Un problema político de resultado incierto

Por Hugo E. Grimaldi, columnista de DYN. El albañil López y su testimonio han quedado reducidos a un complejo tironeo de facciones.

01 Octubre 2006
BUENOS AIRES.- El albañil López logró que buena parte de la mirada colectiva se trasladara otra vez hacia los años 70 y que los recuerdos más oscuros de esa época asaltaran una vez más a todos los que vivieron entonces.
Más allá de que la administración Kirchner tiene en sus manos un grave problema político de incierto resultado, la desaparición de Jorge Julio López, uno de los testigos de cargo en el juicio a Miguel Etchecolatz, ha potenciado la vuelta al pasado que siempre propició el Gobierno, pero esta vez sin la dosis de consideración hacia uno de los actores, tal como fue presentado el envase oficial de estos últimos años.
Entre los moderados de la Casa Rosada, donde se asegura que milita el Presidente y a quien se reinvindica por su “visión plural”, la sensación es que, pese a que se observa que hay muchos que quieren sacar réditos de posicionamiento con este lamentable episodio, la situación es gobernable aún, aunque admiten que se torna cada vez más complicada. Más que temor, señalan que hay “prudencia” para evaluar el caso, pero lo que sí niegan enfáticamente es que se haya perdido la iniciativa en la cuestión. La consigna es seguir adelante con la investigación.
También se acepta que, para el Presidente, los coletazos del problema deberían provenirle sólo del riesgo de haber “sembrado vientos”, riesgo que asumió en nombre de sus principios, tal como lo advirtió en el minuto uno de su gestión, aunque él mismo sabe que este es siempre un cálculo de incierto resultado (ha dicho “no sé cómo va a terminar”) ya que, si se produce algún efecto dominó debido a estos temas ideológicos, generalmente el daño se torna imprevisible. Por otro lado, ante el grueso de la sociedad que, según las encuestas, no tiene el tema entre sus prioridades, el caso López podría resultarle movilizador desde el pensamiento y hasta limar algo de la altísima estima que hoy goza Néstor Kirchner entre la gente.
Aún hay muchos que creen, por ejemplo, que la recurrente mirada del Gobierno hacia atrás, le ha restado a la Argentina proyección estratégica hacia los desafíos del futuro, algo que se nota claramente en su política exterior de incierta inserción el mundo.
Pero también se ha verificado con la misma claridad durante la última semana que, a la sombra de la desaparición de López, reaparecieron las mismas miserias humanas de los extremos que, en el contexto de los 70 y en nombre de las minorías, libraron una guerra ideológica y carnicera que llevó al más atroz resultado de la historia de la Nación. Guerra que, al parecer, siguen ejecutando en sordina hoy mismo las dos partes involucradas por el hecho de no perder privilegios, los anteriores o los actuales, aunque ahora se hayan dado vuelta los protagonistas y los mensajes hacia la sociedad.

Viraje de voces
Precisamente, desde lo comunicacional ha sido evidente el abrupto viraje de las voces oficiales en menos de cuatro días, desde que el gobernador Felipe Solá salió públicamente a preocuparse por López, hasta el casi silencio que invadió a la Casa Rosada, hacia el fin de la semana. Silencio que ni siquiera atinó a relativizar la presunción generalizada de que la presencia de la señora Hebe de Bonafini junto al presidente Kirchner y su esposa, el jueves por la noche, no la convertía en vocera del parecer gubernamental, en sus declaraciones efectuadas en la misma Casa de Gobierno, tras el encuentro. Ese papel luego fue relativizado por algunos funcionarios de menor rango (“el Presidente no necesita mandar a decir nada a nadie”, dijo la nueva titular del Inadi, María José Lubertino), pero lo cierto es que el Gobierno debería replantearse por qué, al igual que Luis D’Elia, a veces ciertos voceros se les van de las manos, sobre todo cuando para el resto de los funcionarios, ministros incluidos, existe un ostensible “silencio de radio” impuesto por la Casa Rosada. Salvo, pueden creer los mal pensados, que hayan tenido cierta venia.
Si hasta la semántica alrededor del término “desaparecido” resultó todo un juego de sutiles mensajes y aun la mención de la palabra “albañil” que se utilizó para caracterizar a López, ya le sonaba a muchos como algo peyorativo, más allá de la dignidad de esa profesión, aún antes de que Bonafini explicara que para ella hay desaparecidos de primera (los “militantes”) y desaparecidos de segunda.
Sin embargo, lo más controvertido de la interlocutora del matrimonio presidencial tuvo que ver con que ella puso sobre la mesa la misma teoría que tenían los militares de entonces, tan emparentada con el “por algo será” que la sociedad repetía como un Credo, sobre la necesidad de investigar a la víctima. El punto más alto de las apreciaciones de Bonafini llegó cuando esta sugirió que aun la presencia de López (“Familia de policías, barrio de policías”, dijo textualmente) como testigo de un caso tan emblemático, podría haber sido parte de la maniobra.
Lo cierto es que, desde la izquierda, las organizaciones duras que marcharon el miércoles a Plaza de Mayo y que reivindicaron ardientemente la militancia de López no tuvieron el mismo eco en la Casa Rosada que Bonafini, quien no fue a esa primera marcha, sino al día siguiente. Tampoco la movilización alcanzó el mismo eco mediático, pese a que quintuplicó en número a la de las Madres, ya mientras se leía un documento crítico hacia el gobierno nacional en la Plaza, texto que no fue avalado por todas las organizaciones que estuvieron presentes, la CTA, por ejemplo, la televisión estaba pendiente de un discurso del Presidente, muy sentido sobre la angustia que siente sobre la situación de López, que matizó con críticas muy fuertes hacia economistas y periodistas y con ciertas contradicciones sobre la habitual difusión de sus palabras.

