La violencia callejera refleja el malestar social

16 Noviembre 2006
Un episodio de violencia callejera ha vuelto a conmover a nuestra sociedad en estos días. En la madrugada del sábado pasado, un martillero público, de 57 años, fue brutalmente atacado en la esquina de avenida Mate de Luna y pasaje Polonia, cuando caminaba junto a un amigo. Según los testimonios, al llegar a ese lugar dos jóvenes los insultaron sin motivo aparente. Tiraron al piso a la víctima y allí la golpearon brutalmente y le ocasionaron gravísimas heridas. En el momento en el que lo pateaban, pasó por el lugar un policía que detuvo a los agresores. Los atacantes tienen 19 años y son estudiantes universitarios. El martillero está internado en la terapia intensiva de un sanatorio, con fracturas en el cráneo y un edema cerebral.
Este hecho lamentable, que la Justicia está investigando, sucede a casi un mes del trágico episodio que tuvo por protagonista a la llamada “La banda del quiosquito”. En esa oportunidad, en las inmediaciones del colegio María Auxiliadora, la patota protagonizó una pelea que concluyó con la muerte de un adolescente de 14 años, que nada tenía que ver con la gresca. Según el relato de varios testigos, cuatro adolescentes habían arrinconado a otro y comenzaron a pegarle salvajemente. Del otro lado de la calle, un suboficial de la Policía, que estaba de custodia en una casa de venta de materiales eléctricos, vio lo que estaba sucediendo; cruzó para tratar de separarlos y algunos de los patoteros lo golpearon. En el confuso episodio, el custodio sacó su arma, le pegó a uno de los agresores y efectuó un disparo. La bala impactó contra un chico que jugaba con su hermano en una bicicleta en las cercanías, y lo mató.
El 27 de julio de 1996 ocurrió uno de los episodios más estremecedores de violencia juvenil que se hayan registrado en la provincia. En la madrugada de aquel día, un joven de 23 años fue salvajemente patoteado por dos hermanos. La víctima fue llevada en estado de coma a un sanatorio. Los agresores fueron condenados a ocho años de prisión. Luego de operaciones, de costosos tratamientos y de un hondo sufrimiento familiar, la víctima -a más de 10 años del ataque- está intentando volver a caminar. Su padre le dijo a nuestro diario que hoy hay mucha más violencia que hace una década. “Los agresores son cada vez más chicos. Sinceramente, la sociedad está muy mal, y por ahora no le veo una salida a este problema. Los adultos deberíamos preguntarnos qué sociedad les estamos dejando a nuestros hijos”, afirmó.
En los últimos años, la escalada de la violencia y de la delincuencia de los adolescentes y jóvenes se ha incrementado notablemente en Tucumán.
Hijos que no respetan a sus padres; alumnos que insultan a sus maestros; padres que agreden a los docentes; varones que no ceden su asiento en el ómnibus a damas encinta o a ancianos; conductores que no respetan semáforos, ni los límites de velocidad (tampoco al peatón); coimas que se pagan para eludir a la Justicia; políticos y empresarios que casi nunca van presos por los delitos cometidos o por corrupción; representantes del pueblo que, cuando asumen, piden que si no cumplen con sus funciones que Dios y la patria se lo reclamen, pero la patria pocas veces les reclama sus promesas incumplidas y sus errores. Esta realidad refleja una grave crisis de los valores éticos, un nivel educativo que ha caído, desde hace lustros, en una pendiente y que, lentamente, está tratando de recuperar el terreno perdido, y una ineficiencia del Estado en la aplicación de las leyes. Si los tucumanos no reaccionamos frente a este malestar social que aqueja a nuestros jóvenes y adultos, corremos el riesgo de transformarnos en una sociedad intolerante y violenta.








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