03 Diciembre 2006 Seguir en 
Mucho más que un sillón presidencial pondrá en juego hoy Venezuela. Los casi 16 millones de ciudadanos en condiciones de sufragar definirán qué modelo de sociedad pretenden. El drama de la polarización que corroe al país se refleja en la mutua desconfianza que se tienen los principales actores políticos del país andino. La división social aflora tan clara como el abrupto corte que dibuja el cerro El Avila sobre la ciudad de Caracas.
Para algunos carismático, para otros un simple populista, el actual presidente Hugo Chávez Frías buscará la reelección con la idea de acentuar el socialismo del siglo XXI. Esto implica multipolaridad a nivel mundial, igualdad social, socialización de la educación y de la medicina y una fuerte presencia del Estado en la regulación de la economía, a partir del control de los recursos naturales de Venezuela. El militar asegura que el “período de transición” termina con estas elecciones: si es reelecto, la revolución bolivariana se profundizará. “Si hay algo atrevido es querer pensar por Chávez”, grafica uno de los analistas políticos más reconocidos de ese país, Alberto Garrido.
En la vereda opuesta aparece Manuel Rosales: el candidato unificado de la oposición (pese a que hoy competirán otros 13 postulantes). Gobernador del Estado petrolero de Zulia desde 2000, llega con el pergamino de ser apenas uno de los dos candidatos no chavistas en ganar las elecciones regionales de 2004. Rosales ataca las vulnerabilidades de Chávez y promete salvar la democracia que, como él, muchos creen que está en peligro con Chávez en la presidencia. “Es necesario rescatar la armonía entre los venezolanos y los socios en el mundo”, dice. Hace hincapié en el temor de quienes se oponen a Chávez: un sistema de votación totalmente automatizado. Para el chavismo, una garantía de transparencia. Para la oposición, las máquinas “captahuellas” atemorizan a los votantes.
Los seguidores de Chávez dicen que la bonanza petrolera que vive Venezuela -gracias al alto precio internacional del crudo-, permitió al Estado generar más ingresos y gastarlo en actividades sociales a favor de los más pobres. Los autos son la parte más visible del boom económico. Los planes oficiales para ayudar a que la gente compre vehículos y el petróleo barato (un litro de nafta es más barato que un litro de agua) contribuyen para ilustrar la bonanza de la economía venezolana. Sin embargo, los niveles de pobreza siguen siendo muy altos. Las estadísticas oficiales indican que el 43,7% de la gente vive en la pobreza. Además, esa liquidez monetaria actúa como un “bumerán” que presiona los precios: la inflación es la más alta de América Latina (un 15%).
A Chávez se lo acusa de demagogo y de autoritario. Según los analistas, atentos por las implicancias geopolíticas que tendrá el resultado para la región, es posible que esas facetas se mezclen en él y que allí radique su éxito. Al menos, por ahora.
El primer artículo que suele escasear en los reiterados altibajos políticos que ha vivido Venezuela desde 2002 es la cerveza. Casi tan barata como la gasolina -que se vende a diez centavos de dólar el galón- la cerveza es el segundo combustible más preciado en el país: el que consuela en la tristeza de la derrota o enciende los motores en la celebración. De ahí que, en la víspera de las elecciones, los venezolanos se hayan volcado en masa sobre licorerías y supermercados para abastecerse de todo lo que la “ley seca” les niega.
Enlatados, velas, agua mineral, carbón, leche envasada y gas complementan estas compras para enfrentar el “por si acaso”. Y son el termómetro más efectivo para medir el nivel de incertidumbre y de angustia que genera en los ciudadanos este evento electoral. Tener la alacena llena es estar preparado para la contingencia: si gana o pierde mi candidato. Pero sobre todo: si alguno de los dos no acepta la derrota y promueve la violencia callejera, me aguanto en casa el toque de queda. A nadie le es indiferente el resultado. Y los dos líderes que este domingo se batirán a votos por dos modelos distintos de país, se han esmerado en que así sea.
Hugo Chávez Frías, el presidente-candidato que aspira ser reelecto, ha repetido hasta la saciedad que su eventual triunfo significaría la consolidación del proceso “revolucionario” que hoy experimenta el país y, en consecuencia, la implantación del “socialismo del siglo XXI”: que en la jerga común del chavismo se traduce en la “aniquilación” de toda disidencia. No es cuento. La radicalización de este modelo se ha dejado ver con fuerza en el último año: cuando el Presidente advirtió en medio de la campaña que ningún venezolano que no sea “rojo, rojito” como su partido puede formar parte de la Fuerza Armada ni de la estatal petrolera; o cuando las autoridades promueven la invasión y posterior expropiación de la propiedad privada; o cuando, a 48 horas de la elección, amenazó con cerrar los canales de televisión que se le oponen.
En la otra esquina está Manuel Rosales: gobernador del Zulia -el Estado petrolero más grande- y abanderado de la oposición, que ha sido más hábil con la negociación política que con el verbo, y denuncia en su discurso poco carismático que, de seguir así, el país va rumbo al comunismo. Es, para los opositores que no confían demasiado en sus cualidades, el líder circunstancial que podría devolver a Venezuela al cauce democrático: su fuerza no sólo está en él, sino en lo que representa.
Ambas corrientes antagónicas parten al país en dos, en una proporción casi simétrica. Se nota entre miembros de una misma familia que no se comunican, en los matrimonios que se acaban por razones políticas. Se nota en las ciudades como Caracas, divididas en zonas-búnker, a lo West Side Story.
En medio de ambas fuerzas que se enfrentan, está el árbitro que cuenta los votos: el Consejo Nacional Electoral. La percepción general que mejor describe a este órgano es que el motivo por el cual los chavistas confían en su probidad, es el mismo por el cual los opositores desconfían: de cinco rectores principales que conforman su directorio, cuatro simpatizan con el candidato de gobierno.
