29 Septiembre 2006 Seguir en 
En estos días, informamos acerca de un recaudo tomado con motivo de las “semanas” de los colegios, con específica referencia a la actuación de bandas juveniles. Se dispuso que los recitales no sean a cielo abierto, y que se disponga de las salidas de emergencia correspondientes. Como se advierte, esto tiende a evitar la producción exagerada de ruidos molestos, por un lado, y por el otro a cuidar que se observen las normas de seguridad que requiere toda concentración de personas.
Obvio sería subrayar la justificada importancia que se ha dado a este último rubro, luego de la tragedia del local porteño “República Cromagnon”. Bien está que se proceda así, ya que las normas de seguridad, para ser realmente efectivas, deben observarse celosamente y en toda circunstancia.
Pero igualmente es plausible que se atienda la problemática del ruido molesto. Aquí están en el tapete dos intereses. De una parte, el de los jóvenes que aspiran, lícitamente, a disfrutar con la actuación de sus músicos. Y, de la otra, el igualmente lícito interés de quienes habitan en varias cuadras a la redonda del recital, y que aspiran a que la música no les impida descansar durante las horas destinadas a ese fin. El Estado debe conciliar ambos asuntos, y parece acertado el modo en que encaró tal requerimiento.
Las diversiones estudiantiles son, por cierto, comprensibles. Están en la esencia de la juventud, y los adultos deben acostumbrarse a aceptarlas, como se aceptaron las de ellos, años atrás, cuando eran jóvenes. Pero nos parece que es necesario también que el estudiante entienda que, más allá de estas consideraciones, él es parte integrante del vecindario. Y, por lo tanto, sus expansiones no deben complicar la vida de terceros más allá de lo razonable.
Instalarse, por ejemplo -como ha ocurrido varias veces hace un par de semanas- con bombos y un vehículo con amplificadores en la calle Laprida y Corrientes, a las dos y media de la tarde, cortando el tránsito y mortificando con el ruido a los habitantes de un sector residencial, es una actitud que va más allá de lo razonable. Lo mismo cabe decir de “ceremonias” como la que se desarrollaba en la tarde del miércoles frente a la Facultad de Derecho, con motivo de una graduación. Toda la vereda y las paredes estaban embadurnadas de harina, huevos y elementos similares, arrojados sobre el graduado por un grupo de jóvenes que había invadido la calzada, con la consiguiente interrupción del tránsito, en un horario de plena actividad.
Estamos de acuerdo con la importancia que debe adjudicarse a todo lo que se relacione con la juventud. Sin discusiones, es en ese sector que toda comunidad tiene depositadas sus mejores esperanzas. Corresponde mirar con benevolencia y comprensión lo que los jóvenes hacen. Pero sería adecuado, también, que se les advirtiera debidamente sobre la necesidad de evitar lo que resulte excesivo y, por lo tanto, dañoso para los terceros y para el orden que debe existir en una ciudad civilizada.
No parece desacertado sugerir que, en los establecimientos, se los instruyese en la referida dirección. Hablamos de llamarlos a reflexionar acerca de la responsabilidad que les toca como miembros que son, repetimos, del vecindario de la ciudad que habitan, y cuya vida regular no deben perturbar. Es sabido que resulta perfectamente posible que las diversiones propias de la juventud tengan amplio despliegue, sin necesidad de generar perturbaciones.
Se trata de un tema que debiera tratarse también en los hogares. No debe olvidarse que es allí donde los padres deben marcar pautas de conducta a sus hijos.
Obvio sería subrayar la justificada importancia que se ha dado a este último rubro, luego de la tragedia del local porteño “República Cromagnon”. Bien está que se proceda así, ya que las normas de seguridad, para ser realmente efectivas, deben observarse celosamente y en toda circunstancia.
Pero igualmente es plausible que se atienda la problemática del ruido molesto. Aquí están en el tapete dos intereses. De una parte, el de los jóvenes que aspiran, lícitamente, a disfrutar con la actuación de sus músicos. Y, de la otra, el igualmente lícito interés de quienes habitan en varias cuadras a la redonda del recital, y que aspiran a que la música no les impida descansar durante las horas destinadas a ese fin. El Estado debe conciliar ambos asuntos, y parece acertado el modo en que encaró tal requerimiento.
Las diversiones estudiantiles son, por cierto, comprensibles. Están en la esencia de la juventud, y los adultos deben acostumbrarse a aceptarlas, como se aceptaron las de ellos, años atrás, cuando eran jóvenes. Pero nos parece que es necesario también que el estudiante entienda que, más allá de estas consideraciones, él es parte integrante del vecindario. Y, por lo tanto, sus expansiones no deben complicar la vida de terceros más allá de lo razonable.
Instalarse, por ejemplo -como ha ocurrido varias veces hace un par de semanas- con bombos y un vehículo con amplificadores en la calle Laprida y Corrientes, a las dos y media de la tarde, cortando el tránsito y mortificando con el ruido a los habitantes de un sector residencial, es una actitud que va más allá de lo razonable. Lo mismo cabe decir de “ceremonias” como la que se desarrollaba en la tarde del miércoles frente a la Facultad de Derecho, con motivo de una graduación. Toda la vereda y las paredes estaban embadurnadas de harina, huevos y elementos similares, arrojados sobre el graduado por un grupo de jóvenes que había invadido la calzada, con la consiguiente interrupción del tránsito, en un horario de plena actividad.
Estamos de acuerdo con la importancia que debe adjudicarse a todo lo que se relacione con la juventud. Sin discusiones, es en ese sector que toda comunidad tiene depositadas sus mejores esperanzas. Corresponde mirar con benevolencia y comprensión lo que los jóvenes hacen. Pero sería adecuado, también, que se les advirtiera debidamente sobre la necesidad de evitar lo que resulte excesivo y, por lo tanto, dañoso para los terceros y para el orden que debe existir en una ciudad civilizada.
No parece desacertado sugerir que, en los establecimientos, se los instruyese en la referida dirección. Hablamos de llamarlos a reflexionar acerca de la responsabilidad que les toca como miembros que son, repetimos, del vecindario de la ciudad que habitan, y cuya vida regular no deben perturbar. Es sabido que resulta perfectamente posible que las diversiones propias de la juventud tengan amplio despliegue, sin necesidad de generar perturbaciones.
Se trata de un tema que debiera tratarse también en los hogares. No debe olvidarse que es allí donde los padres deben marcar pautas de conducta a sus hijos.







