20 Enero 2007 Seguir en 
Cierre de boliches a las 4, nuevas normas para el transporte de pasajeros, prohibición de venderles alcohol a los menores. A pesar de las nuevas leyes, la inseguridad continúa. Por Juan Manuel Montero - Redacción LA GACETA.Cuando usted se para en una esquina y levanta el brazo con la intención de detener el auto de alquiler que se acerca no piensa si es legal o trucho. La cantidad o la inexistencia de calcomanías pegadas en el parabrisas o en la luneta ya no le llaman la atención, ni es usted perito para descubrir si son reales o falsificadas. A la hora que sea, usted sólo quiere llegar a su destino. Sube y comienza su viaje...
Cuando ustedes salen a divertirse llegan al lugar de reunión y juntan dinero entre todos para ir a ese quiosco amigo en el cual todavía les venden alcohol. Luego entran al boliche y entre todos compran algo para tomar. Saben que ese amigo, dueño, barman o patovica, siempre les hará un guiño para conseguir lo que quieren. Ustedes tienen 13, 15 o 17 años, pero saben que nadie les pide el documento cuando van a divertirse. Se adentran en esa caja de luces, muchas veces por la única puerta que tiene, y se entregan a los brazos de Baco y de sus cortesanos...
Un 26 de febrero, cuando apenas despuntaba el sol, dos amigas pararon un automóvil bordó en la esquina de Alem y pasaje Gutiérrez. Salían de un pub, donde habían estado de fiesta. Una de ellas jamás llegó a destino. Su cadáver apareció 14 días después, en un zanjón en Tapia. Paulina Alejandra Lebbos es el nombre de la joven estudiante que el lunes pasado hubiera cumplido 24 años. Su apellido encabeza una causa judicial que, a pesar de la cantidad de fojas, aún dice "autores desconocidos" en la carátula.
¿Qué ha cambiado desde que mataron a Paulina? Sólo las leyes. Se modificó el horario de los boliches. Se revolucionó el sistema de transporte de pasajeros. Cambiaron todo para que no cambiara nada.
Ella tiene sólo 15 años. El domingo fue con otras siete adolescentes, entre ellas su hermana de 13 años, a un boliche en Barrio Sur. A pesar del horario, la 1, pasaron, y nadie les preguntó la edad. Adentro consumieron alcohol, y nadie controló, a pesar de que está prohibido. Ella salió "mareada". En la puerta conoció a un joven que la embaucó, la hizo subir a un auto y la violó. Desesperada, tras el ataque corrió y le hizo señas a un remise. Llorando le dijo al chofer que habían abusado de ella y que necesitaba ayuda, y le pidió que la llevara a su casa. El chofer no se inmutó. La trasladó al parque 9 de Julio y la sometió. Fueron minutos. Los mismos, o tal vez menos, que hubiera necesitado para matarla. Como resultado de la que quizás sea la única consecuencia positiva de la tormenta, la zona estaba llena de barro, por lo que el auto se atascó y el remisero no pudo sacarlo. Si tras el ataque el joven de 28 años hubiera podido seguir su camino tranquilamente, ¿habrían podido identificarlo? La ¿suerte? estuvo esta vez del lado de los investigadores, y pudieron atrapar al agresor.
Un homicidio deja un dolor incomparable en los familiares y en los amigos de la víctima. Una violación se convierte en una llaga imperecedera.
El Estado, que dijo que haría todo lo necesario para que casos como el de Lebbos no se produjeran, estuvo otra vez ausente. El control está colapsado por el descontrol. Alberto Lebbos reaccionó antes que nadie y alertó: "¿y si fue él quien mató a Paulina?". Nada puede descartarse. Ahora comenzarán a profundizar lo que hasta el momento es sólo un indicio en la causa, tan compleja como polémica. ¿Y si mientras todo esto está sucediendo un hombre detrás de un volante sigue recorriendo la noche, sabiéndose impune y buscando a su próxima víctima?







