21 Enero 2007 Seguir en 
El 2006 fue, en América Latina, el año de la revolución de la gente. La gente se movilizó más que nunca; fortaleció la sociedad civil; creó nuevas e innovadoras ONG y múltiples organizaciones de base; exigió información; salió a la calle; colmó los recintos electorales, y consiguió hacer avanzar cambios políticos de gran envergadura, cuyas diferentes versiones, según el país, tienen en común que han recibido el mandato de poner en primer lugar el combate contra la pobreza y la desigualdad.
La gente dijo no toleramos más que en un continente con el 33% de las reservas de agua limpia del planeta haya 60 millones de personas sin agua potable, y 120 millones sin un inodoro ni saneamiento sostenible; que la tasa de mortalidad infantil sea 10 veces la de Suecia, y la de mortalidad materna, 12 veces la de Canadá; que 209 millones sean pobres (en 1980 eran 136), y que 80 millones de ellos padezcan pobreza extrema y tengan hambre (en 1980 eran 60 millones).
Sabe, por otro lado, que los niveles de pobreza inauditos de América Latina, una región bendecida por la divinidad con una dotación excepcional de recursos naturales, tienen que ver con el hecho de que es el continente más desigual de todos; ese donde el 10% más rico tiene la mitad de los ingresos, y el 10% más pobre sólo el 1,6% (una brecha de 50 a 1 frente al 3 a 1 de los países nórdicos).
Qué hay que hacer
En las 12 elecciones que se realizaron desde noviembre del año pasado, la gente batió récords de participación electoral -74%- e indicó también que sabe qué hay que hacer.
Exigió que las políticas públicas se activen; que el Estado se fortalezca, que se haga transparente y eficiente, que se descentralice hacia las provincias y hacia los municipios; que las prioridades sean alimentos, agua, salud, educación y trabajo, y que haya acceso al crédito para todos. Reclamó que se siga democratizando la política, pero también que se democratice la economía. Presionó para que se eliminen todas las formas de corrupción: pública, clientelar o empresarial.
La gente mostró además el camino con hechos concretos. Crecieron la solidaridad y el voluntariado, y la sociedad civil apoyó activamente las políticas públicas cuando fueron las reclamadas.
Argentina fue expresión de todo esto. Políticas públicas agresivas y bien orientadas en reactivación productiva; desarrollo social; salud; educación, y otras áreas permitieron que en tres años se redujera la pobreza en un 26%, y se abatiera la desocupación a la mitad.
Organizaciones ejemplares de la sociedad civil, como Cáritas, AMIA, Red social, y muchas otras las acompañaron continuamente. Sin embargo, el desafío sigue totalmente abierto. Según Indec 2006, 4,7 millones de niños menores de 14 años son pobres, 1,9 millón de ellos, pobres extremos. El 43% de los empleados trabajan en negro (eran muchísimos más).
Son cifras éticamente inaceptables. En América latina -incluida la Argentina-, la gente dice hoy que no acepta ningún fatalismo respecto de nada de esto.
La pobreza y la desigualdad se pueden enfrentar. Hay que ponerlas definitivamente en el pleno centro de las prioridades, profundizar esfuerzos y construir economías con rostro humano.
Como decía Carlos Fuentes: “algo se ha agotado en América latina, los pretextos para justificar la pobreza”.
La gente dijo no toleramos más que en un continente con el 33% de las reservas de agua limpia del planeta haya 60 millones de personas sin agua potable, y 120 millones sin un inodoro ni saneamiento sostenible; que la tasa de mortalidad infantil sea 10 veces la de Suecia, y la de mortalidad materna, 12 veces la de Canadá; que 209 millones sean pobres (en 1980 eran 136), y que 80 millones de ellos padezcan pobreza extrema y tengan hambre (en 1980 eran 60 millones).
Sabe, por otro lado, que los niveles de pobreza inauditos de América Latina, una región bendecida por la divinidad con una dotación excepcional de recursos naturales, tienen que ver con el hecho de que es el continente más desigual de todos; ese donde el 10% más rico tiene la mitad de los ingresos, y el 10% más pobre sólo el 1,6% (una brecha de 50 a 1 frente al 3 a 1 de los países nórdicos).
Qué hay que hacer
En las 12 elecciones que se realizaron desde noviembre del año pasado, la gente batió récords de participación electoral -74%- e indicó también que sabe qué hay que hacer.
Exigió que las políticas públicas se activen; que el Estado se fortalezca, que se haga transparente y eficiente, que se descentralice hacia las provincias y hacia los municipios; que las prioridades sean alimentos, agua, salud, educación y trabajo, y que haya acceso al crédito para todos. Reclamó que se siga democratizando la política, pero también que se democratice la economía. Presionó para que se eliminen todas las formas de corrupción: pública, clientelar o empresarial.
La gente mostró además el camino con hechos concretos. Crecieron la solidaridad y el voluntariado, y la sociedad civil apoyó activamente las políticas públicas cuando fueron las reclamadas.
Argentina fue expresión de todo esto. Políticas públicas agresivas y bien orientadas en reactivación productiva; desarrollo social; salud; educación, y otras áreas permitieron que en tres años se redujera la pobreza en un 26%, y se abatiera la desocupación a la mitad.
Organizaciones ejemplares de la sociedad civil, como Cáritas, AMIA, Red social, y muchas otras las acompañaron continuamente. Sin embargo, el desafío sigue totalmente abierto. Según Indec 2006, 4,7 millones de niños menores de 14 años son pobres, 1,9 millón de ellos, pobres extremos. El 43% de los empleados trabajan en negro (eran muchísimos más).
Son cifras éticamente inaceptables. En América latina -incluida la Argentina-, la gente dice hoy que no acepta ningún fatalismo respecto de nada de esto.
La pobreza y la desigualdad se pueden enfrentar. Hay que ponerlas definitivamente en el pleno centro de las prioridades, profundizar esfuerzos y construir economías con rostro humano.
Como decía Carlos Fuentes: “algo se ha agotado en América latina, los pretextos para justificar la pobreza”.







