¿Y si fuéramos más simples?
Por Luis Mario Sueldo, Redacción de LA GACETA. Hay una tendencia a olvidar y hacer desaparecer ciertos hechos.
19 Noviembre 2006 Seguir en 
La vida es bella. ¿Lo es? Alegremente se podría responder que depende de cada uno. Hasta se suele escuchar por ahí que mucha gente está en condiciones de transitar este mundo en un estado de felicidad constante. Pero claro, esto, de ocurrir, ya lindaría con lo patológico. Se confunde tranquilidad de conciencia con flashes de alegría o de euforia ante determinadas circunstancias. Lo que resulta irrebatible y, por ahora, inmanejable es que la vida es corta. El amor-pasión, que, según los buceadores de Eros, no dura más de seis meses, proporcionalmente alcanza más vuelo que el tiempo que transcurrimos vivos. Haciendo abstracción de posiciones religiosas y filosóficas, es complicado, por no decir imposible, encontrar respuestas a los interrogantes: ¿cuál es el sentido de la existencia? ¿por qué estamos aquí? ¿hacia adónde vamos? ¿por qué tiene que haber algo? ¿es real o imaginario todo esto? Uno de los grandes genios de la historia, Albert Einstein, se pasó a la legión de los creyentes recién en su madurez. No encontró otra salida a sus interrogantes sobre lo inconmesurable y mágico del cosmos que la aceptación de un Hacedor, de alguien fuera del alcance de la lógica. Y así debe ser, nomás. En una tira de humor gráfico se ironizaba: “mi hija cree en Dios, ¿en qué fallé? ¿Justo a mí me tiene que pasar, un luchador de la razón, un agnóstico empecinado, un nietzcheniano? ¡Voy a rezar para que mi hija sea atea!” Sin Dios no hay nada. No puede haberlo. En los ataques de pánico, tan mentados en estos últimos años, el enfermo no se muere, pero cree que se va a morir. Hoy, mucha gente se aferra desesperadamente a diversos tipos de prótesis o se engaña con dietas que nunca completa y de las que, tal vez, no adoptarían los mismos que las recetan. Se resiste a asumir el paso del tiempo. Tiene pavor. Y no es que esté mal recurrir a las cirugías o desechar placeres gastronómicos si estos sirven para engrosar la autoestima; lo que no redondea es la tendencia al photoshop para encarar la vida de relación. No nos contentamos a ser como somos. Queremos ser otros. Y dejamos de ser, por dentro y por fuera. Los roles se confunden. En un sondeo realizado en territorio metropolitano, las mujeres de entre 25 y 35 años aseguran que el narcisismo en el hombre y sus excesivos cuidados por la estética personal le están haciendo perder la imagen de virilidad. “Cada vez quedan menos”, resumen. Hasta surge una apología velada de la bisexualidad como una manera “progre” de adecuarse a los cambios. La psiquiatría enseña que el ser humano construye imágenes de sí mismo que sostienen su razón de ser en el planeta. Para adecuarse con una identidad singular tiene que proveerse de varios ropajes. Esta investidura no siempre es cómoda y puede alimentar situaciones de mucha angustia. Sería importante para los argentinos recuperar ciertos placeres vinculados al conocimiento. Nos está faltando vida interior. Los objetivos desenfrenados por el consumo y las apariencias empujaron a un costado del camino a aquella percepción de los hijos de inmigrantes en la que la generación siguiente debía acceder a un nivel educativo y cultural mayor que el que tuvieron sus padres. Por otro lado, hay una tendencia a olvidar, a negar y a hacer desaparecer ciertos hechos que son nocivos para el crecimiento integral del individuo. Y en ello tienen que ver, en medida inquietante, ciertos medios de comunicación plagados de superficialidades y estupideces. Una canción de Javier Calamaro dice en uno de sus versos: “...tal vez consigamos enterrar/aquello que vivimos sin soñar”. Tal vez.







