Un año electoral con partidos en crisis

07 Febrero 2007
El año electoral ha comenzado y nunca como ahora se ve a los partidos políticos tan ausentes de las expectativas ciudadanas. Pero no sólo eso, sino que son los políticos quienes -con un fuerte sesgo personalista- predominan en ese panorama, como si las organizaciones intermedias de la democracia, cuyos padrones se ignoran, estuvieran en receso. Ya hace más de tres años que el presidente transitorio de la crisis, Eduardo Duhalde, decidió suspender las elecciones internas abiertas en los partidos. Había enviado esta iniciativa semanas antes al Congreso, para dejarlas sin efecto -según declaró- ante la desconfianza respecto de la calidad de los padrones.
Ese proceso de deterioro que tuvo entonces el reconocimiento oficial de las internas no sólo prosiguió, a pesar de la normalización constitucional, sino que -de hecho- pareció convertirse en una estrategia del poder público, que hace de las organizaciones partidarias instituciones secundarias, a pesar de contar con rango constitucional (artículo 38 CN) desde la reforma de la Carta Magna de 1994. Testimonio de ello es la circunstancia de que el Partido Justicialista, con el que llegó al poder el actual gobierno, se encuentre intervenido desde hace tres años y sin perspectivas firmes de ser normalizado. Por su parte, la Unión Cívica Radical hace frente a un fuerte proceso de cooptación (cobertura de vacantes) por el oficialismo, que -por cierto- actúa mediante el ambiguo Frente para la Victoria (FPV), que domina en el entorno presidencial.
Consecuencia de ese evidente panorama es la dificultad para ver funcionando algunos de los tradicionales comités, mientras en los medios de comunicación se anuncian alianzas o coaliciones con nombres diferentes de las organizaciones partidarias.
La situación es más notoria aún en las nuevas organizaciones, desplazadas de la imagen pública por los nombres de sus líderes, quienes hacen y deshacen sin control partidario alguno. Unos y otros, grandes o menores, deben ceder a las nominaciones de precandidatos a dedo por decisión de los líderes formales o de hecho, como está ocurriendo en el PJ por parte de Néstor Kirchner, quien ni siquiera desempeña cargo jerárquico partidario alguno. Mientras tanto, la división del radicalismo en aliado oficialista -por un lado- y opositor -por otro- hace de sus convenciones internas otro testimonio de la crisis descripta.
A la grave situación histórica de hace un lustro, que produjo un profundo descrédito de la llamada clase política entre la sociedad, siguió una pérdida creciente del sentido del diálogo de las dirigencias. Eso se manifiesta ahora entre el poder político y la oposición, y en el seno de esta última.
La discusión y el debate que justifican a los partidos como centros de elaboración política están prácticamente cancelados, mientras los dirigentes se hallan empeñados en la lucha que significa el acceso al poder y su conservación, inclusive prescindiendo de las ideas.
Figuras importantes de los poderes públicos han llegado a sostener, sin reparo alguno, que el sistema de partidos está agotado y ya no se justifica como intermediario entre la ciudadanía y los responsables de la gestión pública. Seguramente por ello se han archivado las promesas de una reforma política y representativa que asegure el vigor de las organizaciones partidarias mediante su renovación. Este proceso de renovación debería hacerse mediante las nuevas generaciones, que hoy permanecen desplazas por la persistencia de los viejos liderazgos, que apelan -si es necesario- al autoritarismo para subsistir políticamente.


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