La marca de la especie humana

Por Juan Carlos Di Lullo, Redacción de LA GACETA. Por mínima que parezca, toda acción que llevamos a cabo deja una huella en el medio ambiente.

24 Septiembre 2006
El chico juega con un aparato cuya fuente de energía es un par de pilas. Entusiasmado, el pequeño pasa muchas horas de diversión haciendo funcionar el dispositivo, hasta que las baterías se agotan. Tras reemplazarlas, tira las pilas usadas en el jardín de su casa. El niño no puede saberlo, pero pasarán más de 1.000 años antes de que los peligrosos componentes del acumulador se degraden; mientras tanto, el mercurio, el cadmio, el níquel, el plomo y el arsénico contaminarán el ambiente. Los adolescentes festejaron ruidosamente el Día de la Primavera; en los primeros tramos del cerro de San Javier comieron, cantaron y se divirtieron durante toda la jornada. Dejaron al irse bolsas de plástico, vasitos descartables, envases de gaseosa, latas y algunas botellas de cerveza. Dentro de 10 años, recién se habrán degradado las latitas de aluminio; tomará un siglo y medio el proceso de eliminación de las bolsas sintéticas más delgadas, y las botellas plásticas tardarán entre 500 y 1.000 años en desaparecer totalmente; los vasitos también llegarán al próximo milenio, pero para que el vidrio de los envases termine de degradarse habrán de pasar 4.000 años.
La necesidad de madera y de desmontar superficies originalmente cubiertas por bosques para darles otros destinos ha llevado a la tala masiva en distintos puntos del planeta. A mediados del siglo pasado, el ritmo de la deforestación creció desmesuradamente, al punto que los especialistas piensan que compromete el futuro de la biósfera. América del Sur ha perdido el 37% de sus bosques, Asia el 42% y Africa el 52%. Esta acción puede tener efectos sorprendentes: en Africa, la deforestación ha multiplicado los casos de malaria, que transmite el mosquito Anopheles gambiae; este insecto encuentra las mejores condiciones de proliferación al aire libre y en los charcos que se generan en las planicies yermas que han reemplazado a los terrenos antaño dominados por la profundidad de los bosques.
La selva amazónica ya ha perdido el 16% de su superficie; y cada día desaparecen 7.000 hectáreas. Para tener una idea de la magnitud de esa superficie, imagine un cuadrado cuyo lado se extiende desde la rotonda del cerro hasta el puente Lucas Córdoba.
Sin embargo, el daño planetario no se limita a la superficie de la Tierra. La emisión de gases ha producido cambios que algunos creen irreversibles en la atmósfera; el problema es que los principales contaminadores ni siquiera admiten discutir el problema para intentar avanzar en la búsqueda de soluciones.
Los océanos también padecen las amenazas ambientales, derivadas en gran medida del cambio climático global, la contaminación, el debilitamiento de la capa de ozono o el ruido provocado por dispositivos de sonar. Todos estos dramáticos condicionantes se suman a la sobrepesca de determinadas especies para pintar un panorama tremendamente desalentador en lo que se refiere a la supervivencia de la extraordinaria pero vulnerable fauna ictícola.
El hombre baja del ómnibus y deja caer al piso el boleto que usó para viajar. El papelito sufrirá la acción de la lluvia, del sol y del viento, que lo pondrá en situación de ser atacado con facilidad por bacterias y hongos; en tres meses habrá desaparecido, descompuesto en celulosa y anilinas. No parece suficiente como para desatar el caos planetario, pero el pequeño billete tendría mejor destino si se lo depositara en un recipiente de residuos.
El hombre es el único ser viviente capaz de destruir su propio hábitat. Todas -absolutamente todas- nuestras acciones dejan una huella en el medio ambiente. Y no se consigue otro de repuesto.

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