El grave problema del alcoholismo juvenil

21 Noviembre 2006
Toda una página, en nuestra edición de ayer, está destinada a cronicar la triste realidad vigente en Las Corzuelas, localidad del departamento Burruyacu. En ese pueblo, los menores se hacen adictos al alcohol desde la niñez. No solamente se congregan para ingerir bebidas -en reuniones que duran de jueves a domingos-, sino que, en los hogares, los mismos padres se las ofrecen. Se hace difícil salir de esa dramática situación, por la falta de incentivos para ocupar el tiempo libre. Un gran porcentaje de menores no conoce el cine, ni asiste a recitales, ni hace  competencias, ni tiene lugares para ir a bailar. No hay siquiera una cancha de fútbol en la escuela, y para hallar un ciber deben recorrer ocho kilómetros. Todos muestran desánimo por la falta de horizontes, y las iniciativas que se han lanzado para revertir ese clima tuvieron una mínima convocatoria. Los padres, por su parte, niegan que sus hijos se hayan aficionado al alcohol.
Se trata de un solo caso, detectado hasta el momento. Pero es bastante probable que una investigación más extensa en las localidades del interior mostrara realidades similares. Si bien se mira, no es demasiado extraño que ocurran. Estamos ante una comunidad que no ha podido o no ha sido capaz, por la razón que fuere, de organizar incentivos para sus generaciones jóvenes. A esto se suma la falta de preocupación de los padres por inculcar valores a sus hijos, todo en un cuadro de desocupación, de pobreza y de distancia de los centros urbanos.
Ni qué decir que el cuadro delineado es extremadamente grave. Hasta ahora, la preocupación de la sociedad y del Estado se ha centrado en la juventud urbana: en buscar que su diversión se encuadre dentro de ciertos límites, y en prevenir el auge de adicciones, sobre todo de la droga. Pero esta investigación muestra que existe simultáneamente un problema relativo a la niñez y a la adolescencia, que se localiza en poblaciones alejadas y que reviste características tan graves como el vigente en la ciudad. Piénsese que, según los testimonios recogidos, hay niños del jardín de infantes que se embriagan, y que los chicos muchas veces se duermen en clase, a causa de la ingesta de alcohol. Y si esto no preocupa a los padres, realmente estamos frente a una situación de imprevisibles derivaciones en muy corto plazo. Creemos que, en este como en otros casos, el Estado y la sociedad deben superar la instancia de asombro y de lamentaciones, para pasar de inmediato a la acción correctiva. Puesto que los jóvenes “beben porque no saben qué hacer”, corresponde instalar inmediatamente esa oferta que actualmente les falta. De acuerdo con nuestra nota, no prosperaron los proyectos de clubes de videos, de reuniones con juegos de mesa, de talleres a cargo de padres habilidosos, que en algún momento se lanzaron. Es evidente entonces que debe organizarse otra estrategia, a cargo de expertos provenientes de los organismos específicos del Estado. Los espacios de sana actividad y de diversión de los jóvenes pueden perfectamente crearse, si el Estado logra, además, comprometer en esa tarea a la comunidad. Esta no puede ver con indiferencia, nos parece, la lenta degradación de sus niños y de sus jóvenes.
La estrategia debe estar apoyada por otras medidas. Por ejemplo, que la Policía haga cumplir con rigor la legislación que prohíbe el expendio de bebidas a los menores: norma que pareciera no regir en Las Corzuelas. Además, los asistentes sociales deben establecer los casos en que los padres suministran bebidas alcohólicas a sus hijos, y responsabilizarlos debidamente. En suma, estamos ante realidades que deben modificarse por medio de una inmediata acción del Estado y del cuerpo social.











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