14 Enero 2007 Seguir en 
BUENOS AIRES.- Los temas centrales de la semana siguieron la lógica del rompecabezas y encastraron casi a la perfección. Lo más trascendente: una ofensiva judicial y política que puede llevar a la destrucción del mito Perón, pero también los cortes de rutas que juegan en contra de la posición internacional de la Argentina y el entramado de la soja, los precios y, sobre todo, el dirigismo vernáculo que se enlazó en el exterior con la verborrágica reasunción de Hugo Chávez.En tan delicado hilván tampoco se pueden dejar de lado algunas operaciones mediáticas, al estilo de cortinas de humo para salvar trastornos (índices de inflación que en enero ya arrancan cebados) o no reparar en la inesperada aparición de chispas más que delicadas que pueden desatar un incendio, como casi lo desata el caso Gerez. Así es la política, pero también la economía cuando se pone a su servicio.
En primer término, fue más que notoria la intención del Gobierno argentino de despegarse del evidente atraso del reloj chavista, quien retrocedió casi 40 años en la historia del populismo latinoamericano y metió a toda la región en un baile de impredecible resolución. “Muy antiguo”, le dijo el presidente Néstor Kirchner a un periodista durante la semana.
Ni la inversión que necesita Brasil ni, sobre todo, la que imperiosamente necesita la Argentina tenían por qué quedar a merced de tal desaguisado, sabido como es que los inversores miran las regiones y mucho menos los países. Por más que de la boca para afuera se siga acompañando la chequera de Chávez, la próxima Cumbre del Mercosur, que se hará en Río de Janeiro el jueves y el viernes, será imperdible en materia de mensajes de los dos socios fundadores, dirigidos hacia la verborragia y hacia las compañías del venezolano.
Pero tampoco fue necesario cacarear por estas playas “socialismo o muerte”, tal como lo hizo el presidente venezolano, para que el largo dedo del dirigismo argentino, esta vez en nombre del bien común, haya hecho lo suyo en materia de espantar inversiones. El Ministerio de Economía ideó un esquema, mediante el cual se aumentan un 4% las retenciones a las exportaciones de soja, mientras que de allí se genera un fondo destinado al subsidio de los productores de alimentos, para que estos, a su vez, no aumenten sus precios internos.
Los críticos del sistema, que ya se ha puesto en marcha, dicen que lo que se hizo es directamente penalizar en dinero el paro agropecuario -unos U$S 400 millones que se transferirán de un plumazo hacia la industria- o bien que se trata de una suerte de ratificación gubernamental de la manifiesta ineficiencia de su propia política de control de precios.
En este aspecto, lo que parece una excelente idea para lograr el blanqueo de algunos eslabones de la cadena tiene como contrapartida que será el Estado el que determina cuánto gana o cuánto deja de ganar tal o cual sector. Porque lo que también se ha blanqueado, por fin, es que la Secretaría de Comercio ya no opera exclusivamente sobre los precios, sino directamente sobre las ganancias de las empresas.
De todos modos, lo concreto es que nadie en Economía habla de cómo ayudar a mejorar la productividad bajando los costos, por más que algunos empresarios le acerquen a la ministra ideas al respecto, y también que se sigue prefiriendo el atajo, ya no de las apretadas del secretario de Comercio, sino el de las distorsiones y el del poder de las lapiceras discrecionales.
En medio de este sacudón para la gente de campo, los anuncios de estatizaciones y los misiles de crítica furibunda hacia el capitalismo que disparó Chávez llegaron justo en la misma semana en la que uno de los espejos del bolivariano, nada menos que Juan Domingo Perón, fue sacudido en su tumba de San Vicente para responsabilizarlo, hasta ahora de modo no explícito, de haber sido el generador ideológico de la nefasta “Triple A”.
Nunca antes había habido un ataque tan fuerte a la figura del ex presidente desde los tiempos del llamado “gorilismo” de la Revolución Libertadora o aun desde que los dirigentes de la Tendencia Revolucionaria, que ya lo consideraban un traidor por entonces, gritaban en los 70 “Perón, Evita, la Patria socialista”.
El mismo Perón solía decir que cuando se apuntaba contra un ministro de su gobierno, en realidad significaba que él mismo era el destinatario de la crítica o la diatriba.
