El mensaje profundo que trae la Navidad

24 Diciembre 2006
Paradójicamente, en el mundo que vivimos, mientras la ciencia y la tecnología consuman progresos que han agotado nuestra capacidad de asombro, ocurre que el habitante de ese mundo no ha hallado sosiego. En efecto, la vida de los seres humanos está caracterizada por la angustia y por la insatisfacción. El hombre moderno carga sobre su mente las inquietudes materiales y la sensación de precariedad de todo lo que rodea su cotidiano trajín. Y ello no solamente lo preocupa, sino que lo lleva a concentrarse con fuerza en sí mismo, y a enfocar exclusivamente la propia realidad, abstraído de todo lo demás que lo rodea. Sólo le importa abrirse paso en la maraña de sus propios problemas.
La Navidad propone, justamente, algo distinto. El mensaje antiquísimo de esta festividad plantea que los seres dejen de contemplarse obsesivamente a sí mismos, y que dirijan su preocupación también hacia el prójimo: esas otras personas a las que debe amar y ayudar, porque son sus hermanos. No es necesario decir que tal es el núcleo del mensaje del cristianismo, que vino a revolucionar, hasta sus últimas esencias, la historia del hombre sobre la tierra. Han pasado más de dos milenios, pero la apelación sigue existiendo. Y nadie puede negar que encarna el más alto y deseable de los ideales. Si llegara a hacerse realidad generalizada, desaparecería la mayor parte de las diferencias que hoy separan a los hombres y a los pueblos.
Nuestro mundo está cargado tanto de conflictos como de situaciones dramáticas de carencia. Nadie puede ignorar que en muchos lugares del mapa, la realidad cotidiana se desarrolla en un clima de encono y de sangrientos choques. Y en muchos otros, se hallan vigentes realidades estremecedoras de pobreza, de hambre, de injusta desigualdad, que desafían toda comprensión. La Navidad, entonces, tiene un significado especial en nuestra época. Su propuesta es un sentido renovador en la existencia de los habitantes del planeta, a quienes pide un espíritu de confraternidad y de solidaridad con el semejante. Sería la única esperanza verdadera para un mundo que no puede ser, simultáneamente, tan grato para algunos como injustamente penoso para otros.
En esta noche, está más que presente ese significado, aunque muchas veces se nos pueda escapar por lo ruidoso del entorno festivo. La familia se congrega en una mesa que, abundante o humilde, siempre estará ennoblecida por los afectos de quienes se acercan a ella. Más allá de toda la exterioridad de los regalos, de los brindis, de la pirotecnia, yace una convocatoria que trasciende todos los credos y todas las fronteras geográficas.
El nacimiento de aquel divino niño, en un pesebre de Belén, continúa apelando a lo mejor que tiene el alma humana: su capacidad de confraternizar. Han pasado más de dos milenios y continúa vigente en la memoria de la humanidad ese inmortal símbolo del amor, de la mutua comprensión, de la paz que sólo puede darse cuando existe la "buena voluntad".
Pensamos que nadie puede sino desear, una vez más, que tal mensaje arraigue fuertemente en esta sociedad moderna, que tanto necesita de un cambio profundo y general en sus prácticas corrientes. Ojalá que la tregua de la Nochebuena en familia pueda conducir a una reflexión que nos saque de la codicia, de la dureza y de la indiferencia que caracterizan la vida de todos los días.
Ojalá que germine, en el hombre y en todos los hombres, el tan necesario propósito de una existencia donde la paz, la hermandad, la sincera preocupación por el otro, sean un marco permanente. Para que, bajo su influjo, el mundo se vaya convirtiendo en un lugar mucho más digno y más justo para vivir.


















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