24 Noviembre 2006 Seguir en 
La decisión del Banco Mundial de contribuir a la financiación de la pastera Botnia en Fray Bentos por 23 a 1 ha constituido el golpe más rotundo de los acumulados por nuestro país en las complejas negociaciones por el diferendo sobre la eventual contaminación ambiental en la orilla argentina del río Uruguay.
Con anterioridad, el Gobierno nacional había solicitado una decisión cautelar ante la Corte Internacional de La Haya para la suspensión de las obras por 60 días, que fue denegada, y se espera que la cuestión de fondo en la misma sede comience a ser considerada a mediados del año próximo.
Para entonces, las obras de Botnia estarán suficientemente avanzadas como para suponer que la apelación al tribunal internacional haya sido la más adecuada. Tras la decisión del BM y de la Corporación Financiera Internacional, basada en estudios que descartan los denunciados efectos contaminantes del ambiente zonal, la insistencia de los factores afectados en la orilla argentina enfatizan el efecto visual sobre el balneario de Gualeguaychú, donde las comisiones vecinales contestatarias han reanudado los cortes de frontera y prometen emprender “las acciones necesarias” para que el emprendimiento se detenga.
La respuesta oficial inmediata a la concesión del Banco Mundial ha sido un improvisado discurso del presidente Kirchner, quien, entre otras consideraciones, afirmó: “los intereses internacionales han elegido que esta región tiene que ser de alguna manera un basurero de cierta producción e industrias”. Debe señalarse que entre las 23 posiciones favorables en el organismo financiero internacional figuraron Brasil y México defendiendo los estudios de garantía ambiental en que se basó la decisión.
Desafortunadamente, la posición argentina no ha contado con acompañamiento alguno, siendo cada vez más consecuente el aislamiento donde hoy se la observa.
El conflicto ha llegado finalmente a testimoniar que para nuestro gobierno ha sido un caso donde la política exterior no es una gestión reservada al Estado o, al menos, puede estar condicionada por la voluntad de sectores o comunidades que establecen de hecho las reglas de juego.
En su improvisado mensaje, Kirchner demostró que es así, al solicitar enfáticamente a las comisiones vecinales que cesen en sus cortes fronterizos, pero advirtiendo a la vez: “no voy a levantar la mano contra otro argentino”, declarando con ello una virtual abstención para impedirlos.
La réplica de las dirigencias vecinales han sido críticas de esa posición presidencial y en ese punto reside el nudo del problema: hasta dónde el Estado argentino va a hacerse cargo de un rol que le compete absolutamente y del que ningún otro sector o grupo de intereses puede ser parte sin generar rebeldía punible.
El actual tal vez sea el conflicto más grave que hayan enfrentado históricamente dos países con tan alto nivel de vida en común y, por consiguiente, merecedores de una relación directa, más allá de cualquier otra que pueda indicar una diferencia que sus sociedades no aceptan. La crisis, pues, es de inquietante incertidumbre por agraviar valores compartidos en las dos orillas. No hay tercero que pueda resolverla y así lo demuestra el nulo fruto de la mediación del rey de España.
No queda otro camino, pues, que dejar a un lado el pensamiento único y ambos presidentes demuestren, dialogando, su pertenencia a la causa común rioplatense, asumiendo con sabiduría las responsabilidades que no pueden ignorar.
Con anterioridad, el Gobierno nacional había solicitado una decisión cautelar ante la Corte Internacional de La Haya para la suspensión de las obras por 60 días, que fue denegada, y se espera que la cuestión de fondo en la misma sede comience a ser considerada a mediados del año próximo.
Para entonces, las obras de Botnia estarán suficientemente avanzadas como para suponer que la apelación al tribunal internacional haya sido la más adecuada. Tras la decisión del BM y de la Corporación Financiera Internacional, basada en estudios que descartan los denunciados efectos contaminantes del ambiente zonal, la insistencia de los factores afectados en la orilla argentina enfatizan el efecto visual sobre el balneario de Gualeguaychú, donde las comisiones vecinales contestatarias han reanudado los cortes de frontera y prometen emprender “las acciones necesarias” para que el emprendimiento se detenga.
La respuesta oficial inmediata a la concesión del Banco Mundial ha sido un improvisado discurso del presidente Kirchner, quien, entre otras consideraciones, afirmó: “los intereses internacionales han elegido que esta región tiene que ser de alguna manera un basurero de cierta producción e industrias”. Debe señalarse que entre las 23 posiciones favorables en el organismo financiero internacional figuraron Brasil y México defendiendo los estudios de garantía ambiental en que se basó la decisión.
Desafortunadamente, la posición argentina no ha contado con acompañamiento alguno, siendo cada vez más consecuente el aislamiento donde hoy se la observa.
El conflicto ha llegado finalmente a testimoniar que para nuestro gobierno ha sido un caso donde la política exterior no es una gestión reservada al Estado o, al menos, puede estar condicionada por la voluntad de sectores o comunidades que establecen de hecho las reglas de juego.
En su improvisado mensaje, Kirchner demostró que es así, al solicitar enfáticamente a las comisiones vecinales que cesen en sus cortes fronterizos, pero advirtiendo a la vez: “no voy a levantar la mano contra otro argentino”, declarando con ello una virtual abstención para impedirlos.
La réplica de las dirigencias vecinales han sido críticas de esa posición presidencial y en ese punto reside el nudo del problema: hasta dónde el Estado argentino va a hacerse cargo de un rol que le compete absolutamente y del que ningún otro sector o grupo de intereses puede ser parte sin generar rebeldía punible.
El actual tal vez sea el conflicto más grave que hayan enfrentado históricamente dos países con tan alto nivel de vida en común y, por consiguiente, merecedores de una relación directa, más allá de cualquier otra que pueda indicar una diferencia que sus sociedades no aceptan. La crisis, pues, es de inquietante incertidumbre por agraviar valores compartidos en las dos orillas. No hay tercero que pueda resolverla y así lo demuestra el nulo fruto de la mediación del rey de España.
No queda otro camino, pues, que dejar a un lado el pensamiento único y ambos presidentes demuestren, dialogando, su pertenencia a la causa común rioplatense, asumiendo con sabiduría las responsabilidades que no pueden ignorar.







