Actitud conciliadora frente a dos conflictos

09 Febrero 2007
El Presidente de la Nación ha dado dos señales alentadoras sobre la conveniencia de encarar los problemas de gobierno mediante la discusión y el diálogo con los sectores involucrados, evitando confrontaciones conflictivas cuyo costo político puede ser elevado, sin que por ello deba verse afectada la gestión del poder. Una de ellas ha sido el cese del secretario de Agricultura, Miguel Campos, adelantándose a las negociaciones con las organizaciones agropecuarias a nivel de la Jefatura del Gabinete, para tratar de hallar una solución a los graves problemas que dieron ya lugar a dos costosos paros. La otra, cronológicamente coincidente, ha tenido por vocero al propio doctor Kirchner, quien en un discurso de temario heterogéneo, reprochó al grupo de asambleístas argentinos que concurrieron a Montevideo a reprobar la construcción de la planta papelera de Fray Bentos, dando lugar a un incidente y posterior expulsión. El jefe del Gobierno exaltó en la ocasión la tradicional hermandad que une a argentinos y uruguayos y que “no nos habilita a perturbarnos mutuamente”, agregando otras consideraciones, sin duda con el propósito de dar un perfil negociador al diferendo sobre el río Uruguay.
La salida de Campos, según señaló el jefe del Gabinete, Alberto Fernández, respondió a la necesidad de negociar en mejor clima con las organizaciones agropecuarias. El ex secretario de Agricultura fue el ejecutor más fiel de una política de intransigencia con el sector agrario, que trató inútilmente de moderar el subsecretario y sucesor en el cargo, Javier de Urquiza, política que involucra al sector productivo más importante del país y cuya consecuencia debe observarse con esa perspectiva.
Consecuentemente, el ex secretario mantuvo severos enfrentamientos con su sucesor, mientras era evidente la inutilidad de las presiones ejercidas por el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno.
El complejo problema parte de la necesidad del sector afectado de contar con una política de largo plazo, revisando las medidas de emergencia que perturban las exportaciones.
No es sencillo, ni debe pensarse que del diálogo abierto puedan surgir fórmulas que den fin al conflicto, aunque sí cabe esperar que la actitud del Presidente sea un indicador de prudencia en la dirección satisfactoria.
Con relación a los incidentes de Montevideo, en reacción inmediata ante el reproche de Kirchner a los asambleístas que cruzaron para manifestarse en la capital uruguaya, su colega uruguayo Tabaré Vázquez expresó -inspirado en el mismo espíritu- su repudio de la agresión al grupo de argentinos. La circunstancia, por cierto, es más condicente con la intervención de buena voluntad de la corona española, precisamente solicitada por Kirchner en Madrid. Si bien son muy pocos los hechos que hasta el momento están sugiriendo una negociación directa de ambos presidentes para hallar una solución a las intransigencias en el caso de la pastera Botnia, la clara definición sobre la fuerte vinculación histórica de ambos países es una señal particularmente valiosa que la gran comunidad argentino-uruguaya ha de recibir con satisfacción. No puede olvidarse en momento alguno que el conflicto es exclusivamente zonal y que una gran mayoría de ciudadanos de ambos países siguen conviviendo en las dos orillas, alejadas de las diatribas. Consecuentemente, tanto el caso de la crisis agropecuaria como el de la histórica vecindad, invitan a esperar que esas definiciones expresen una visión oficial más contemporizadora de los grandes problemas.


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