11 Noviembre 2006 Seguir en 
Estados Unidos deberá modificar el escenario en Irak. Lo pidieron los electores; el propio George W. Bush admitió que los avances -si los hay- no se produjeron en el tiempo esperado; y los demócratas, que en su momento apoyaron la invasión, se hacen eco ahora del reclamo popular. Pero no está claro si el repliegue producirá el cambio requerido. Mucho menos, entonces, si los soldados deberían volver a casa este año, como quieren los demócratas, o en 2010, como se propuso Bush para concluir su misión de plantar la democracia en el país árabe. Para los iraquíes la situación es crítica. Todos protestan contra la ocupación, pero saben que necesitan de esas tropas para sobrevivir en medio del caos. Este dilema se acentúa en los sunnitas, que temen quedar desprotegidos y a merced de las milicias chiítas en la guerra en la que se han enfrascado ambas comunidades musulmanas.
En medio del mar de mentiras que inundó este capítulo de la historia moderna, emergió hace unos días una verdad, curiosamente, de boca del ex jefe del Pentágono Donald Rumsfeld. Dijo que su planteo de guerra contra el terrorismo era tan complejo que los estadounidenses no pudieron entenderlo. Falta saber si él entiende que dejó más de 150.000 hombres en medio del pantano, en el que ahora se han metido los demócratas con la intención de salvarlos.








