El anegamiento de nuestra ciudad

21 Diciembre 2006
Es por todos conocido que la temporada estival constituye entre nosotros la de las grandes lluvias, como culminación de jornadas de sofocante calor. Se trata, en la mayoría de los casos, de violentos aguaceros acompañados por viento. En pocos minutos, se precipita una singular cantidad de milímetros de agua, con el cortejo de árboles derribados, cortes de luz, daños en viviendas precarias y un largo etcétera.
    Además de tales perjuicios y complicaciones, es un hecho que nuestra capital se inunda prácticamente en forma total. Todas las calles se convierten en verdaderos ríos, y el agua supera el nivel de la vereda. Hay intersecciones en las cuales el paso de vehículos resulta imposible, por la altura del anegamiento. La denominada “esquina Norte” es un caso emblemático. Como resulta evidente, esto incomunica a amplios sectores de la ciudad. Bajo las salientes de los edificios se agolpan grupos de personas empapadas, quienes se resignan a esperar que la tempestad amaine para poder encaminarse a su domicilio o a su trabajo. Y parece obvio agregar que en muchos barrios de la periferia la tormenta se refleja en serios daños en las viviendas y en calles que terminan absolutamente bloqueadas para todo tipo de tránsito. Se trata de un cuadro habitual durante la temporada de verano entre nosotros.
   Si bien no puede pretenderse controlar la naturaleza, sí es posible, nos parece, adoptar algunas providencias que nos pongan a resguardo de los aguaceros. Es decir, que estos no generen la suma de enormes complicaciones y perjuicios que constituyen su actual secuela.
   En primer lugar, está comprobado que los desagües de San Miguel de Tucumán resultan del todo insuficientes para canalizar las aguas de una lluvia más o menos intensa. Estos datan de principios del siglo pasado y fueron previstos para una cantidad de edificios y de población muy inferior a la del presente. Pero sucede que a tal insuficiencia se agrega el hecho de que generalmente están taponados por basura, con lo cual se transforman en casi inútiles a los fines del drenaje. En este punto hay que deplorar la irresponsabilidad de tantas personas -desde vecinos en general hasta vendedores ambulantes-, que arrojan a la vía pública desperdicios que luego bloquean los conductos.
   Como lo hemos sostenido en otras oportunidades, Tucumán tiene que replantear de raíz su sistema de desagües. Entendemos que desde hace ya bastante tiempo existen proyectos sobre ese particular, que nunca se llevaron a la práctica por razones económicas. Es hora de encarar la cuestión de un modo frontal y definitivo, realizando todas las inversiones que sean necesarias. No puede admitirse que una ciudad con más de medio millón de habitantes en su ejido se transforme, cada vez que llueve, en un ámbito de caos y de desorden. La obra de los desagües es uno de esos trabajos públicos prioritarios que algún día tienen que afrontarse. El paso del tiempo no hace sino agravar las consecuencias del obsoleto sistema actual.
   No se nos escapa que lo expresado demandará muy considerables inversiones. Pero creemos que, a esta altura, nadie puede discutir que se trata de algo imprescindible, cuya ejecución no puede demorarse por más tiempo. Cada tormenta que nos afecta pone de relieve la urgencia de lo que decimos.
   Entretanto, corresponde que por lo menos la población cancele su antisocial actitud de contribuir al taponamiento de las bocatormentas. Estas deben mantenerse limpias, de manera que al menos una parte del caudal de las lluvias se derive hacia los canales colectores en lugar de inundar la vía pública.

















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