Las estrategias de la política

Sólo el Poder Ejecutivo tiene conductas proactivas, a partir de una lógica imperial. El resto apenas reacciona ante cada avance del oficialismo. La resistencia pasiva. Por Fabio Ladetto - Redacción LA GACETA.

12 Octubre 2006
Un abanico de estrategias políticas se despliega en este convulsionado Tucumán, a 10 meses de las elecciones. Cada uno de los actores (individuales o colectivos, particulares o institucionales) opta por alguna acción puntual en la búsqueda de un espacio de poder, y así se suceden los proactivos y los reactivos.
En algunos sectores, la resistencia es pasiva, tal como la vieja estrategia que usaron algunos pueblos precolombinos ante la llegada de los colonizadores invasores y que se siguen aplicando en distintas culturas. A veces, por una síntesis exagerada y extrapolada, se presenta como símbolo la delgada y débil figura del Mahatma Gandhi, con sus prolongados ayunos, hasta conseguir la independencia de su India. Pero no se pueden asimilar ambos comportamientos.
Precisamente, no hay que confundir la resistencia pasiva con la no violencia. Si bien hay puntos de contacto en lo operativo circunstancial, la diferencia fundamental se basa en las convicciones que sustentan cada opción. En el primer caso, forma parte de una táctica concreta y específica, que puede mutar según las necesidades y los objetivos, atento a la acumulación silenciosa de poder que se haya concretado (las etnias indígenas zapatistas en México son un ejemplo de ese tránsito, más allá de la complejidad de esa experiencia). En el segundo, expresa la concepción íntima del mundo, de cómo deben ser las relaciones entre los hombres y de cómo se obtiene y ejerce el poder.
No es lo mismo ser pacífico que ser un violento reprimido o contenido, y la distinción entre un concepto y el otro se nota claramente en el momento del estallido.
En la historia, los avances de los conquistadores fueron, frecuentemente, a sangre y fuego. Para ellos, la no violencia (incluye el respeto al diferente, la comprensión de la otredad como identidad complementaria a la propia) no es una opción y a la resistencia pasiva se la muele a golpes. Así de simple y de concreto.

Hoy y ahora

Desde el oficialismo en el Gobierno se sigue la lógica del dominante, con el principio imperial de la conquista de nuevos territorios (los que, obviamente, pertenecen a los otros, a los distintos), decisivamente proactivo. Así, se avanza con todo lo que se tenga a mano sobre los partidos opositores, sobre la Legislatura, sobre el Poder Judicial. Cada uno actúa como puede, antes que como sabe. Y así se multiplican las estrategias distintas.
La oposición es un racimo de dirigentes (algunos más enfrentados entre sí que con la Casa de Gobierno), que no logra articularse como una estructura de recambio político al actual ejercicio del poder. La iniciativa es, definitivamente, del gobernador José Alperovich, a quien salen a responderle ante cada acto o cada omisión con críticas, quejas, tibias propuestas alternativas o denuncias. Pero no ganan el centro del tablero antes de que el mandatario opere o deje de hacerlo. Son naturalmente reactivos.
En este sentido, en la oposición falta la actuación preventiva de quienes son “tiempistas” políticos y ven el campo de juego antes de que la pelota llegue al terreno. La estrategia, en este sector, ni siquiera es la de la resistencia pasiva pensando en acumular fuerzas; simplemente no tienen ninguna común, ante la falta de una definición de qué pueden realmente ser (en términos institucionales) en 2007.

Los poderes reactivos
Un paradigma de esa clase de resistencia, también reactiva, se instaló en la Justicia. Desde la Corte Suprema se mira la situación política con el ritmo burocrático de los expedientes, sin hacerse cargo de ningún aspecto de la crisis y poniéndose al costado de todo enfrentamiento. Aquellas decisiones molestas (como la creación del Tribunal de Apelaciones en lo Contencioso Administrativo) quedan en una suerte de limbo judicial, el que todavía existe pese a lo que diga la Iglesia. Si alguien los involucra en algún conflicto, es desde afuera. El poder de la lapicera para firmar sentencias sigue estando concentrado y, como tal, algunos sienten que se puede pasar a la actuación firme y concreta cuando lo consideren oportuno. Lo real es que ese momento puede ser tarde en términos políticos.
El comportamiento de la Legislatura, como poder, se enrola del mismo modo en lo reactivo. Los juristas resistieron todo lo que pudieron, hasta que los pusieron al borde del precipicio y les pidieron dar un paso al frente. En algunos momentos, su manera de ser puede haber parecido pacifista, pero hoy se demuestra que nunca abrevaron en ese río. Fueron colaboracionistas en la construcción de un poder, que ahora los expulsa o les exige pruebas de amor indecorosas. Forzados a reconocerse en la última de Cámara, ahora deciden forjarse su propio futuro.
Alperovich jugó fuerte, apenas bajado del avión, para que se apruebe su DNU sobre la basura, un tema sobre el cual el pronunciamiento de los legisladores fue tibio, al extremo de autoobligarse a sancionar una nueva ley (con muchos de los pedidos del PE) en 30 días hábiles. Transformó lo que iba a ser un rechazo a una norma en una impensada derrota política de su sector, la más dolorosa de los últimos tiempos.
Pero el gobernador logró algo a cambio: obligó a que cada uno muestre en qué lugar está, algo que no pudo hacer antes, con muchos que intentaban beber de dos fuentes.


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