La red que libera o atrapa
Internet democratizó el acceso a la información; pero, al mismo tiempo, generó nuevas responsabilidades entre los usuarios de la red. Por Juan Carlos Di Lullo - Redacción LA GACETA.
17 Diciembre 2006 Seguir en 
La tecnología avanza a una velocidad pasmosa y, en muchos casos, abre dilemas éticos que a la sociedad le cuesta dirimir antes de que los adelantos científicos den un nuevo paso adelante y obliguen a actualizar el debate.Los autores de ciencia ficción, que fueron capaces de vaticinar algunos de los prodigiosos avances técnicos que hoy son moneda corriente, no lograron sin embargo imaginar el desarrollo de las comunicaciones y es por eso que los teléfonos celulares, presentes hoy hasta en las mochilas de los escolares, no aparecen en las novelas o en los cuentos de anticipación científica. Mucho menos, ese fenómeno que transformó la historia de las comunicaciones en las últimas décadas del siglo pasado y que hoy en día tiene una incidencia creciente en la existencia del hombre común: internet dejó hace años de ser una herramienta tecnológica reservada a un grupo de expertos y hoy en día hay en el mundo más de 1.000 millones de usuarios conectados a la red de redes.
Algunos datos sobre el crecimiento de internet resultan escalofriantes: en 2006 se crearon más de 30 millones de sitios nuevos, cifra que casi duplica la cantidad de páginas nacidas en el año anterior; las cifras que se mueven en los negocios a través de la red escapan a la capacidad de percepción del hombre común. En definitiva, resulta innegable que internet es, en los albores de este milenio, un elemento imprescindible en la existencia cotidiana para miles de millones de habitantes de todo el planeta.
La aparición de esta formidable fuente de datos, la potencia de este archivo casi inconmensurable, la inmediatez con que puede aportar un asombroso flujo informativo no pueden sino transformar muchos conceptos que hasta hace no más de 20 años parecían inconmovibles.
Al mismo tiempo, ya hay una generación para la que resulta poco menos que incomprensible la vida sin el apoyo de internet. En muchas redacciones periodísticas, en las que conviven profesionales de distintas edades, hay caras de asombro entre los más jóvenes cuando los veteranos relatan historias de los viejos tiempos en los cuales la consulta de datos sólo se podía hacer revisando pacientemente recortes de archivo.
La existencia de internet abre, además, un interesante debate acerca de las libertades. La popularización de la red de redes se saludó como un paso trascendental hacia la democratización de la información. La relativa facilidad para publicar en internet y poner cualquier tipo de información al alcance de usuarios de todo el mundo se acercaba a la utopía del fin de las barreras de la censura o de las restricciones en la difusión de las ideas. Pero, al mismo tiempo -como toda libertad-, genera una responsabilidad tanto en el que “sube” la información a la red como en el que hace uso público o privado de ella. Muchos profesores encuentran -no sólo en los niveles básico o medio- trabajos realizados mediante el simple expediente de copiar textualmente y sin elaboración personal extensos párrafos sobre el tema en cuestión. El problema -además del plagio- es que, a veces, el rigor científico del material transcripto deja mucho que desear; la falta de comprobación de los datos o de contraste con otras fuentes puede llevar a repetir y a amplificar conceptos erróneos.
Internet, como cualquier otra expresión tecnológica, no es otra cosa que una herramienta. Su uso no es, en sí mismo, ni bueno ni malo. Pero sólo aquellos que tengan el respaldo de una sólida educación estarán en condiciones de utilizarla en el máximo de sus posibilidades y de potenciar los innegables aspectos positivos que el acceso a la red ofrece al usuario.