Para algunos carismático, para otros un simple populista, el actual presidente Hugo Chávez Frías buscará la reelección con la idea de acentuar el socialismo del siglo XXI. Esto implica multipolaridad a nivel mundial, igualdad social, socialización de la educación y de la medicina y una fuerte presencia del Estado en la regulación de la economía, a partir del control de los recursos naturales de Venezuela. El militar asegura que el “período de transición” termina con estas elecciones: si es reelecto, la revolución bolivariana se profundizará. “Si hay algo atrevido es querer pensar por Chávez”, grafica uno de los analistas políticos más reconocidos de ese país, Alberto Garrido.
En la vereda opuesta aparece Manuel Rosales: el candidato unificado de la oposición (pese a que hoy competirán otros 13 postulantes). Gobernador del Estado petrolero de Zulia desde 2000, llega con el pergamino de ser apenas uno de los dos candidatos no chavistas en ganar las elecciones regionales de 2004. Rosales ataca las vulnerabilidades de Chávez y promete salvar la democracia que, como él, muchos creen que está en peligro con Chávez en la presidencia. “Es necesario rescatar la armonía entre los venezolanos y los socios en el mundo”, dice. Hace hincapié en el temor de quienes se oponen a Chávez: un sistema de votación totalmente automatizado. Para el chavismo, una garantía de transparencia. Para la oposición, las máquinas “captahuellas” atemorizan a los votantes.
Los seguidores de Chávez dicen que la bonanza petrolera que vive Venezuela -gracias al alto precio internacional del crudo-, permitió al Estado generar más ingresos y gastarlo en actividades sociales a favor de los más pobres. Los autos son la parte más visible del boom económico. Los planes oficiales para ayudar a que la gente compre vehículos y el petróleo barato (un litro de nafta es más barato que un litro de agua) contribuyen para ilustrar la bonanza de la economía venezolana. Sin embargo, los niveles de pobreza siguen siendo muy altos. Las estadísticas oficiales indican que el 43,7% de la gente vive en la pobreza. Además, esa liquidez monetaria actúa como un “bumerán” que presiona los precios: la inflación es la más alta de América Latina (un 15%).
A Chávez se lo acusa de demagogo y de autoritario. Según los analistas, atentos por las implicancias geopolíticas que tendrá el resultado para la región, es posible que esas facetas se mezclen en él y que allí radique su éxito. Al menos, por ahora.
PUNTO DE VISTA
Las compras por ansiedad
Por Maye Primera Garces, jefa de Redaccion del periódico vespertino “Tal cual” de CaracasLas compras por ansiedad
El primer artículo que suele escasear en los reiterados altibajos políticos que ha vivido Venezuela desde 2002 es la cerveza. Casi tan barata como la gasolina -que se vende a diez centavos de dólar el galón- la cerveza es el segundo combustible más preciado en el país: el que consuela en la tristeza de la derrota o enciende los motores en la celebración. De ahí que, en la víspera de las elecciones, los venezolanos se hayan volcado en masa sobre licorerías y supermercados para abastecerse de todo lo que la “ley seca” les niega.
Enlatados, velas, agua mineral, carbón, leche envasada y gas complementan estas compras para enfrentar el “por si acaso”. Y son el termómetro más efectivo para medir el nivel de incertidumbre y de angustia que genera en los ciudadanos este evento electoral. Tener la alacena llena es estar preparado para la contingencia: si gana o pierde mi candidato. Pero sobre todo: si alguno de los dos no acepta la derrota y promueve la violencia callejera, me aguanto en casa el toque de queda. A nadie le es indiferente el resultado. Y los dos líderes que este domingo se batirán a votos por dos modelos distintos de país, se han esmerado en que así sea.
Hugo Chávez Frías, el presidente-candidato que aspira ser reelecto, ha repetido hasta la saciedad que su eventual triunfo significaría la consolidación del proceso “revolucionario” que hoy experimenta el país y, en consecuencia, la implantación del “socialismo del siglo XXI”: que en la jerga común del chavismo se traduce en la “aniquilación” de toda disidencia. No es cuento. La radicalización de este modelo se ha dejado ver con fuerza en el último año: cuando el Presidente advirtió en medio de la campaña que ningún venezolano que no sea “rojo, rojito” como su partido puede formar parte de la Fuerza Armada ni de la estatal petrolera; o cuando las autoridades promueven la invasión y posterior expropiación de la propiedad privada; o cuando, a 48 horas de la elección, amenazó con cerrar los canales de televisión que se le oponen.
En la otra esquina está Manuel Rosales: gobernador del Zulia -el Estado petrolero más grande- y abanderado de la oposición, que ha sido más hábil con la negociación política que con el verbo, y denuncia en su discurso poco carismático que, de seguir así, el país va rumbo al comunismo. Es, para los opositores que no confían demasiado en sus cualidades, el líder circunstancial que podría devolver a Venezuela al cauce democrático: su fuerza no sólo está en él, sino en lo que representa.
Ambas corrientes antagónicas parten al país en dos, en una proporción casi simétrica. Se nota entre miembros de una misma familia que no se comunican, en los matrimonios que se acaban por razones políticas. Se nota en las ciudades como Caracas, divididas en zonas-búnker, a lo West Side Story.
En medio de ambas fuerzas que se enfrentan, está el árbitro que cuenta los votos: el Consejo Nacional Electoral. La percepción general que mejor describe a este órgano es que el motivo por el cual los chavistas confían en su probidad, es el mismo por el cual los opositores desconfían: de cinco rectores principales que conforman su directorio, cuatro simpatizan con el candidato de gobierno.








