Las lecciones del "Estanciero"
En Tucumán hubo un paulatino retroceso que obligó a declarar el estado de "emergencia" en plena temporada turística. Por Gustavo Martinelli - Redacción LA GACETA.
21 Enero 2007 Seguir en 
Hay pocas cosas en la vida tan claras como las reglas del “Estanciero”. Ese juego de mesa, que hizo furor en los años 60 y que representa la versión criolla del exitoso “Monopolio”, es tan profundamente argentino que basta un solo rodar de dados para que la ficción del tablero se vuelva una pasmosa realidad. En primer lugar, porque recrea la vieja chanza del modelo económico en el que todo se resuelve con una invocación mágica: “una buena cosecha y nos salvamos”. Y también porque resume (en su escasa geografía de cartón) lo que sucede con las provincias. Tal vez por eso -justo es decirlo- tuvo tanto éxito y lo disfrutaron tantas generaciones.El juego, en realidad, es muy simple. El tablero representa toda la Argentina y a los jugadores se les asigna una pequeña suma de dinero antes de tirar los dados. Cada provincia tiene un valor determinado y, en el decurso del azar, llega la posibilidad de invertir. Se empieza desde los casilleros más postergados (todos los jugadores evitan caer en Formosa, Santiago del Estero o Tucumán, porque son considerados lugares poco atractivos para invertir) y, si la suerte ayuda, se pasa luego por las viñas mendocinas y las granjas santafesinas para terminar en las ubérrimas chacras de la Pampa Húmeda o en las ricas estancias de Buenos Aires o de la Patagonia. Al final, si las inversiones fueron las correctas, se termina el juego con ganancias nada despreciables.
Claro, es un juego. La realidad es distinta... ¿Es distinta? En los últimos años ninguna inversión relevante vio la luz en esta tierra que, paradójicamente, cobijó el primer grito independentista. Por supuesto que hay anuncios del Gobierno que prometen para este año una catarata de dinero en fábricas, barrios y hasta en comercios. Pero del dicho al hecho hay un abismo. Hasta ahora, la falta de inversiones ha mostrado su costado más duro con las inundaciones: pérdidas millonarias de recursos y miles de hectáreas anegadas. Esa es la única realidad. Los anuncios no sirven si no se concretan en hechos; y menos cuando, a la hora de solucionar el problema, sobrevienen las acusaciones cruzadas. “La culpa es de los gobiernos anteriores”; “el periodismo exagera”; “no le seguiremos el juego a la prensa” son las frases de las que echaron mano los funcionarios. Lo que cuenta ahora es lo que se ve. Y, por lo que se ve, en Tucumán no hubo hasta ahora un crecimiento, sino un paulatino retroceso que, por ejemplo, obligó a los dirigentes a declarar en “emergencia” la provincia en plena temporada turística. Es una realidad que también estalla a diario en las calles del centro, tomadas por los vendedores ambulantes que se resisten a abandonar las peatonales. En los últimos años, muchos inversionistas extranjeros vinieron, vieron y se fueron, sin concretar ningún negocio, como haría cualquier jugador del “Estanciero”. ¿Por qué? La razón es muy simple: Tucumán no explota sus riquezas y tampoco deja que las exploten. El no poner en práctica una política de inversiones concreta, que incluya desgravaciones impositivas u otra ventaja que seduzca a los pocos “dueños del dinero”, ya le ha costado a la provincia perder el título de “Jardín de la República” y amenaza ahora con zambullirla en el más absurdo de los olvidos. Por eso, el gran desafío no es de índole electoral, sino económica. Sólo con una certera política de inversiones -que incluya lo social y lo cultural- Tucumán podrá superar la ficción y salir de ese pálido páramo, representado por un gaucho engañador en la portada de un olvidado “Estanciero”.







