorios -aunque poco usados en la práctica- para desplazarse en vehículos motorizados de dos ruedas.
Es innegable que el clima de distensión que impera en el período de vacaciones hace que, en muchos casos, los padres o responsables concedan a los menores licencias que no consentirían en otro escenario o en diferente época del año. Pero es necesario subrayar que el peligro no mira el almanaque y que las tragedias pueden producirse ante el menor descuido.
Es responsabilidad indelegable de los mayores garantizar la seguridad de los menores a su cargo, por lo que deben asegurarse de que estos, de ninguna manera, dispongan de la posibilidad de utilizar un rodado con el que potencialmente pueden provocar un accidente de consecuencias imprevisibles para ellos mismos y para terceros que pudieran quedar involucrados.
Se trata de ejercer la autoridad de manera responsable dentro de la familia, haciendo comprender a los menores la seriedad del tema. Y se trata también de predicar con el ejemplo: es imposible exigir prudencia y cumplimiento de las normas del tránsito a los jóvenes y, al mismo tiempo, comportarse de manera desaprensiva e irresponsable detrás del volante, ante la siempre atenta mirada de los menores.
No es ajeno a todo esto el Estado, obligado a garantizar la seguridad en las calles, rutas y caminos; los controles deben ser estrictos y no debe permitirse bajo ningún concepto que circule un vehículo conducido por una persona que no esté expresamente habilitada para hacerlo. De otro modo, en la tenebrosa estadística de los fallecimientos por accidentes viales seguirá teniendo una penosa incidencia el número correspondiente a los menores de edad.
No hace falta una búsqueda minuciosa para encontrar ejemplos de estos casos: dentro de las dos últimas semanas, nuestro diario informó acerca del incidente en el que un menor le robó el auto a su padre y arrolló a un policía; pocos días antes, un chico de 14 años, que vive en Tafí Viejo, estrelló el auto de su madre contra un árbol, cuando viajaba acompañado por tres amigos que, afortunadamente, salieron ilesos de la colisión. A este rápido recuento puede sumarse el vuelco del vehículo que transportaba a cuatro adolescentes mientras circulaba por la ruta que une San Pedro de Colalao con Hualinchay.
Otro aspecto que debe ser señalado por el potencial peligro que entraña es la libertad con la que circulan por Tafí del Valle y por otras villas veraniegas los cuatriciclos comandados por menores, que en muchos casos son niños de apenas 10 años. Debe tenerse en cuenta que estos vehículos, sumamente atractivos para los jóvenes, por sus características estéticas y técnicas, son verdaderos vehículos y no sofisticados juguetes que pueden dejarse en manos poco experimentadas. Desde el momento en que circulan por los mismos caminos y calles por los que se desplazan automóviles, camionetas y camiones, están expuestos a graves peligros, potenciados por la inexistente protección que ofrecen los móviles -puesto que carecen de una carrocería techada- y por la lamentable costumbre de tripularlos sin apelar a la protección que ofrecen los cascos, obligatorios -aunque poco usados en la práctica- para desplazarse en vehículos motorizados de dos ruedas.
Es innegable que el clima de distensión que impera en el período de vacaciones hace que, en muchos casos, los padres o responsables concedan a los menores licencias que no consentirían en otro escenario o en diferente época del año. Pero es necesario subrayar que el peligro no mira el almanaque y que las tragedias pueden producirse ante el menor descuido.
Es responsabilidad indelegable de los mayores garantizar la seguridad de los menores a su cargo, por lo que deben asegurarse de que estos, de ninguna manera, dispongan de la posibilidad de utilizar un rodado con el que potencialmente pueden provocar un accidente de consecuencias imprevisibles para ellos mismos y para terceros que pudieran quedar involucrados.
Se trata de ejercer la autoridad de manera responsable dentro de la familia, haciendo comprender a los menores la seriedad del tema. Y se trata también de predicar con el ejemplo: es imposible exigir prudencia y cumplimiento de las normas del tránsito a los jóvenes y, al mismo tiempo, comportarse de manera desaprensiva e irresponsable detrás del volante, ante la siempre atenta mirada de los menores.
No es ajeno a todo esto el Estado, obligado a garantizar la seguridad en las calles, rutas y caminos; los controles deben ser estrictos y no debe permitirse bajo ningún concepto que circule un vehículo conducido por una persona que no esté expresamente habilitada para hacerlo. De otro modo, en la tenebrosa estadística de los fallecimientos por accidentes viales seguirá teniendo una penosa incidencia el número correspondiente a los menores de edad.







