Todos locos

Los festejos, los compromisos y las compras de fin de año escandalizan a cualquiera. La tranquilidad llegará en enero. Por Carlos Werner - Redacción LA GACETA.

24 Diciembre 2006
Locos. Durante 334 días, los tucumanos nos comportamos más o menos en forma razonable (aunque con alguna que otra panzada de irracionalidad). Luego, los primeros quince de diciembre calentamos motores. Y en los últimos 16... nos atacan las locuras. Como la compradora. Se necesite o no, hay que aprovechar el envión del mes. Hiperofertas y superpromociones. El que tiene efectivo hace cuentas y se libera de angustias. Y el que lo hace con tarjeta, engorda el resumen con mil y una compras... y compritas. “$ 12 por mes por el ventilador, 14 por el mp3 para el nene, 20 por el celular de la nena, 35 por la piletita de lona...”
Locura remarquista. “-Pero si compré el kilo de pollo a cuatro pesos la semana pasada. -No es mi culpa señora, yo no formo precios. -Y ahora ¿qué compro para la mesa de Nochebuena? -Y, no sé, organice una cena a la canasta”. Como en Semana Santa con el pescado, aquí los precios de todo los productos se disparan como tapón de sidra.
Locura gastronómica. Desorden total: con las reuniones de despedida de año, pantagruélicas en general y “regadas” en forma generosa, no hay sistema digestivo que aguante. “¡Pero si se termina 2006, cómo no vamos a juntarnos! Dale, no te borrés...” Y en este camino al caos, se llega a Nochebuena y a Año Nuevo casi en bancarrota alimenticia y extrañando la sopita de la abuela, aunque en verano sea casi un delito pensar en ella.
Locura callejera. Todos apurados, con intenciones de hacer ese trámite ya. El centro y el microcentro colapsados; las veredas, imposibles de transitar por los ambulantes; las calles, invadidas de peatones, y los vehículos que salen por todos lados. Como en el Amazonas (cuando cae un árbol no pasa mucho tiempo para que aparezca otro), aquí todo espacio libre es bueno para ser usado impunemente, “total, qué me importa. Yo hago la mía...”
Locura en el comportamiento. El malhumor aflora en cada rincón, fruto de todo lo enumerado. Y hay quienes se deprimen por otro año que se va, por no haber logrado ese objetivo, por hache o por v. Y la ansiedad reina: “¿me saldrá bien tal o cual comida?, ¿vendrá o no fulano de tal?, ¿podré limpiar la casa antes de que lleguen los invitados...?”
Locura pirotécnica: “Señores padres, eviten que los niños tengan contacto con fuegos de artificio”, anuncian en las radios y en la televisión. Pero los chicos igual, dale que dale, mañana, tarde o noche. Y los papás llegan a casa con un bolsón (“pero si estaba barato y son todos inofensivos”), mientras las mamás miran con ojos de fuego, pero se llaman a silencio (“si digo algo, rompo el espíritu navideño”).
Locura hogareña: los chicos terminaron las clases y se aburren en casa; cuando no, se la pasan cada cinco minutos generando un pequeño escándalo por nimiedades. En el otro rincón están los que se llevan materias para rendir, y limitan planes familiares y aportan una dosis inevitable de incertidumbre, cuyo alcance en ocasiones dura todo el verano.
Y pensar que Nochebuena es una celebración del espíritu. Y pensar que Año Nuevo es el encuentro de los seres queridos, del repaso y de las metas renovadas. Por algún extraño motivo, por más propósitos que nos hagamos, nos perdemos en una locura temporal, de la que pocos escapan. Al menos para la mayoría, y a modo de consuelo, queda enero, el mes convertido en diván, que permite recuperar algo de la cordura, la paz y la tranquilidad que la vorágine de diciembre se llevó.






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