Un artículo de 1978
Un poco antes de que exhumara un viejo artículo de Joaquín Morales Solá del año 1978, para leerlo, a modo de prontuario, en relación con una frase que había delineado por entonces el periodista sobre el dictador Videla, Kirchner se encargó de decir -sin recordar siquiera los medios del Estado que habitualmente utilizan los gobiernos- que él no tiene “diarios, ni televisión” para responder (“apenas si tengo este atril”, dijo), aunque unos párrafos después se dirigió sin rubores, como lo hace habitualmente para universalizar el discurso, “a todos los que me miran por televisión”.
En tanto, algunos de los colaboradores más radicalizados del Presidente parecen creer que los resabios del Proceso quieren aprovechar la circunstancia para condicionar la política de Derechos Humanos y para frenar las ampliaciones de los juicios por cuestiones de lesa humanidad.
Dicen que ellos son los culpables de la desaparición de López y de las amenazas a jueces y fiscales y aseguran que aún las Fuerzas Armadas hacen inteligencia interior. Con dramatismo, sostienen que “son capaces de cualquier cosa” y por eso se han mostrado desde siempre proclives a reforzar la seguridad presidencial. Aunque suene tremendista, temen hasta la posibilidad de un atentado.
Desde el otro lado, sectores de la extrema derecha se plantean cuánto tienen que ver los servicios de inteligencia en todo el entramado del caso, para hacerle ganar al Gobierno puntos de credibilidad si se logra la sensación colectiva de que el Presidente es una víctima de la situación, al tiempo que se trata de “tirarle el muerto” (otra desafortunada expresión de Hebe de Bonafini) a Felipe Solá.

Un galimatías
Otro tanto pasa con las amenazas que recibieron Morales Solá y el editor Jorge Fontevecchia, por sostener posturas críticas hacia el Gobierno: la izquierda sugiere que fue la “mano de obra desocupada” que está fuera del Gobierno, y la derecha que todo es parte de la desestabilización que surge de su seno, para mostrar como víctima a Kirchner. Un galimatías de acción psicológica que enrarece aún más la situación.
Desde el análisis político y, con respecto a la sucesión bonaerense, el costado más frágil de la historia lo está padeciendo el gobernador Solá, quien, más allá de los problemas objetivos de seguridad que afronta en el distrito, cuenta hasta fin de año para demostrar que la Constitución le acuerda la posibilidad de seguir al frente de la provincia por cuatro años más.
Justamente, un traspié en este caso bajaría a cero sus ambiciones, mientras que otro competidor en la interna, el ministro del Interior, Aníbal Fernández tiene a su cargo la misión de ampliar la búsqueda a todo el país. Con ambos en el ojo de la tormenta, la interna bonaerense deja al ministro de Gobierno bonaerense Florencio Randazzo y al senador José Pampuro -quien viajó con el presidente Kirchner a Nueva York hace una semana- sin desgaste en la cuestión, lo que achicaría sensiblemente la futura oferta en el Frente para la Victoria.
Lo más sensible de todo el problema es que en el medio de todas estas aristas entre la Nación y la provincia de Buenos Aires y entre izquierdas y derechas, con reminiscencias lamentables de la situación que se vivió con la muerte de José Luis Cabezas, con Carlos Menem y Eduardo Duhalde disparándose misiles para salirse de la cuestión, está el derecho de Jorge Julio López.
El hombre y su testimonio han quedado reducidos a un complejo tironeo de facciones. Aunque muchos se resistan a admitirlo, en 2006 todavía la sangre de todas las personas sigue teniendo el mismo color. (DyN)

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