24 Septiembre 2006 Seguir en 
La celebración de un nuevo aniversario de la Batalla de Tucumán constituye para todos los argentinos, y muy especialmente para quienes aquí habitamos, la oportunidad de cumplir con una tradicional e irrenunciable obligación: la de rendir el homenaje merecido a quienes, en los albores de la Patria, supieron dar ejemplo de dignidad moral y de sacrificio heroico. Por sus características y por las circunstancias que la precedieron y que la motivaron, así como por lo que significó para consolidar los ideales de libertad y soberanía que proclamaba la Revolución de Mayo, la acción de Campo de las Carreras no admite paralelo con ninguno de los hechos de armas librados a lo largo de esos años tan intensos y dramáticos. En efecto, lo que ocurrió el 24 de setiembre de 1812 al sudoeste de nuestra ciudad excede las dimensiones propias de los triunfos militares típicos de una época en la que el heroísmo y la voluntad de vencer eran virtudes cotidianas de nuestros ejércitos. Las excede porque alcanza los caracteres de un triunfo argentino, en el más amplio sentido de la palabra. La victoria fue el logro de todo un pueblo. Enfrentado este con la alternativa de ser libre al costo de sacrificar bienes y vidas o dejar correr los aconteceres con tranquilidad culpable, supo elegir el difícil camino de la gloria y del honor colectivos.
En este sentido, la investigación histórica ha definido con precisión las semanas que precedieron al enfrentamiento armado del Ejército del Norte, al mando del general Manuel Belgrano, y las huestes realistas que conducía Pío Tristán. La superioridad de estas últimas resultaba incuestionable, y por ello el Gobierno central había ordenado al jefe patriota que prosiguiera la retirada, iniciada en Jujuy, hasta Córdoba. Tal desplazamiento, que tenía todas las características de una derrota, se interrumpió en Tucumán. En nuestra ciudad, los vecinos requirieron a Belgrano que detuviera su marcha y que presentara combate a las fuerzas que ya le pisaban los talones. Eran conscientes de que la retirada significaba abandonar el país al enemigo, con escasas posibilidades de recobrarlo. Y para avalar la solicitud, el pueblo ofreció apoyar al ejército patriota con todos los medios de que disponía. Un ánimo tan resuelto decidió a Belgrano a desobedecer la orden superior y a prepararse para la batalla. Los documentos muestran de sobra cómo se organizaron, con la premura que las circunstancias exigían, esos batallones de paisanos, cuyas armas eran lanzas improvisadas anudando cuchillos en la punta de cañas. Las aferraron todos los que se sentían capaces de esgrimirlas, y que iban desde adultos hasta jóvenes apenas salidos de la niñez. Así se dispuso el orden de las formaciones, donde se entremezclaban los veteranos con los bisoños.
Cómo fue y cómo se resolvió la Batalla de Tucumán es algo narrado reiteradamente desde que ocurrió el memorable episodio. La documentación oficial, los testimonios de los protagonistas y las interpretaciones de la historiografía detallarían cómo el triunfo coronó ese gesto heroico. Fue la victoria de un ejército y de un pueblo que rezaban a la Virgen de La Merced a la vez que luchaban por su libertad. Se hizo realidad una página gloriosa, cuya trascendencia seguiremos exaltando aunque pasen los siglos.
La recordación de otro 24 de setiembre obliga a extraer de todo ese pasado lleno de nobleza y de sacrificio siquiera una mínima lección. Esto es, la forma en que deben proceder los argentinos cuando los destinos de su patria los requieren. La unión de todos y la voluntad colectiva de proceder generosamente en aras del porvenir del país y de su grandeza son imperativos morales que se mantienen por encima del tiempo. Siempre tienen vigencia, y por ello no deben ser desoídos.
En este sentido, la investigación histórica ha definido con precisión las semanas que precedieron al enfrentamiento armado del Ejército del Norte, al mando del general Manuel Belgrano, y las huestes realistas que conducía Pío Tristán. La superioridad de estas últimas resultaba incuestionable, y por ello el Gobierno central había ordenado al jefe patriota que prosiguiera la retirada, iniciada en Jujuy, hasta Córdoba. Tal desplazamiento, que tenía todas las características de una derrota, se interrumpió en Tucumán. En nuestra ciudad, los vecinos requirieron a Belgrano que detuviera su marcha y que presentara combate a las fuerzas que ya le pisaban los talones. Eran conscientes de que la retirada significaba abandonar el país al enemigo, con escasas posibilidades de recobrarlo. Y para avalar la solicitud, el pueblo ofreció apoyar al ejército patriota con todos los medios de que disponía. Un ánimo tan resuelto decidió a Belgrano a desobedecer la orden superior y a prepararse para la batalla. Los documentos muestran de sobra cómo se organizaron, con la premura que las circunstancias exigían, esos batallones de paisanos, cuyas armas eran lanzas improvisadas anudando cuchillos en la punta de cañas. Las aferraron todos los que se sentían capaces de esgrimirlas, y que iban desde adultos hasta jóvenes apenas salidos de la niñez. Así se dispuso el orden de las formaciones, donde se entremezclaban los veteranos con los bisoños.
Cómo fue y cómo se resolvió la Batalla de Tucumán es algo narrado reiteradamente desde que ocurrió el memorable episodio. La documentación oficial, los testimonios de los protagonistas y las interpretaciones de la historiografía detallarían cómo el triunfo coronó ese gesto heroico. Fue la victoria de un ejército y de un pueblo que rezaban a la Virgen de La Merced a la vez que luchaban por su libertad. Se hizo realidad una página gloriosa, cuya trascendencia seguiremos exaltando aunque pasen los siglos.
La recordación de otro 24 de setiembre obliga a extraer de todo ese pasado lleno de nobleza y de sacrificio siquiera una mínima lección. Esto es, la forma en que deben proceder los argentinos cuando los destinos de su patria los requieren. La unión de todos y la voluntad colectiva de proceder generosamente en aras del porvenir del país y de su grandeza son imperativos morales que se mantienen por encima del tiempo. Siempre tienen vigencia, y por ello no deben ser desoídos.







