Los accidentes de tránsito y el rol del Estado

28 Diciembre 2006
El accidente de tránsito que tuvo lugar hace una semana en la avenida Perón, que ya costó la vida de dos personas, obliga a volver sobre el recurrente tema de tales percances. Es de sobra conocido que, dentro de las estadísticas de muertes por colisiones en calles o carreteras, las cifras correspondientes a Tucumán son notoriamente elevadas. A cada momento, enfrentamos la triste realidad de vidas truncadas o de daños físicos irreparables, como consecuencia de hechos de esa índole.
    Estamos de acuerdo en que, muchas veces, los accidentes se desencadenan por causas extrañas a los conductores: deficiencias en el pavimento o en la iluminación, señales insuficientes o nulas, falta de visibilidad, y circunstancias similares. Pero es de sobra conocido que, en la mayoría de los casos, está presente, como causa principal, la conducta de quienes guiaban. La excesiva velocidad, la ingesta de alcohol en el que maneja, el defectuoso estado del vehículo, la indiferencia hacia las pautas razonables de prudencia y hacia las indicaciones de las normas reguladoras de la circulación, son algunos de los elementos que, con mayor frecuencia, diseñan el marco de la tragedia.
Lo que decimos está a la vista de cualquiera. Ha constituido reiterado tema de nuestras notas y artículos de opinión. Nos consta, por ejemplo, que la obediencia a las luces de los semáforos es muy relativa en las horas diurnas, y que prácticamente no existe por la noche. O que las normas sobre el giro a la izquierda o el retorno en las avenidas son disposiciones que nadie respeta.
   También es evidente que los conductores -sobre todo los jóvenes, y durante la noche- imprimen a sus unidades una velocidad que va mucho más allá de lo que dicta la precaución más elemental. Como igualmente no necesita demostración el hecho de que, por las calles y rutas circulan unidades que datan de décadas atrás, con frenos, luces y carrocerías en pésimo estado.
   Una gran cantidad de ellos, como se sabe, son los remises que ha legalizado el Estado, y muchos de los cuales carecen hasta de chapas patentes válidas.
   Esto, para no hablar de los ciclistas, quienes parecen considerarse habilitados para ignorar tanto la indicación roja del semáforo como la dirección del tránsito, o de los motociclistas que igualmente obran a su antojo en las calles.
   Habría que añadir que la obligación del casco para estos últimos, o del cinturón de seguridad para los choferes, tiene carácter de exigencia meramente teórica.
   Semejante cuadro de indisciplina es, como lo hemos puntualizado muchas veces, un exponente de la singular resistencia que el tucumano opone al cumplimiento de las normas legales. Es algo que se manifiesta en los más diversos órdenes. Pero ocurre que, cuando se expresa en el tránsito, pone tanto a los infractores como a los terceros en franco riesgo mortal.
   Nos parece que, ante esta realidad, hace mucho que han dejado de ser suficientes las campañas de concientización.
   Quien guía un vehículo sabe de sobra cuál es la conducta que debe observar. Es el Estado el que debe tomar las medidas necesarias para reducir al mínimo los accidentes de tránsito. Sólo podrá lograrlo a través de un sustancial incremento de sus controles y de la aplicación de sanciones muy rigurosas.     No hay otro camino, si no queremos ver multiplicarse en nuestras calles y carreteras los sangrientos espectáculos que tan a menudo registran las crónicas periodísticas .  


















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