10 Diciembre 2006 Seguir en 
En los últimos tiempos, preocupan singularmente a la población los hechos violentos protagonizados por menores. Hemos informado con abundancia acerca de tales casos: peleas entre patotas (“La banda del quiosquito”, “La banda del portón”), ataques a domicilios, salvajes agresiones, y un largo etcétera. Es sabido, además, que en el cuadro actual de delitos, una elevada proporción tiene como sus autores a menores de edad.
En la edición de ayer, por ejemplo, informamos sobre la batalla campal en que terminó un baile de egresados, en calle Maipú al 500. Hubo un saldo de cuatro personas heridas y 14 jóvenes arrestados, de los cuales seis eran menores de edad. Se registró también, con posterioridad, la deplorable actitud de un legislador, quien habría solicitado, con amenazas, la libertad de uno de los detenidos.
El jefe de Policía expresó que no es posible controlar cada fiesta de egresados. Ello es responsabilidad, dijo, de los organizadores y de los padres que deben vigilar la conducta de sus hijos. Merece hacerse una reflexión sobre este último punto. Días pasados, un juez amonestó a progenitores de chicos involucrados en hechos de violencia: les ordenó mantenerlos en su casa durante un fin de semana y vedarles el consumo de alcohol.
Ser padre nunca constituyó algo sencillo, por la carga de obligaciones que encierra. Mucho menos lo es en estos tiempos, donde el alcohol y las drogas tienen una presencia constante, en un marco de violencia, de permisividad y de desaparición de la mayoría de los códigos que enmarcaban tradicionalmente la conducta juvenil. Pero, a pesar de esas dificultades, la paternidad debe ser ejercida. Es una responsabilidad que se contrae por el solo hecho de traer hijos al mundo, y que se extiende a lo largo de toda la vida. Respecto de sus hijos, no solamente es deber del progenitor proporcionarles techo, comida, atención de la salud física, vestimenta y educación. Tiene también que darles salud moral: esto es, educar su mente y su carácter, de manera que sepan conducirse en la vida de acuerdo con las pautas que rigen la convivencia en toda sociedad civilizada. Y esto implica no solamente el consejo y el ejemplo, sino también la adopción de medidas que pongan límites a su conducta. No es una cuestión fácil, por cierto, pero falta gravemente a un deber elemental, el progenitor que opte por desentenderse.
Un equivocado criterio de nuestro tiempo hace que, en muchos casos, el padre se esfuerce por ser “amigo” del hijo y, en consecuencia, mostrarse tolerante frente a lo que hace. Ocurre que el papel que le corresponde no es el del amigo que comprende todo, sino el del padre. Esto es, el de alguien que se define responsablemente frente a la conducta del hijo, para aprobarla o desaprobarla. Y que, en este último caso, adopta -y hace cumplir- recaudos para corregir y reencauzar sus actitudes. Apena advertir, entonces, que cuando los hechos protagonizados por sus hijos toman cariz policial, se apresuran a quitarles importancia.
En los incidentes que citamos arriba, parece increíble que algunos padres los tomasen como una “pelea de chicos” en la que “la Policía no debió haber intervenido”, mientras transeúntes testigos de la gresca quedaron horrorizados frente a la violencia en ella desplegada.
Es hora, entonces, de que los padres de familia asuman su lugar en el problema de los desbordes juveniles. Y que, consecuentemente, ejerzan con firmeza ese rol en el cual no pueden reemplazarlos la escuela, ni el Estado. De esa manera, abandonarán un rol pasivo, que sólo sirve para alentar conductas antisociales y delictivas de imprevisible derivación.
En la edición de ayer, por ejemplo, informamos sobre la batalla campal en que terminó un baile de egresados, en calle Maipú al 500. Hubo un saldo de cuatro personas heridas y 14 jóvenes arrestados, de los cuales seis eran menores de edad. Se registró también, con posterioridad, la deplorable actitud de un legislador, quien habría solicitado, con amenazas, la libertad de uno de los detenidos.
El jefe de Policía expresó que no es posible controlar cada fiesta de egresados. Ello es responsabilidad, dijo, de los organizadores y de los padres que deben vigilar la conducta de sus hijos. Merece hacerse una reflexión sobre este último punto. Días pasados, un juez amonestó a progenitores de chicos involucrados en hechos de violencia: les ordenó mantenerlos en su casa durante un fin de semana y vedarles el consumo de alcohol.
Ser padre nunca constituyó algo sencillo, por la carga de obligaciones que encierra. Mucho menos lo es en estos tiempos, donde el alcohol y las drogas tienen una presencia constante, en un marco de violencia, de permisividad y de desaparición de la mayoría de los códigos que enmarcaban tradicionalmente la conducta juvenil. Pero, a pesar de esas dificultades, la paternidad debe ser ejercida. Es una responsabilidad que se contrae por el solo hecho de traer hijos al mundo, y que se extiende a lo largo de toda la vida. Respecto de sus hijos, no solamente es deber del progenitor proporcionarles techo, comida, atención de la salud física, vestimenta y educación. Tiene también que darles salud moral: esto es, educar su mente y su carácter, de manera que sepan conducirse en la vida de acuerdo con las pautas que rigen la convivencia en toda sociedad civilizada. Y esto implica no solamente el consejo y el ejemplo, sino también la adopción de medidas que pongan límites a su conducta. No es una cuestión fácil, por cierto, pero falta gravemente a un deber elemental, el progenitor que opte por desentenderse.
Un equivocado criterio de nuestro tiempo hace que, en muchos casos, el padre se esfuerce por ser “amigo” del hijo y, en consecuencia, mostrarse tolerante frente a lo que hace. Ocurre que el papel que le corresponde no es el del amigo que comprende todo, sino el del padre. Esto es, el de alguien que se define responsablemente frente a la conducta del hijo, para aprobarla o desaprobarla. Y que, en este último caso, adopta -y hace cumplir- recaudos para corregir y reencauzar sus actitudes. Apena advertir, entonces, que cuando los hechos protagonizados por sus hijos toman cariz policial, se apresuran a quitarles importancia.
En los incidentes que citamos arriba, parece increíble que algunos padres los tomasen como una “pelea de chicos” en la que “la Policía no debió haber intervenido”, mientras transeúntes testigos de la gresca quedaron horrorizados frente a la violencia en ella desplegada.
Es hora, entonces, de que los padres de familia asuman su lugar en el problema de los desbordes juveniles. Y que, consecuentemente, ejerzan con firmeza ese rol en el cual no pueden reemplazarlos la escuela, ni el Estado. De esa manera, abandonarán un rol pasivo, que sólo sirve para alentar conductas antisociales y delictivas de imprevisible derivación.







