22 Noviembre 2006 Seguir en 
La reciente inauguración, por el presidente Kirchner, de la Escuela de Suboficiales de la Armada (ESA) en la Base Naval de Puerto Belgrano, que reemplaza a la ominosa y tristemente célebre Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), ha constituido un gesto conciliador trascendente con las Fuerzas Armadas tras el prolongado desencuentro formalizado en marzo de 2004. Fue entonces cuando el jefe del Gobierno concurrió a la ESMA para pedir “perdón por la vergüenza del Estado de haber callado durante 20 años las atrocidades del Proceso”, entre otras consideraciones fuertemente condenatorias de las instituciones castrenses.
Lógicamente, la réplica de quienes durante la gestión del radicalismo llevaron a cabo por vez primera el juicio a las juntas militares, no se hizo esperar; pero los frentes de tensión se mantuvieron en el discurso oficial, sin discriminación alguna que preservara la condición institucional de las FFAA y el hecho de que dos décadas de democracia alejaban cronológicamente de responsabilidades mayores a parte sustancial del personal jerárquico.
“Los jóvenes militares, los de esta unidad y de todos los destinos, la nueva generación de nuestros militares, deben concebirse a sí mismos como el futuro de las instituciones armadas; son el futuro, no el pasado”, afirmó el Presidente en la ESA.
Y más profundamente conciliador, agregó: “no deben, por ello, cargar con la mochila ensangrentada de la que otros son responsables y se hallan en situación de ser juzgados, para que la impunidad termine de una vez en nuestro país y deje paso a la Justicia”.
La visión presidencial es ahora la de “unas FF.AA. integradas y cohesionadas con mayor nivel educativo y fuerte compromiso con la democracia”.
Es obvio que el mensaje de Puerto Belgrano integra la sumatoria temática del nuevo discurso oficial que ha seguido a los acontecimientos de Misiones, donde la brújula política apuntó socialmente hacia el diálogo y el consenso.
Hace ya mucho tiempo que las Fuerzas Armadas recorrieron el camino necesario de conciliación que las incorporó institucional y mentalmente, pero ello no fue suficiente para que el discurso oficial, por acción u omisión, las mantuviera distantes, formando parte de un pasado alambrado por una condición setentista tan confusa como anacrónica.
En la misma oportunidad de Puerto Belgrano, formando parte del vasto círculo oficial del mensaje conciliador, la ministra de Defensa, Nilda Garré, manifestó que son materia de estudio por el Gobierno las demandas del personal retirado y de las pensionadas.
“Conocemos cuál es el problema y necesitan un aumento global; estamos estudiando cómo hacerlo”, señaló Garré.
Los haberes pasivos de militares y de pensionadas se encuentran congelados desde 1991, al mismo tiempo, por cierto, en que el ex presidente Carlos Menem dispuso el traslado ahora concretado de la misma escuela a su nueva sede.
Tanto el mensaje de Kirchner como el de la ministra de Defensa anuncian así el fin de situaciones discriminatorias que, no por ello, impidieron durante más de dos décadas de consolidación democrática, que siguieran afluyendo a los institutos militares jóvenes con vocación, que en tales circunstancias optaron por valorar testimonialmente el significado del servicio a la Nación antes que la seguridad personal y familiar en un futuro confuso. Debe esperarse que ese tardío reconocimiento de la realidad se traduzca en hechos que recuperen en plenitud a las Fuerzas Armadas de la República.
Lógicamente, la réplica de quienes durante la gestión del radicalismo llevaron a cabo por vez primera el juicio a las juntas militares, no se hizo esperar; pero los frentes de tensión se mantuvieron en el discurso oficial, sin discriminación alguna que preservara la condición institucional de las FFAA y el hecho de que dos décadas de democracia alejaban cronológicamente de responsabilidades mayores a parte sustancial del personal jerárquico.
“Los jóvenes militares, los de esta unidad y de todos los destinos, la nueva generación de nuestros militares, deben concebirse a sí mismos como el futuro de las instituciones armadas; son el futuro, no el pasado”, afirmó el Presidente en la ESA.
Y más profundamente conciliador, agregó: “no deben, por ello, cargar con la mochila ensangrentada de la que otros son responsables y se hallan en situación de ser juzgados, para que la impunidad termine de una vez en nuestro país y deje paso a la Justicia”.
La visión presidencial es ahora la de “unas FF.AA. integradas y cohesionadas con mayor nivel educativo y fuerte compromiso con la democracia”.
Es obvio que el mensaje de Puerto Belgrano integra la sumatoria temática del nuevo discurso oficial que ha seguido a los acontecimientos de Misiones, donde la brújula política apuntó socialmente hacia el diálogo y el consenso.
Hace ya mucho tiempo que las Fuerzas Armadas recorrieron el camino necesario de conciliación que las incorporó institucional y mentalmente, pero ello no fue suficiente para que el discurso oficial, por acción u omisión, las mantuviera distantes, formando parte de un pasado alambrado por una condición setentista tan confusa como anacrónica.
En la misma oportunidad de Puerto Belgrano, formando parte del vasto círculo oficial del mensaje conciliador, la ministra de Defensa, Nilda Garré, manifestó que son materia de estudio por el Gobierno las demandas del personal retirado y de las pensionadas.
“Conocemos cuál es el problema y necesitan un aumento global; estamos estudiando cómo hacerlo”, señaló Garré.
Los haberes pasivos de militares y de pensionadas se encuentran congelados desde 1991, al mismo tiempo, por cierto, en que el ex presidente Carlos Menem dispuso el traslado ahora concretado de la misma escuela a su nueva sede.
Tanto el mensaje de Kirchner como el de la ministra de Defensa anuncian así el fin de situaciones discriminatorias que, no por ello, impidieron durante más de dos décadas de consolidación democrática, que siguieran afluyendo a los institutos militares jóvenes con vocación, que en tales circunstancias optaron por valorar testimonialmente el significado del servicio a la Nación antes que la seguridad personal y familiar en un futuro confuso. Debe esperarse que ese tardío reconocimiento de la realidad se traduzca en hechos que recuperen en plenitud a las Fuerzas Armadas de la República.







