13 Septiembre 2002 Seguir en 
"Hay revoluciones nacidas de plataformas ideológicas, banderías políticas o retóricas determinadas; generalmente impresionan, pero no dejan impresión en la realidad. La que proponemos aquí es una revolución desde abajo, desde las escuelas, las clases en el aula, con los mismos elementos ya existentes, pero con un compromiso diferente. En mayo de 1968, tuvo lugar en París la gran revolución cultural. Decían: hay que desprenderse del pasado, hay que dar prevalencia a la sensación, al presente viviente, y desentenderse de la cultura de los libros, de lo que fue. Defensa del presente absoluto. Fue un programa de libertad, de poesía, de sí mismos en busca de sí mismos. Diez años antes había escrito Hannah Arendt, en su libro Vies Politiques, sobre la crisis educativa: ?La educación debe ser conservadora, justamente para preservar en cada niño lo que es nuevo y revolucionario?.
La revolución está ínsita en cada ser humano desde que nace, desde que el nene mueve la cara con asco ante la papilla y se rehúsa a absorberla. Ese grano interior, dice la Arendt, debe ser desarrollado. ¿Cómo? Nutriéndolo con la cultura del pasado. A mayor cultura mayor capacidad o posibilidad de revolución. Al menos que yo sepa, no se conocen revolucionarios ignorantes. La misma Arendt, rebelde y revolucionaria a la vez, llevaba dentro corazón, alma y bibliotecas nacionales. El propio Marx conocía muy poco de la cultura clásica y posclásica.
Como dice Alain Finkielkraut en su libro La ingratitud: ?Para que su capacidad de innovar (del alumno) se materialice debe convertirse en heredero. Para que el género humano pueda vivir liberado de sus pedagogos se necesita la escuela?.Lo más irónico es que las revoluciones de palabra y de discurso terminan siendo absorbidas por el mismo establishment que atacan. En mayo del 68 se requería que la escuela fuera agradable y útil a la vez, y que el que quisiera tocar violonchelo en lugar de estudiar sujetos y predicados pudiera hacerlo.
Todos aplaudieron. Los jefes de Estado y los ministerios de Educación también. El universo empezó a hablar de creatividad, espontaneidad, temas capitales a desarrollar en los alumnos. Lo que antes decían los rebeldes -añade Finkielkraut en la obra citada- hoy lo exigen los inspectores escolares. ?El funcionario ya no es distinguible del cantautor. Y hasta puede decirse que nuestra épocas es época en que todo el mundo dice lo mismo. El rebelde habla como el ministro, que a su vez habla como el periodista, que a su vez habla como el sociólogo...? Es que cuando las grandes ideas se reducen a maravillosos discursos, ¿quién no ha de adherir a ellos?
Cité textos que refrendan el deseo de revolución, porque ni mayo del 68 cambió nada, ni las inspectoras actuales, que repiten creatividad, espontaneidad, libre expresión, cambian nada. La revolución obviamente vendrá por otro lado.
Estudiar, trabajar, estudiar, aprender, trabajar, exigir, y hablarles en serio: pero para rebelarse contra el sistema hay que conocer el sistema de memoria. Para desechar este currículum actual, que por otra parte tiene 150 años de antigüedad, hay que conocer a fondo el nuevo currículum que se ha de proponer, y que todos dominen bien los nuevos contenidos y metodologías. Si no, abstenerse".
La revolución está ínsita en cada ser humano desde que nace, desde que el nene mueve la cara con asco ante la papilla y se rehúsa a absorberla. Ese grano interior, dice la Arendt, debe ser desarrollado. ¿Cómo? Nutriéndolo con la cultura del pasado. A mayor cultura mayor capacidad o posibilidad de revolución. Al menos que yo sepa, no se conocen revolucionarios ignorantes. La misma Arendt, rebelde y revolucionaria a la vez, llevaba dentro corazón, alma y bibliotecas nacionales. El propio Marx conocía muy poco de la cultura clásica y posclásica.
Como dice Alain Finkielkraut en su libro La ingratitud: ?Para que su capacidad de innovar (del alumno) se materialice debe convertirse en heredero. Para que el género humano pueda vivir liberado de sus pedagogos se necesita la escuela?.Lo más irónico es que las revoluciones de palabra y de discurso terminan siendo absorbidas por el mismo establishment que atacan. En mayo del 68 se requería que la escuela fuera agradable y útil a la vez, y que el que quisiera tocar violonchelo en lugar de estudiar sujetos y predicados pudiera hacerlo.
Todos aplaudieron. Los jefes de Estado y los ministerios de Educación también. El universo empezó a hablar de creatividad, espontaneidad, temas capitales a desarrollar en los alumnos. Lo que antes decían los rebeldes -añade Finkielkraut en la obra citada- hoy lo exigen los inspectores escolares. ?El funcionario ya no es distinguible del cantautor. Y hasta puede decirse que nuestra épocas es época en que todo el mundo dice lo mismo. El rebelde habla como el ministro, que a su vez habla como el periodista, que a su vez habla como el sociólogo...? Es que cuando las grandes ideas se reducen a maravillosos discursos, ¿quién no ha de adherir a ellos?
Cité textos que refrendan el deseo de revolución, porque ni mayo del 68 cambió nada, ni las inspectoras actuales, que repiten creatividad, espontaneidad, libre expresión, cambian nada. La revolución obviamente vendrá por otro lado.
Estudiar, trabajar, estudiar, aprender, trabajar, exigir, y hablarles en serio: pero para rebelarse contra el sistema hay que conocer el sistema de memoria. Para desechar este currículum actual, que por otra parte tiene 150 años de antigüedad, hay que conocer a fondo el nuevo currículum que se ha de proponer, y que todos dominen bien los nuevos contenidos y metodologías. Si no, abstenerse".
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