Enemigos, pero funcionales

Los gobiernos nacional y bonaerense difunden datos sobre el testigo "perdido" y eluden llamarlo "desaparecido". La crisisde seguridad y la resistencia a informar. Por Angel Anaya - Columnista.

30 Septiembre 2006
BUENOS AIRES.- Según Hebe de Bonafini y sus piqueteros oficialistas, la izquierda que se congregó el día antes en la Plaza de Mayo clamando a Kirchner para que aparezca el testigo desaparecido, “está siendo funcional a la derecha”, y así lo expresó en el despacho presidencial. Lo mismo ocurriría con Raúl Castells, también funcional a Blumberg, marchando juntos para reclamar por el mismo caso en la humilde Villa Fiorito. Mientras tanto, la Nación y la provincia de Buenos Aires despachan por todos los medios decenas de miles de datos sobre el testigo “perdido”, prefiriendo eludir la expresión complicante de “desaparecido”. Ya se sabe, quien levanta vientos provoca tempestades, y por ello hay en los actuales momentos innumerables dedos desconocidos que disparan amenazas contra unos y otros, aprovechando la coyuntura del escándalo. Hace años que se censura a la clase política por su relativa capacidad y condición para el manejo de los intereses públicos, pero no cabe duda de que las horas actuales están demostrando rotundamente cuán razonable es ese reproche. Los argumentos de Bonafini cara a cara con el Presidente y sintetizados en la memorable frase “la izquierda perdió el tren” tuvieron para colmo, el marco de la senadora Cristina Fernández y el entorno funcional de Kirchner, cuyo sedicente setentismo debe haberse sentido a contraviento. La Casa Rosada ya ha dicho que esa no es la opinión oficial

Comunicaciones en riesgo
¿El país recompone su política o la está descomponiendo aun más? El interrogante sobrevuela el debate público mientras se observa al Gobierno enclaustrado en un kirchnerismo excluyente. Por una parte, la oposición formal, esa que comparte en mayor o menor grado gestiones de poder, no se muestra tanto como la anónima, la fantasmal, que aprovecha la coyuntura para amenazar cruzando comunicaciones. Los mails entran veloces en nuestras computadoras tras el despacho periodístico y hasta en conversaciones telefónicas privadas.
Nadie podría asegurar que en el país rige la censura; por cierto que no. Pero la crisis de seguridad, agravada por la desconfianza en los organismos responsables que el intenso debate alrededor del pasado ha llegado a provocar, plantea una situación muy semejante. Todo ello, más la resistencia a informar y las recurrentes descalificaciones del periodismo, contribuyen a la autocensura del temor. El sector que más sufre esa censura sesgada es el de los medios audiovisuales, por las exigencias legales y reglamentarias que deben cumplir para sus licencias.
A esa red de intereses políticos ha desconcertado ahora la interpretación de Bonafini, sostenida en el despacho presidencial, después de la concurrida movilización de la izquierda en demanda del testigo desaparecido. (De nuestra Sucursal)



Tamaño texto
Comentarios