Dicotomías entre deporte rico y deporte pobre

26 Diciembre 2006
Las dicotomías entre deporte rico y deporte pobre volvieron a aflorar con mucha fuerza en los últimos días a partir de situaciones tan disímiles como ampliamente difundidas, planteadas a partir de una doble transferencia desde el fútbol argentino al español y por la entrega del Olimpia de Oro al garrochista Germán Chiaraviglio. En pleno tránsito del siglo XXI, en la Argentina el desequilibrio entre las actividades que mueven millones y aquellas que manejan muy bajos presupuestos se mantiene y, en ocasiones, se profundiza. A esta altura de las circunstancias, ello ya no sólo no se puede soslayar, sino que deja al descubierto la total falta de un debate que permita enderezar el rumbo de nuestro deporte en su contexto general.
Boca y River fueron noticia por las ventas millonarias de dos de sus jugadores. Fernando Gago y Gonzalo Higuaín fueron transferidos a Real Madrid en poco más de 33 millones de euros, una cifra récord para el eternamente devaluado mercado argentino del fútbol -sobre todo, si se lo compara con el europeo-. Esta “riqueza” mundial de recursos en el deporte más popular también la pueden gozar aquellos que se dedican a otras disciplinas. Por caso, el basquetbol. Los jugadores que tuvieron la oportunidad de sumarse a la NBA o a las ligas de Europa dan fe de ello. En esa lista de actividades bien rentadas, vistas a partir del gusto argentino, no se puede dejar de lado a deportes como el golf y el tenis, cuyas bolsas en los últimos tiempos se agrandaron y generaron una fuerte motivación. En ese sentido, el aumento en la cantidad de practicantes de ambas disciplinas se convirtió en un fenómeno.
En forma paralela, en el mundo existen actividades cuyos deportistas de elite tienen posibilidades que sus colegas argentinos no. Uno de esos casos lo aporta el atletismo, considerada aquí una práctica “pobre”. Si no, que lo diga Chiaraviglio, quien, a la luz de sus incipientes buenos resultados, hasta recibió ofertas desde países de Europa para que los represente. El juvenil santafesino se cobijó en su amor por la camiseta celeste y blanca para rechazar los ofrecimientos. Por ello, quizás el Olimpia fue más que un premio para un joven que demostró cuánto se puede lograr pese a que las circunstancias tiran para atrás ante cualquier iniciativa.
El deporte “pobre” es el mismo que en ocasiones especiales, como los Juegos Olímpicos, los Panamericanos o los Odesur, suma preseas al medallero nacional, que producen el regocijo de propios y de extraños. En su mayoría, detrás de cada triunfador descansa un pasado de sacrificio, pasión, esfuerzo y amor propio. Pero también de soledad y falta de apoyo. Son ellos los que están detrás de una meta con ayudas mínimas, las que se remiten, a veces, apenas a un ámbito para entrenar y ropa de trabajo. Los más privilegiados puede que reciban una beca, que lejos está de solventar sus preparaciones de una forma adecuada. Visto desde ese punto y frente a las potencias mundiales, lo “pobre” puede caber como un término que sintetice a las prácticas no populares, pero es injusto con la esencia del espíritu.
En realidad, la verdadera “pobreza” del deporte nacional parece estar radicada en la recurrente y casi eterna falta de una política oficial de apoyo. A la carencia de ideas, incluso a la soberbia de no admitir que existen en el mundo ejemplos claros sobre qué se debe hacer para mejorar. La “pobreza” está en seleccionar a dedo qué deportes apoyar, dejando para los demás migajas o directamente nada.
Bajo el concepto “juventud+salud=deporte” es que los países referentes en la materia edificaron su presente. Lograr que ello se alcance no es una quimera. Más bien sería un acto de justicia.

















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