Duro conflicto sin mediadores
Desde el regreso de la democracia, no hubo un clima tan enrarecido como el actual entre el Gobierno y la Iglesia. La UCR habló de "degradación institucional" ante Bergoglio. Angel Anaya - Columnista.
05 Octubre 2006 Seguir en 
BUENOS AIRES.- No se recuerdan, por lo menos desde la restauración constitucional, relaciones tan afectadas como las actuales entre el Gobierno y la Iglesia Católica. Algo distantes a partir de la asunción del presidente Kirchner, se hicieron tirantes tras las manifestaciones sobre el aborto del obispo castrense, Antonio Baseotto, y la militancia política del prelado de Iguazú, monseñor Joaquín Piña, las ha llevado a un punto del que no se advierte retorno. Por momentos, hasta el orden jerárquico y de prudencia que caracteriza la estructura eclesiástica parece haberse resentido. No otra situación ha sido la planteada por el vocero de la arquidiócesis porteña, R.P. Guillermo Marcó, apuntando hacia el Presidente como “peligroso para todos” por su estilo divisionista. Se trata de un pensamiento muy compartido en el mundo católico nacional, pero su cruda exposición no ha tenido la misma adhesión. El enojo de Marcó y su representatividad formal tuvieron simultáneamente reacciones autónomas de parecido tono que, partiendo del debate que se libra en Misiones, se han extendido a otros puntos del país, con las duras réplicas que desde el kirchnerismo suele producir todo lo que molesta al Presidente. El conflicto (resulta muy difícil otra calificación) es también como tantos otros, teñido por el setentismo con que el poder descalifica a sus adversarios. Una grave contradicción
El kirchnerismo más consecuente ha terminado por caer en la contradicción de reprocharle a la Iglesia silencios frente a la dictadura, pero a la vez le advierte que ahora no debe intervenir en política. Tanto se ha reactivado la caldera pasatista que hasta aparecen declaraciones del último presidente de facto, Reynaldo Bignone, mientras el jefe de los senadores oficialistas, Miguel Pichetto, sostiene que el lugar para debatir es el Congreso; a escasos días, precisamente, de haber señalado a sus colegas que no están allí para hacer leyes sino para sancionar lo que disponga el Presidente. No caben dudas de que hay una emergencia política cuyo desenlace es difícil de predecir y que la Iglesia Católica ha resuelto ser parte de ella pues, de lo contrario, habría tratado de eludir la audiencia del arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge Bergoglio, a la delegación de senadores radicales encabezados por su titular Ernesto Sanz. Un encuentro donde los visitantes, carentes de poder parlamentario suficiente, fueron directamente al grano político para invocar “degradación institucional”. La Iglesia ha sido un poderoso factor de mediación desde la restauración democrática, como demostró en la esfumada Mesa del Diálogo Argentino. Pero esa condición se ha perdido, dejando un vacío para el que no se advierte poder negociador alguno. (Sucursal Buenos Aires)







