La ciudad es un caos

El municipio está acosado por los paros, las deudas y la basura.

13 Septiembre 2002
La ley es el precepto dictado por la suprema autoridad, a través del cual se manda o prohíbe una cosa en consonancia con la Justicia y para el bien de los gobernados. Controlar, en una de sus acepciones, significa ver con cuidado o atención una cosa para descubrir si está o no en la forma y orden requeridos por la ley o por las reglas de buena administración. Basura es inmundicia, suciedad. Desecho, residuos de comida, papeles y trapos viejos, trozos de cosas rotas y otros desperdicios. Lo repugnante o despreciable. Finalmente, el caos es un espacio inmenso de tinieblas, en el sentido de los griegos, y por extensión estado de confusión y de mezcla.Como si fuese un funesto presagio de estos tiempos de desgobierno, en los que la corrupción y la ausencia de respeto a las leyes, tanto de gobernantes como de gobernados, han comenzado a hacer estragos en diferentes niveles de la sociedad, la basura va ganando día a día su batalla y todo hace suponer que continuará en su senda victoriosa hasta niveles difíciles de predecir.
Como sucede una vez al mes, el microcentro de la ciudad luce inmundo, debido a los disturbios de los empleados municipales que reclaman salarios caídos. Estos volvieron a desparramar bolsas de residuos por las calles. Ante la huelga, los vendedores ambulantes -rápidos de reflejos- invadieron el centro. El miércoles, en la peatonal Muñecas al 100, se instalaron 34 puestos ambulantes, sin contar los vendedores que vocean caminando, cuyo número oscila entre 10 y 20 por calle. También conquistaron las veredas de las calles Maipú, Córdoba, 24 de Septiembre, San Martín, Junín, Crisóstomo Alvarez y Mendoza. Los peatones debían sortear obstáculos como si estuvieran en una competencia de motocross y los comerciantes estallaron en una crisis de nervios.A esta situación se suma el paro de los empleados de la empresa recolectora de basura, a la cual la Municipalidad le adeuda $ 18 millones -la firma estudia la posibilidad de retirarse de Tucumán, razón por la cual el municipio debería absorber a sus 400 trabajadores-.
Como si esto fuera poco, las categorías jerárquicas de la Municipalidad no perciben sus haberes desde hace cuatro meses; el transporte ilegal se reproduce como hongo, y lo más dramático es que el municipio sólo subsiste porque la Provincia le cede $ 2,1 millones para que pueda cumplir con parte de la planilla salarial. De manera que los contribuyentes no pagan impuestos para que funcionen los servicios de la ciudad, sino para mantener una planta de personal sobredimensionada y asesores políticos que, a lo largo de los años, han dado sobrada muestra de ineficiencia, como lo evidencia la realidad. Eso sucede porque cada gestión de turno (comunal, municipal y provincial) ha pagado -y lo sigue haciendo- sus compromisos políticos con puestos en la administración pública, que no es justamente la que pone en marcha a un país. En este Tucumán, donde "nadie quiere hacerse cargo", el vicegobernador fue consecuente con esa frase y dijo que la Provincia asiste caritativamente al municipio, no por obligación. Esta adicción histórica por la empleomanía y por quedar bien con el dinero de los contribuyentes, se ha convertido en un bumerán para la clase gobernante que no sabe ahora cómo solucionar sus desaguisados.
Nadie duda de que la protesta de los municipales -muchos en situación desesperante- es justa; pero ello no les da lugar a cometer excesos en su reclamo, porque deben recordar que son empleados de los ciudadanos, quienes sostienen al municipio con el pago de los tributos. Tampoco se ha visto a funcionario alguno -de los tantos que tenemos- salir a la calle con escoba en mano y recoger la basura. Sería tal vez una actitud bien vista por la ciudadanía y serviría para dar el ejemplo desde arriba.
La basura, la inoperancia, la ilegalidad, el descontrol, el relajamiento ético, el desgobierno engordan diariamente al caos, ese espacio inmenso de tinieblas, donde puede extraviarse la esperanza.

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