"¡Lo quiero piano! ¿Entendieron? ¡Piano, con sangre!"

Un análisis de Roberto Espinosa, Redacción LA GACETA.

16 Enero 2007
Chinchudo, autoritario, exigente, Arturo Toscanini fue uno de los grandes directores del siglo XX. En su memoria se hospedaban varios centenares de obras sinfónicas y de óperas. Era un defensor de la música tal cual había sido compuesta y sus grabaciones de las nueve sinfonías de Beethoven se convirtieron en versiones de referencia.

Su fama como director corrió paralela a la de su mal genio. Cierta vez en Chicago, se lo vio salir enfurecido del teatro. Estaba indignado con la orquesta. Un empresario le preguntó: "¿Adónde va, maestro?" "¡A buscar músicos", respondió fuera de sí.
El maestro Humberto Carfi que fue director de la Sinfónica de la UNT, me contó a fines de la década de 1980: "En el 42, yo estaba de refuerzo en la Orquesta Estable del Colón porque Toscanini exigió que se aumentara el número de ejecutantes. Esa tarde se ensayó la ?Novena? de Beethoven y en la platea estaban casi todos los directores que habían pasado por Buenos Aires. Toscanini hacía tocar a uno por uno. ?A ver, otra vez. Los primeros violines solos?, dijo. A los tipos se les pusieron rojas las orejas. Yo me sentía capaz y quería progresar. Toscanini se enojaba: ?otra volta. ¡Lo quiero piano! ¿Entendieron??, pero no salía. ?¡Lo quiero piano, con sangre!?, exclamó. Perdió la paciencia: ?¡Quién es el animal que les enseñó música!?, dijo. Y alguien contestó: ?están en la platea, maestro?".
Arturo Toscanini se abrió paso en una galería de famosos directores y durante muchos años ocupó el máximo podio. Hace medio siglo se fue de la vida y sus palabras repican aún en el tiempo: "La música que no llega al alma, no es música".