De aquellas verdades que engañan

Por Roberto Espinosa, Redacción de LA GACETA. Cuando el infierno siempre son los otros, quiere decir que uno no es precisamente el paraíso, afirmaba un poeta.

03 Diciembre 2006
Estaba en una verdadera disyuntiva. Almanzor anhelaba volver a servir a su noble amo, pero una razón importante se lo impedía. Se sentía más despistado que alpinista en el desierto en la comarca del rey Rachid, un oasis privilegiado donde había constantes convulsiones sociales y políticas, y una buena parte de la población vivía bajo la línea de pobreza, excepto la corte del monarca. Por su aspecto saludable y su porte elegante, un ministro lo había incorporado a las huestes del gobierno. Cerca de la plaza principal, una dromedaria le entregó un panfleto en el que se afirmaba que Rachid había puesto en la presidencia de clubes de fútbol y de básquet a hombres de su confianza (funcionarios, ediles, legisladores, gremialistas). Se decía que invertía más de $ 300.000 mensuales de los contribuyentes para sostener económicamente a uno de los principales equipos. “Veo que Rachid no da puntada sin hilo, trata de tener todo bajo su control”, le dijo el camello Almanzor a la dromedaria. Esta le hizo un sugestivo movimiento de joroba, parpadeó tiernamente y penetró como un bisturí en el corazón del giboso. El problema es que ella pertenecía a los ilegales: integraba “Dromedarios Rurales Compartidos Cía.”, pero se negaba a renunciar a esa condición. Era un amor prohibido. “¡Sólo Alá sabe por qué hace las cosas!”, se dijo apesadumbrado.
Mientras Almanzor espulgaba sus pensamientos, el rey Shahriyar y la bella Scheherezade, bajo el ropaje de pordioseros, llegaron al río que separaba a la capital del resto de la comarca. Observaron una gran cantidad de basura esparcida en sus márgenes. Al ingresar a la aldea notaron que muchas sendas estaban rotas; papeles, bolsas, botellas de plásticos tenían un fuerte protagonismo; el tránsito era un caos. Antes de continuar con la búsqueda de Almanzor, el rey y su dama decidieron recobrar energías. Entraron a un boliche. Querían comer algún manjar típico. Leyeron un cartel: “humitas, empanadas, locro, tamales”. Vieron a un comensal que devoraba un plato que parecía delicioso. “¿Qué estás comiendo, buen hombre?”, preguntó Shahriyar. “Ñoquis, forastero”, replicó. “¡Qué nombre raro! ¡Parecen deliciosos!”, acotó Scheherezade. “Efectivamente, los ñoquis han desplazado a las comidas preferidas de la comarca y se han convertido en el plato regional. Es un homenaje a las personas designadas por los gobernantes para que perciban un salario sin trabajar”, contó el hombre. “No entiendo. ¿Se le paga a alguien para que no trabaje?”, dijo desconcertado el rey. “Es complejo explicarlo, pero digamos que son bolsones de trabajo. Por ejemplo, hace unos días, nuestro monarca dijo que la Legislatura tenía más de 7.000 empleados para apenas 40 legisladores. Difundió una lista con la cantidad de empleados que tenían tres hombres de la oposición, pero se guardó los nombres de aquellos que le respondían a él... Ello generó un escándalo. ‘Vieron que yo no miento, que dije la verdad. Ellos salieron a agredirme y yo no les quise mentir’, afirmó Rachid”. Shahriyar tragó saliva y dijo: “Supongo que, siendo fiel a la verdad, Rachid le reveló al pueblo cuántos amigos y parientes había designado él en su reino y cuánto cobraban”. “No, no lo hizo”, respondió lacónicamente su interlocutor y se fue abruptamente.
Scheherezade lo miró con ternura y le acarició la cabeza. “Amado, rey, como sabes, cuando se la expresa a medias, la verdad se convierte en una mentira. Cuando el infierno siempre son los otros, quiere decir que uno no es precisamente el paraíso, decía un poeta. Una vez, un filósofo les dijo a los habitantes de ese país: ‘¡argentinos, a las cosas!’ Aquí parece que dijeron: ‘¡Rachidianos, a los ñoquis!’”



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