Ni Gobierno ni oposición dicen la verdad

La clase política demostró que sólo le preocupa 2007. El caso de las pasteras expuso esto ya que todos actuaron sólo para cuidar sus respectivas imágenes. Por Hugo E. Grimaldi - Columnista de DyN.

OBRA EN MARCHA. El Banco Mundial autorizó el préstamo para la construcción de la pastera Botnia. REUTER
OBRA EN MARCHA. El Banco Mundial autorizó el préstamo para la construcción de la pastera Botnia. REUTER
26 Noviembre 2006
BUENOS AIRES.- Con los indicadores económicos rebosantes y con la euforia consumista a pleno, aunque sólo le alcance a algo más de la mitad de su población, hasta el momento nada más que el mundo de la política mira hacia las elecciones de 2007. Para comenzar a pensar en la sucesión democrática, la fotografía de los prolegómenos electorales no resulta, por ahora, para nada grata a los ojos de los ciudadanos que cinco años atrás pedían "que se vayan todos" y que hoy se conforman, a la manera del "voto licuadora" del 95, con un "estuvimos mucho peor".
Por un lado está el humor presidencial, intuitivo y caudillesco, aglutinante desde lo ideológico y poderoso desde lo económico, que concentra en la figura de Néstor Kirchner, o en sus designios, a uno de los polos de la futura contienda. Por el otro, se observa una insondable construcción opositora, una suerte de campo autominado donde nadie sabe dónde pisa y donde todos corren el riesgo de volar por el aire.
Si se deja de lado a la izquierda más ideologizada y a Elisa Carrió y su casi seguro acercamiento al socialismo, la aparición de Roberto Lavagna y su inserción como "centro-progresista" con laderos de lo más rancio del PJ duhaldista junto a huestes alfonsinistas, ha dejado paso a la convicción de sumar a otros opositores con votos, aunque los sapos a tragarse sean difíciles de digerir para muchos. Hoy, Mauricio Macri es la gran piedra de la discordia y Juan Carlos Blumberg el independiente que más mide en todos los distritos, mientras Ricardo López Murphy, preso de sus convicciones, busca su lugar en el mundo.
Detrás de todo este mosaico hay dos posturas. La de los que dicen "vamos para adelante de cualquier modo", basados en media docenas de ideas-fuerza que se tratará de vender como programáticas, porque si no "la posibilidad del Gobierno de eternizarse parece segura", dicen, y la de otros que suponen que la experiencia de la Alianza no debe repetirse y buscan homogeneidad, para atraer a los votantes por la calidad de la propuesta, antes que por el rejunte antikirchner.
Al Presidente, en todo caso, no debería conformarlo este proceso tan primitivo, ni el propio ni el ajeno, ya que siempre él se ha dicho defensor de corrientes de pensamiento que se acerquen más a las tradicionales de otros países, con fuerzas que desde la derecha y la izquierda hacia el centro se alternen en la gobernabilidad y en la ejecución de políticas de Estado. Así, él mismo generó con suerte algo esquiva la transversalidad y luego la concertación con iguales, que lanzó el último 25 de mayo. Sin embargo, hoy parece más que cómodo en su rol de gran elector. Una opción personalista y segura como la de Kirchner por un lado y, dicho en el lenguaje peronista, una "bolsa de gatos" difícil de ensamblar por el otro, brindan por ahora un panorama muy magro para que la gente se interese en un proceso que la lleve a afrontar una verdadera elección. Pero, cada una de las partes se la ha venido ingeniando a diario para ir construyendo y demoliendo, demoliendo y construyendo, a través de las oportunidades y los escollos que les pone por delante la realidad.

