La ciudad se ha vuelto excesivamente ruidosa

12 Diciembre 2006
En estos últimos tiempos, cualquiera puede comprobar que la ciudad de San Miguel de Tucumán se ha tornado extremadamente ruidosa. Si bien se sigue acatando -relativamente- la prohibición de tocar bocina, los beneficios de tal observancia terminan diluidos frente a otras agresiones sonoras que el ciudadano debe soportar a diario en la vía pública. Hay numerosos ejemplos de lo que decimos. Negocios que emiten música a todo volumen; vehículos con altoparlantes que recorren  las calles, colectivos, autos y motocicletas con escape ruidoso son algunos de los protagonistas. Si se ingresa en una casa de comercio cualquiera, es imposible librarse del sonido excesivo de los televisores instalados en lo alto. Lo mismo ocurre en bares y restaurantes; además, en casi ninguno se ha tomado la precaución de realizar algún tratamiento acústico en paredes y techos. Qué decir de la frecuencia con que otros ruidos (bombos y bombas de estruendo de manifestaciones, ejecutantes callejeros, vendedores de grabaciones truchas) destrozan los oídos de quienes deben caminar por las calles.  Agreguemos que, si bien hablamos arriba de un respeto relativo por la veda de la bocina, los constantes embotellamientos del tránsito hacen que los conductores -exasperados además por el calor- traten de agilizar su marcha por medio de bocinazos. Y, por la noche, se sabe de sobra la mortificación que representa, para quienes habitan cerca de un local de diversión, el fragor de la música. Como igualmente es común que la persona que desee escuchar aquella desde su casa, otorgue el máximo volumen a su aparato, sin importarle las molestias que deriven para el vecindario. Todo esto configura un cuadro francamente negativo y dañoso para todos. Son de sobra conocidas las recomendaciones de los organismos de salud, acerca de la necesidad de evitar los ruidos que vayan más allá de cierto límite. Esto, por el daño que acarrean a la salud física y psíquica de las personas que no tienen más remedio que absorber ese impacto. Es verdad que hay muchos ruidos imposibles de evitar. El crecimiento impresionante que registra nuestra ciudad, manifestado también en el constante aumento de automotores y de locales comerciales, debe tener como lógica consecuencia un incremento del ruido. Pero precisamente allí es que deben actuar las autoridades municipales, en la adopción de medidas enderezadas a que el fenómeno no supere ciertos umbrales. Se trata de un tema que hemos tocado con frecuencia, tanto en notas como en columnas de opinión, y que es mentado reiteradamente en las cartas de lectores. Creemos que una ciudad civilizada y progresista, no puede considerar que el ruido excesivo tiene carácter de maldición bíblica y que no hay más remedio que tolerarlo. Por el contrario, nos parece perfectamente posible colocar la cuestión dentro de cauces razonables, haciendo cumplir las ordenanzas existentes. Sin perjuicio de sancionar otras que las perfeccionen y actualicen, en aspectos que no hayan sido considerados. Demasiados problemas preocupan al hombre de la calle. Raro es el que no cargue angustias de diverso tipo en su mente, a causa de las mil y una cuestiones que debe afrontar, en un cuadro de crisis económica como el que vivimos. No parece justo agregar, a tales elementos de desasosiego, la agresión de un ruido incesante como característica de la ciudad en la que habita. Es hora de una toma de conciencia de la población sobre este asunto, simultánea con la acción correctiva de la autoridad. Esto porque, si no se toman medidas, el ruido no hará sino crecer. Esta época de fiestas, en la que el público se vuelca masivamente a las calles, es especialmente adecuada para encarar el asunto.
















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