La violencia juvenil es un problema de Estado

12 Octubre 2006
La violencia es, sin duda, uno de los flagelos de todos los tiempos porque es inherente al hombre. La intolerancia, las guerras, la despiadada lucha por el poder en los pequeños y grandes escenarios, la intransigencia, el autoritarismo, la inequidad social, el sometimiento, la esclavitud, el analfabetismo y los niños que viven en la miseria y en la calle, son algunas formas de la violencia que ejercen los hombres entre sí. En los últimos años, la escalada de la violencia y de la delincuencia entre los adolescentes y jóvenes se ha incrementado notablemente en Tucumán. Menores, drogados o no, han llegado a matar a sus víctimas para arrebatarles un bolso, zapatillas o una motocicleta. Pero no sólo son los referentes de un amplio sector marginal de la sociedad.
El martes reapareció una vez más la Banda del Quiosquito. En las inmediaciones del colegio María Auxiliadora, la patota protagonizó una pelea que concluyó con la muerte de un adolescente de 14 años, que nada tenía que ver con la gresca.
Según el relato de varios testigos, cuatro adolescentes arrinconaron a otro y comenzaron a pegarle salvajemente. Del otro lado de la calle, un suboficial de la Policía, que estaba de custodia en una casa de venta de materiales eléctricos, vio lo que estaba sucediendo; cruzó para tratar de separarlos y algunos de los patoteros lo golpearon. En el confuso episodio el custodio sacó su arma, le pegó a uno de los agresores y efectuó un disparo. La bala impactó contra un chico que jugaba con su hermano en una bicicleta en las cercanías.
La Banda del Quiosquito, integrada por menores de entre 14 y 17 años, salió a la luz el año pasado. Su lugar de reunión era la calle Corrientes al 400 y provocaba terror entre los chicos de su edad hasta que fueron identificados por la Policía porque algunos padres de las víctimas los denunciaron ante la Justicia. En la investigación, se individualizó a diez menores y se descubrió que, además de agredir a otros adolescentes, los patoteros robaban celulares y provocaban incidentes en las fiestas a las que asistían sin ser invitados.
La Policía y la Justicia se encontraron con el problema de que muy pocos padres se animaban a denunciarlos o a aportar pruebas en contra de los sospechosos. Sólo hallaron elementos para acusar de algunos delitos a dos integrantes. Por ese motivo, tuvieron que cumplir con las medidas tutelares que les impusieron los jueces de menores. La banda reapareció en julio pasado, en Yerba Buena, ocasión en que generó incidentes en una fiesta privada. En esa oportunidad, los inadaptados sociales atacaron a un joven de 16 años y a la comisión policial que intervino en el episodio.
Las patotas son reflejo del malestar social de nuestra sociedad y ponen al descubierto la incomunicación entre padres e hijos.
En un conglomerado social que privilegia el consumismo y donde ganar el sustento cotidiano es cada vez más difícil, muchos padres descuidan la relación con sus hijos. Estos menores tampoco encuentran contención u orientación en los establecimientos educativos o en ámbitos religiosos o culturales. En peor situación aún se hallan aquellos que viven en la miseria más profunda.
 menudo se hace hincapié en que la nuestra es una comunidad que cada vez tiene menos modelos y referentes que sirvan como guía a los jóvenes.
El Estado no debe desentenderse de esta problemática. Tiene que reaccionar y diseñar una política que abarque el flagelo de la violencia en su conjunto, especialmente a los niños y adolescentes, porque ellos son quienes forjarán en el futuro nuestra comunidad.


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