Advenimiento del régimen electoral a la carta

El oficialismo ya puso en marcha los mecanismos de seducción a fin de que los partidos de la oposición no tengan excusas para ausentarse de los comicios de 2007. Por Alvaro José Aurane - Redacción LA GACETA.

28 Septiembre 2006
Aunque muchos lleguen a solazarse con la idea de que la situación política local es única, la crisis que atraviesa a los partidos tucumanos (oficialistas y opositores) dista mucho de ser original. En sus “Ensayos sobre el individualismo contemporáneo”, el filósofo francés Gilles Lipovetsky advierte que los individuos se absorben cada vez más en la esfera privada, pero que la apatía por las consultas electorales y la falta de interés por las ideologías no deben considerarse indiferencia por la democracia. Por el contrario, el pluralismo, la tolerancia y la convivencia pacífica de los opuestos, entre muchos otros postulados, perfilan la sociedad personalizada y de libertades combinatorias a la que aspiran los posmodernos.
Hay, sin embargo, una “vuelta de tuerca” más en el subtrópico. Y consiste, ciertamente, en que el desinterés por las fuerzas políticas proviene, también, de quienes las integran. Hay una aversión real hacia estas agrupaciones por parte de sus propios dirigentes. Podrá discutirse si es o no consciente. Pero es definitivamente manifiesta. Terminó de hacerse patente, de hecho, durante las últimas discusiones sobre el futuro régimen electoral.
Si las internas van a ser elecciones abiertas con padrón general, para que cualquiera vote por los precandidatos de cualquier fuerza, ¿cuál es el sentido de la afiliación a un partido? Surge, entonces, el argumento de fomentar la participación, pero a renglón seguido fijan que las primarias serán simultáneas. El independiente, así, no puede sufragar ahora en la contienda de una fuerza y más adelante en la de otra (aunque esa es la promesa del padrón general), porque las internas se realizan el mismo día y hay sólo una oportunidad para votar. Para qué hablar de que en estas tierras, en realidad, cada domingo con urnas se parece dolorosamente a una democracia remisera y de arreo de ciudadanos cual ganado comicial. Finalmente, si las internas serán obligatorias aun para los movimientos que acordaron sus candidatos, ¿cuál es el sentido del consenso? Los impulsores de este mecanismo, ya pergeñado en la ley 7.536, son los mismos que blandían el cadáver de la Ley de Lemas, exclamando que con su derogación sobrevendría un período de fortalecimiento de los partidos.

Consumidor final
El fondo del asunto es que el oficialismo quiere que nadie se meta en su interna (de allí la simultaneidad y la obligatoriedad). Pero él sí quiere entrometerse en las disputas de otras fuerzas (de allí el carácter abierto de las primarias). Y esto desemboca en que los partidos, hoy, no son instituciones de servicio, sino de autoservicio.
Luego, FR impulsa la reglamentación del acople para las internas. Y, así como en los comicios generales un partido acepta o no el acople de otras agrupaciones, en las primarias serán los precandidatos a gobernador y a vice los que acepten, o no, el acople de precandidatos a legisladores. La finalidad del “ricardismo” es clara: los disidentes no sólo deberán armar listas de prepostulantes a parlamentarios y a concejales, sino que además deberán tener precandidatos al Poder Ejecutivo y a las intendencias.
Paralelamente, en el autoservicio de Catamarca 851, los radicales -cosa extraña- no se ponen de acuerdo. La convención rechaza el acople. Pero la junta de gobierno lo reivindica. En común, reclaman internas cerradas de afiliados. Pero el representante de la UCR en Asuntos Constitucionales (Juan Robles) manifiesta en esa comisión que él apoya las primarias abiertas. No hay un criterio a seguir, sino varios carritos para empujar.
Y el PJ concede. Facilita las cosas a los dos principales partidos opositores. Impulsa que cuando vayan a celebrar internas las fuerzas con más de 30.000 afiliados (PJ, UCR y FR) que hayan consensuado candidatos, en vez del 10% deban obtener sólo al 3% de votos avales de afiliados. El oficialismo no hace esto por un rapto de generosidad: lo que busca -más allá del nuevo régimen electoral- es que en los comicios de 2007 participen todos.
La lectura rápida es que busca que una eventual victoria le dé mayor autoridad si es obtenida contra todas las fuerzas opositoras. Pero en rigor, lo que le preocupa al Gobierno es que, de mantenerse la situación actual (no aparecen aún ni siquiera probables contendientes), surja un candidato que aglutine a la desperdigada oposición: el arzobispo, Luis Villalba, en la fantasía de algunos dirigentes; el vicegobernador, Fernando Juri, en la cabeza de varios alperovichistas. Por ello, se brindan las herramientas para que los partidos opositores entren en ebullición interna y comiencen a perfilar postulantes. Candidatos a los que, luego, no podrán eludir, por más acople que haya. El negocio de dividir para gobernar no es novedad. A la par, dice Lipovetsky, la estrategia que dirige la vida de las sociedades contemporáneas es la seducción. Ella se encarga de eliminar reglas y disciplinas. Y aún no hemos visto al Gobierno salir a seducir con todo lo que tiene.
El resultado está cantado: viene en camino un régimen electoral a la carta. Ya saben quién va a comerse el postre. La democracia, otra vez, pagará la cuenta.


Tamaño texto
Comentarios