Con la excusa del pedido de extradición de María Estela Martínez en otra causa que no es la de las Tres “A”, la figura del general fue puesta en estos días en la picota con un énfasis que no se escuchaba desde hace mucho tiempo y con dos jueces, que han interpretado de modo apropiado el cambio de los vientos, como ariete.
Extraño periplo el de la ex presidenta, siempre destinada a quedar a la sombra de los otros; queriendo disfrutar silenciosamente de los beneficios de su candidez, pero fatalmente atada a personajes y a piezas que seguramente no movió ni quiso mover. A Perón, primero; al odiado José López Rega, después; y ahora, otra vez, a su esposo muerto.
En el Gobierno también reina algo de confusión. Se dice, por un lado, que el requerimiento hacia Isabel fue una decisión independiente de la Justicia y que, por lo tanto, nadie hablará al respecto; aunque aún se recuerdan las duras manifestaciones de Kirchner respecto de un fallo que no fue de su agrado en el caso de la Fábrica Militar de Río III. En cambio, cuando sentenció que “no puede haber impunidad para nadie” el Presidente fue contundente. Al decir “nadie” probablemente tampoco se la esté asegurando al propio Perón, quien fue el mentor del movimiento en el que él mismo militó durante toda su vida política. Este es un cambio central en la concepción del Estado argentino, que aún no ha sido del todo rebatido desde dentro de lo que queda del PJ, aunque algunas voces de defensa de la ortodoxia están apareciendo tímidamente desde las 62 Organizaciones.
Juan Perón fue durante toda su vida una buena excusa para un barrido o para un fregado, y mucho más durante sus 18 años de exilio. Nadie se quería malquistar con él, de allí los viajes públicos y privados de militantes y adulones que llevaban y traían mensajes y cintas; hasta le demostró a Alejandro Lanusse que le daba el cuero para volver.
Después de muerto, no sacudir la historia había servido para sustentar el mito del tripresidente, la última vez electo con el 62% de los votos, llegado a estas playas en nombre de una pacificación que nunca logró plasmar. El bronce de su figura y hasta el recuerdo de su reconciliación con Ricardo Balbín le sirvieron primero a Raúl Alfonsín y luego a Carlos Menem para justificar leyes e indultos, y más tarde, a este gobierno para avanzar en la imprescriptibilidad de las causas por delitos de lesa humanidad.
Perón era un tapón constitucional; todo lo malo había sucedido después, cuando se instauró la dictadura, y así había que mantenerlo, sin menear demasiado su figura.
Si se hablaba del decreto que circunstancialmente firmó Italo Luder -ya que Isabelita había tomado una licencia por estrés-, ese que ordenaba “aniquilar el accionar de la subversión”, todos lo hacían en voz baja. La idea era evitar darle aire a un episodio que le dolía al justicialismo, ya que Perón había sido su inspirador antes de morir, y a la vez bloquear a los militares que se sintieran tentados a oponer esa norma legal como justificación, como casi todos lo hicieron. Era la orden política de un gobierno constitucional, y deberá determinarse, en el fondo de la cuestión, si puede ser o no judiciable.
Ahora, la mirada presidencial se ha puesto firme. “Si alguien piensa que con esto puede frenar los juicios por violaciones a los derechos humanos en la dictadura, se equivoca totalmente”, acaba de decir Kirchner para mostrar hasta dónde quiere llegar.
El segundo demonio no estaba del otro bando, sino que ya existía dentro del Estado democrático, se reconoce 30 años después.
Una expresión de deseo
Por último, en la reunión del Mercosur estará flotando también el conflicto por la pastera Botnia; y la reunión entre los presidentes de la Argentina y de Uruguay es hoy, al menos hasta ahora, más una expresión de deseos de algunos que un camino a recorrer.
Esta última semana, la situación generada por los cortes de puentes pareció agravarse, dominada por asambleas y contraasambleas que se disputaron el control de las rutas, con la política entrerriana metida en el meollo de la cuestión. Hasta el canciller argentino, Jorge Taiana, tuvo que decir lo que todo el mundo sabe: que la tozudez de los cada día más raleados ambientalistas -y así se verificó en la fracasada demostración ante la terminal de Buquebus- está jugando en contra de la posición argentina o, lo que es lo mismo, que la política exterior de la Argentina está en las anárquicas manos de unos pocos. Otro modo de mirar desde la platea cómo las inversiones cruzan por el aire.







