El juego truncado

Un agente que saca su arma, dispara y mata a un inocente. Un grupo de jóvenes violentos y fuera de control. Un cóctel de situaciones que terminó de la peor manera. Por Juan Manuel Montero - Redacción LA GACETA

14 Octubre 2006
Cómo saber si, agazapado en nuestro interior, hay un homicida en potencia? ¿Cómo enfrentar el hecho de que alguien, en algún momento puede matar a otra persona, sobre todo cuando porta a diario una pistola? ¿Cómo advertir que en la circunstancia menos pensada cegaremos una vida? Los policías de Tucumán no pueden responder ninguna de estas preguntas. Después de lo que pasó el martes, cuando un chico de 14 años cayó muerto luego de que un suboficial lo atravesó con un tiro, el Gobierno debería reflexionar si no es hora de una evaluación psicológica a los miembros de la fuerza de seguridad.
La desesperación no es buena consejera. Cuando llega, la respuesta es precipitada y, por lo general, errónea. Sólo aquellos que están bien entrenados para enfrentar lo imprevisible pueden salir airosos de una situación extrema. Algo así sucedió durante la gestión de Julio Miranda cuando, acuciado por una sensación de inseguridad cada vez más grande, el gobierno salió a la calle a reclutar policías con el único objetivo de aumentar la cantidad, sin advertir que se atentaba contra la calidad. Así, se les dio lugar a cientos de jóvenes, más ansiosos por tener un sueldo que por brindarle seguridad al ciudadano. Mal entrenados, salieron a la calle arma en mano, y las consecuencias fueron pésimas. Muchos de los viejos policías criticaron las incorporaciones y advirtieron que, a partir de ese momento, habría que cuidarse no sólo de los delincuentes sino también de la inexperiencia de los nuevos compañeros. El martes se demostró que los años en la fuerza no son sinónimos de saber. La muerte de César Navarro Murhell así lo demuestra.
Ya en la gestión de José Alperovich, los primeros funcionarios de Seguridad, Pablo Baillo y Osvaldo Nieva, advirtieron que tenían una fuerza armada y peligrosa; en principio, porque no sabían utilizar las armas que portaban. Entonces crearon la escuela de tiro. "Hasta el jefe de Policía deberá ir a practicar", dijeron. Incluso repartieron entre todos los miembros de la fuerza una cartilla de instrucciones acerca de cómo debía llevarse el arma, y de cuándo y de qué forma debía extraerse. El instructivo es por demás claro. Por eso, una de las razones por las cuales causa más indignación la muerte del joven estudiante es la actitud del policía. El sargento Jorge Verduguez hizo bien en intervenir en una pelea entre adolescentes, a pesar de no estar de servicio; pero lo que no se entiende es por qué sacó el arma. Una orden de los instructores de tiro advierte: "el arma se saca únicamente cuando se está seguro de que habrá que usarla". El "error" del policía fue doble, ya que no sólo extrajo su pistola, sino que lo hizo cuando la portaba con bala en recámara y probablemente sin el seguro correspondiente. Esto significa que el arma estaba en condiciones de ser disparada con sólo apretar la cola del disparador, más conocida como gatillo. Si el arma hubiera cumplido las más elementales condiciones de seguridad, el disparo no se habría producido ni siquiera si, tal como dijo Verduguez, él se hubiera caído.

El verdadero protector
César estaba haciendo lo más hermoso que puede hacer un chico: jugando. Amaba su bicicleta, con la que todos los días iba a dar vueltas en el complejo Avellaneda. Jugaba con su hermanito Jesús, quien lo quería como si fuera su propio padre. César efectivamente tuvo una actitud paternal para con Jesús. Cuando vio que el policía levantaba su arma, lo tiró al piso. Lo protegió. Y quedó con su pecho de niño expuesto. Verduguez no quiso matar al chico. Seguramente, un hombre que tiene hijos y que busca otro trabajo (estaba custodiando un local comercial) para poder darles de comer, no puede haber planeado arruinar la vida de una familia, quitando de su seno a una criatura de 14 años. Pero el policía, lo dijeron varios testigos, vio que uno de los jóvenes que lo había agredido a él escapaba. Y disparó. Así, la imprudencia del agente y la violencia que está enquistada en nuestra sociedad cruzaron sus caminos. Ahora Jesús no tiene quien lo lleve al complejo, ni quien lo haga dar vueltas en la bicicleta.
Como está todo hoy, la muerte puede estar encubierta en cualquiera. Incluso dentro de quienes deberían protegernos.


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