La imagen pública
El caso de la pastera Botnia fue el ejemplo más claro de la semana, donde los políticos actuaron sólo para cuidar sus respectivas imágenes, la de buen gobernante y la del correctísimo opositor, el que se solaza con los errores ajenos, pero que no hace ningún aporte concreto a la solución del problema. Ninguno, de ningún lado, por ejemplo, se atrevió a decirles a los habitantes más radicalizados de Gualeguaychú lo que es evidente, que la lucha por el "no a las papeleras" ha llegado a su fin.
Desde el Gobierno y desde la oposición se usaron nada más que eufemismos para disfrazar la realidad, que es una sola: que el mundo entero (La Haya, Banco Mundial, Mercosur) avaló la decisión uruguaya y que los vecinos perjudicados deberán ahora buscar canales de cooperación con el Uruguay o fórmulas económicas que ayuden a mitigar el impacto visual, antes que mantener la dureza para seguir luchando por una causa perdida.
Una afirmación así, expresada con tanta crudeza y a tantos kilómetros de distancia, parece descolocada desde lo políticamente correcto, pero a los efectos de salir de tan brava situación lo más rápidamente posible es lo que deberían haber aportado los hombres de la política, ante un trago tan difícil de digerir por quienes viven en la zona. Sin embargo, nadie se prestó a tamaño sincericidio. Néstor Kirchner, por ejemplo, eligió alambicar el discurso y decir que los titulares de los diarios, antes que exponer de modo casi unánime que la estrategia oficial había sido derrotada, tendrían que haber reflejado que "ganaron los intereses de Botnia" o bien que "volvieron a ganar los intereses de los países centrales".
A estas alturas, que el mundo no quiere a la Argentina ya es algo sabido porque lo declaman por igual los políticos y los taxistas, aunque la medicina puede ser mucho más dolorosa aún -tras el lapidario 23 a 1- si se menciona que Brasil y España (flagrante error diplomático del país "facilitador") votaron en contra de la posición argentina en el Banco Mundial, con una mención aún más contundente que la decisión: "estamos ciento por ciento seguros de que no habrá daños ambientales", ratificaron.
Ante tanta seguridad, hasta el Presidente dudó. Primero comentó: "fuimos (a Gualeguaychú) a defender el medio ambiente como causa nacional" y luego, en la misma alocución, afirmó: "le rogamos al intransigente presidente uruguayo que, por favor, discutiéramos de qué forma podíamos correr desde allí a Botnia para que no contamine visualmente y no nos genere la duda de una futura contaminación".
Lo que dominó en los titulares periodísticos fue el adjetivo "intransigente", que inició una escalada absurda de réplicas y contrarréplicas con el Uruguay, pero sin embargo lo más importante fue lo demás: que Kirchner habló por primera vez de "contaminación visual" como el detonante del problema y que ahora tiene "dudas", sobre una futura contaminación del agua y el aire.
Los que no tuvieron ninguna duda fueron los diputados, quienes por unanimidad -como fue después de la sesión del Presupuesto, quizás algunos opositores podrán declarar haberse dormido- votaron un proyecto de declaración de un legislador entrerriano que asegura, en línea con la teoría de la persecución antiargentina, que "existe complicidad (del Banco Mundial) con los intereses internacionales mezquinos para que esta región del planeta se convierta en un basurero".
También el Presidente se refirió a "mensajes subliminales" de la prensa sobre los cortes de ruta. Según él, lo que se le quiere decir es que el Gobierno reprima, cuando su vocación es no hacerlo, aunque no esté de acuerdo, como lo expresó, con la metodología de protesta. Kirchner le dijo "no" a los cortes y pagó el precio político de que los gualeguaychenses ratificaran la medida sin escucharlo. "Si esta gente que escribe cree que hay que reprimir, que no sean cobardes, que escriban: ?hay que reprimir?", tronó Kirchner. Como alternativa, podría pensarse que para que se cumpla la ley no hay que reprimir, sino que sólo hay que tener vocación de que se la respete, a rajatabla. Lamentablemente, hay demasiados ejemplos de anomia por estos días, como el de la violencia en el fútbol o el de la salida indiscriminada de presos de las cárceles, que demuestran que las sociedades se relajan apenas desde arriba se les hace saber que la ley puede ser interpretada a gusto y paladar de cada situación. De allí, las resistencias que se observan cuando la Ley le juega a alguien en su exclusivo perjuicio.
En relación a la igualdad ante la Ley, hubo otro caso derivado de la presión que ejercieron los petroleros que trabajan en los campos de la Patagonia y luego los jerárquicos de la misma industria, quienes se aprovecharon de la alta sensibilidad que sus tareas tienen en la tan cuestionada política energética. El modo de solucionar el problema, vía aumento del mínimo no imponible del impuesto a las Ganancias, le abrió al Gobierno una Caja de Pandora.
El proyecto que tuvo media sanción de Diputados dice que las excepciones a ese impuesto sólo alcanzarán a aquellos trabajadores "vinculados" a la explotación petrolera. De inmediato, la norma le dio alas a quienes trabajan en las refinerías, por ejemplo, y, por qué no a los que lo hacen en las estaciones de servicio. En ambas actividades, si bien no son de explotación, también hubo conatos de huelga durante la semana.
Y ahora vendrá la retahíla de reclamos que ya han empezado por el lado de los metalúrgicos, a los que seguirían la industria de la construcción y luego llegarán por lo suyo los cañeros de Tucumán, los pescadores de Mar del Plata o los oficinistas de Puerto Madero. Como siempre ocurre, la cuestión probablemente se arreglará cuando el agua le llegue al cuello a los funcionarios. Aunque Economía lo desmienta y la ministra lo niegue, muy pronto una norma de carácter general deberá poner a todos en una línea y eso será -tal como se lo aprobó en el Presupuesto- antes de que finalice abril próximo. (DyN)










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